sábado, abril 22, 2006

Todas las neveras de mi infancia.

Esta mañana he entrado en la cocina y he visto a mi hermana abrazada a la nevera nueva. La nevera nueva es un armario enorme que lleva adosado un motor que produce frío. Un armario lleno de comida, no de camisas. Como cabe mucha más comida en esta nueva nevera que en la anterior, el abrazo de mi hermana lo he considerado un gesto de gratitud y, teniendo en cuenta cómo es mi casa y cómo es mi familia, no le he dado más importancia y me he puesto a desayunar. Supongo que lo lógico hubiera sido abrazarse a mis padres como señal de gratitud, pero cuando la lógica de uno sigue un patrón caótico en lugar de aristotélico estas son las cosas que pueden ocurrir: acabar abrazado a una nevera o sentirse identificado con una piedra, como Girondo o Blas de Otero. El caso es que al cabo de un rato me he dado cuenta de que estaba equivocado: no era un gesto de agradecimiento. Me he dado cuenta porque mientras desayunaba he oído un gemido y, por un momento, aunque me resultaba extraño, he pensado que era alguno de los componentes gatunos de la familia: pero no, al girarme no he visto a ninguno de los miembros de la familia que suelen desplazarse a cuatro patas. Entonces mi hermana y yo nos hemos quedado mirando unos segundos en silencio y ella, al ver mi desconcierto, me lo ha explicado todo: "Es la nevera, que se queja", y debía de ser verdad porque ese ruido, que tenía algo de gemido, también tenía algo metálico y monótono, "por eso me abrazaba antes a ella: para consolarla". Y lo he entendido todo, y yo también me he abrazado a ella, pero el mío sí era un gesto de agradecimiento: le agradecía que se quejara de día, y no de noche, como todas las neveras de mi infancia que me impedían dormir durante la madrugada.