martes, enero 20, 2009
viernes, noviembre 10, 2006
sábado, abril 29, 2006
sábado, abril 22, 2006
Todas las neveras de mi infancia.
miércoles, marzo 29, 2006
Gutenberg 2006
Esta tarde hemos ido una compañera y yo a la imprenta de la empresa a pedir un presupuesto. Nos ha acompañado uno de nuestros jefes y, como no habíamos estado nunca, hemos aprovechado para ver por primera vez el sitio. A pocos metros de la entrada había una rotativa enorme, una de esas rotativas capaces de imprimir pliegos de sesenta y cuatro páginas. Supongo que las rotativas de los diarios deben de ser aún mayores pero con la que he visto esta tarde a mí me basta para disparar mi imaginación. Era tan grande como un armario para dinosaurios. En un extremo había cargadas miles de hojas que eran introducidas en la máquina mediante un sistema de ventosas; primero un sistema de ventilación (supongo que semejante al de las fotocopiadoras pero a lo grande) mantenía despegadas las hojas de la parte superior de la pila y luego unas ventosas se adherían a ellas y arrastraban las láminas de celulosa una tras otra hasta el tren de impresión. Por el otro extremo de la máquina, bastantes metros más adelante, salían las hojas impresas ya con fotos, gráficos y textos. Una vez salían de la máquina sólo quedaba cortarlas y coserlas en forma de libro para esparcirlas por el mundo cargadas de mensajes, como se esparcen las semillas por los campos, cargadas de futuro. En las épocas de poco trabajo la máquina, junto con el resto de rotativas de la imprenta, se detiene a las diez de la noche y se vuelve a poner en marcha a las cuatro de la mañana; en épocas de mucho trabajo, no se para nunca. Los motores que movían los rodillos y desplazaban las hojas, a un ritmo frenético pero mucho más reposado que el de una discoteca, eran los tambores de la selva: hacían vibrar el aire y las paredes con una lectura de los libros previa a la razón, y el ruido no llegaba a ser ensordecedor pero sí era imponente y penetrante como el olor de la tinta. El olor a tinta impregnaba el aire de la misma forma que la tinta impregnaba el papel. Y yo, pobre de mí, al ver todos aquellos kilowatios trabajando juntos y coordinados en pos no de la creación de libros sino de su difusión, me he emocionado. He pensado en el enorme esfuerzo y dedicación que cuesta crear un buen libro y he visto las máquinas que tenía ante mí como el último paso de la larga cadena de pasos que conduce al escalador desde la base de la montaña hasta la cima, o al corredor de fondo desde la salida hasta la meta. Miraba las letras impresas y aquellos mensajes no podía interpretarlos más que como la destilación de años y años de camino, templanza, obstinación y dedicación. Veía la impresión de cada letra como el triunfo del autor sobre circunstancias adversas que le alejaban de sus lectores, condenándolos a ambos a la soledad. Justo en ese momento, mi compañera ha exclamado: “Uy, venga, vámonos ya de aquí, que este olor a tinta me está matando” Su rostro estaba deformado por una mueca de asco y era posible que tuviera literalmente razón: los productos volátiles de la tinta impregnaban en esos momentos nuestros pulmones de la misma forma que marcaban las hojas. Además, mientras yo me abstraía en mis pensamientos habíamos estado hablando de números con el jefe de la imprenta, así que nuestra labor ahí ya estaba cumplida y nada nos retenía en aquel lugar. Sin embargo, yo estaba fascinado con el movimiento de las máquinas, las letras impresas en cadena, la construcción continua de los libros no me parecía menos fascinante que un parto, y no me apetecía irme: lo que me apetecía en ese momento era quedarme ahí hipnotizado, y después de oír el comentario de mi compañera y de ver su rostro de disgusto, sentía un impulso irreprimible de subirme a una de las rotativas, a la más grande, a la más alta, y exclamar, mientras contemplaba a mis pies a las máquinas trabajar sin descanso: “Pues a mí me encanta el olor a tinta.... huele... a victoria”. Victoria más necesaria que nunca en un mundo en el que debe de haber más granadas militares que garbanzos proletarios.
domingo, marzo 12, 2006
ADOCTRINAMIENTO DE UNA NIÑA (MEDIANTE VARITAS DE MERLUZA)
Saps, ara quan tornava cap a casa un home s'ha tret la jaqueta quan passava i me la tirat als peus i jo volia esquivar-la però ha insistit que la trepitxés i saps que, l'he trepitxat -per pur esgotament mental i físic i potser etílic- i l'he fet l'home més feliç del món.
(Sabes, ahora, cuando volvía a casa, un hombre se ha quitado la chaqueta y cuando pasaba la ha tirado a mis pies y yo quería esquivarla pero ha insistido en que la pisara y sabes qué, la he pisado –por puro agotamiento mental y físico y puede que etílico- y le he hecho el hombre más feliz del mundo)
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Sé de una escuela con nombre de profeta (allí trabajo) donde lavan la cara a la bondad.
¿Quién dijo aquello... quien hace daño a uno de mis pequeños me lo está haciendo a mí?
Ayer vi a una niña en el comedor de la escuela llorando en silencio.
_ ¿Qué te pasa?_ le pregunté.
_ No puedo comerme el pez porque siento pena.
Me quedé sorprendida y maravillada y también un poco sobrecogida ante aquella niña que no quería comer el pescado porque a sus ojos se le aparecía no como un pez muerto en forma de varitas de merluza sino como un pez vivo que nadaba libre por el mar... Y de la impresión caí en una de mis ensoñaciones y me imaginé la merluza viva y el immenso comedor se convirtió en un pequeño mar donde nadábamos felices los peces y yo... ummm... cuanta felicidad y gratitud a la vida... que bruscamente se vio interrumpida por el pinchazo de un anzuelo:
_ ¿Has sido tú quién ha dicho a la niña que podía no comerse el pescado?
En fin, que podía decir... (me habían pescado)
_ Sí.
Al final obligaron a la niña a comerse las varitas de merluza.
Pero a mi esta niña me gustó, me gustó su conciencia tan pura del mundo y me emocionó su radical bondad por la vida. Y sí, también me gustó volver a oler el mar y sentir su sabor tan intenso... Pero que sinsabor el despertar por el hierro clavado en el espinazo: triste suerte la del pez que es pescado.
miércoles, marzo 01, 2006
Vulnerabilidad de los vigías en invierno

La sonrisa de Yuri Gagarin en esta foto me recuerda a la de la Gioconda. Yuri Gagarin fue el primer hombre que vio la Tierra desde el espacio, en 1961. Al ver nuestro planeta azul a sus pies exclamó: "Veo la Tierra, ¡es tan hermosa!. Pobladores del mundo, salvaguardemos esta belleza, no la destruyamos". Murió con 34 años de edad, cuando ya había decidido volver al espacio en una de las misiones Soyuz. Era piloto de pruebas y se estrelló en uno de sus vuelos, en el mes de marzo de 1968.
Perdemos siempre, Ulises, a los mejores hombres
qué dirás esta noche ante el océano
cuando se apaguen las antorchas
Alzaré la voz por encima de lo oscuro
y por cada ola que se extinga en la arena
a mis pies diré uno de sus nombres
para que así las murallas de Troya sepan
que incluso las montañas más altas se deshacen en arena
ante los mejores hombres.
viernes, febrero 24, 2006
Un albaricoque parlanchín
jueves, febrero 23, 2006
Primer informe de situación de 2006
martes, febrero 21, 2006
Victorias cotidianas
sábado, febrero 18, 2006
Botánica proletaria y botánica burguesa
sábado, febrero 04, 2006
Los bigotes de Freddy Mercury

El viernes hice de Freddy Mercury en una representación que organizó el colegio salesiano donde trabajo con motivo de la fiesta de Don Bosco, el fundador de la congregación salesiana. Canté -bueno, en fin, moví la boca- durante 50 segundos siguiendo el play-back del tema We are the champions, de Queen,... y ante la dirección del colegio y un teatro abarrotado de alumnos. Un par de compañeros profesores me acompañaban en el escenario, pero su dignidad estaba a salvo porque llevaban pelucas y dudo que alguien les reconociera. Yo, en cambio, salí sin mis inseparables gafas y tuve que pintarme el bigote con lápiz de ojos porque el mostacho que me había comprado en una tienda de disfraces se despegaba con facilidad. Los alumnos coreaban el we are the champions y se partían de risa, todo a la vez. Ninguno de ellos sabe que hace unos años en la Facultad de Física de la Universidad de Barcelona unos compañeros creyentes cristianos católicos se opusieron a que estampáramos camisetas con la foto que encabeza este artículo. El texto que acompañaba a la foto era: Dios no juega a los dados... juega a los bolos. Y luego iba: Física y los años de la promoción. La foto era de una obra de arte que se exponía en aquellos momentos en Londres (no recuerdo ahora mismo el nombre del artista, lo siento). A mí la verdad es que me traía sin cuidado qué estampación tuviera la camiseta de aquel año pero cuando mi amigo Carles subió a la clase y nos contó que un grupo se negaba a estampar esa camiseta porque decían que era ofensiva, tomé cartas en el asunto. La frase me parecía francamente divertida. Yo y unos cuantos montamos una campaña de defensa no ya de la libertad de expresión sino de la libertad creativa. No porque quisieramos molestar, ofender, incordiar o reírnos de las creencias de nadie, sino simplemente porque la frase combinada con esa imagen nos parecía divertida. Un compañero me preguntó si yo aceptaría una camiseta en la que se ofendiera a Buda. Le contesté: primero, no creo que nuestra camiseta ofenda al Papa; segundo, si una camiseta me pareciera ofensiva, simplemente no la compraría y ya está; tercero, he deconvivir día a día con cosas que me parecen realmente ofensivas, como por ejemplo que haya guerras en el mundo y la riqueza y las oportunidades de acceder a ella estén tan injustamente repartidas en el mundo. Eso sí que es ofensivo. ¿Por qué no se queman las casas de los fabricantes de armas? A mi las armas me ofenden profundamente, muy profundamente, y a nadie parece importarle. Al final me compré varias camisetas. Eso sí, no la llevo en el trabajo, qué le vamos a hacer. En el trabajo a veces llevo bigote. Exactamente ... ¿qué fracción de la Humanidad ha dejado atrás la Edad Media, Freddy?
sábado, enero 28, 2006
El gran fracaso de la transición española
viernes, enero 20, 2006
¿Por qué no escupir helado a los osos?

Confieso que cuando era niño jugaba a bombardear hormigueros en un parque que había cerca de mi casa. Lanzaba piedras sobre las indefensas hormigas y me dedicaba a ver su reacción. Para mi era como jugar con clikcs de famóbil (esos muñequitos de la era prePlayStation con los que te podías inventar mil y una películas). Supongo que las cosas empezaron a cambiar cuando tuve por primera vez animales en casa. Y supongo que los documentales sobre animales que veía con mi padre también tuvieron su papel en mi pacificación. No recuerdo muy bien cuándo dejé de destrozar hormigueros para ver qué pasaba, pero sí sé perfectamente que el día en que mi gata Alfombra tuvo gatitos por primera vez en mi casa fue un punto de inflexión en lo que a mis opiniones sobre los animales respecta. Aquel día mi hermana y yo estábamos solos en casa y la gata Alfombra (que aún vivía en el patio) empezó a maullar desconsoladamente. Cuando nos asomábamos al patio la veíamos mirando hacia arriba y si nos metíamos en casa sin hacerla mucho caso maullaba con aún más desconsuelo. Al principio no entendíamos y, la verdad, simplemente esperamos a que se le pasara. Sin embargo, como no paraba, al cabo de un rato bajamos a ver qué le pasaba y entonces nos dimos cuenta de que había roto aguas. Como mi hermana esperaba que un grupo de amigos llegara en breve, cogí a Alfombra entre mis brazos y la subí hasta la terraza de arriba, donde solemos tender la ropa en mi casa y donde estaría más tranquila. Luego buscamos un trozo de tela vieja para que la gata no estuviera en el suelo y lo único que encontramos fue una camisa vieja que mi madre tenía en un armario de la cocina preparada para hacer trapos con ella. Cuando subimos la camisa y pusimos a la gata en la tela, llegaron los amigos de mi hermana. Mi hermana estuvo un rato charlando con ellos y al final se fueron todos. Yo me quedé solo con Alfombra. Veía que al animal cada vez le dolía más pero no sabía qué podía hacer. De repente asomó el rabo de una de las crías y comprendí que lo que ocurría es que los gatitos venían de culo. Mi desesperación aumentó. Me sentía completamente impotente. Si no tiraba del rabo, temía que el gatito muriera asfixiado; si tiraba, temía hacer un daño espantoso tanto a la madre como a la cría. En fin, yo en aquel momento estudiaba Física, tenía una ligera idea de cómo resolver ecuaciones diferenciales, pero aquello no se parecía en nada a nada que se pudiera describir con matemáticas y me desbordaba. Decidí bajar a casa y llamar a una amiga de la Facultad, que había tenido animales desde niña y quizá pudiera darme alguna idea y, si no... daba igual, necesitaba hablar con alguien. Me levanté, me alejé de la gata, que seguía tendida sobre la camisa gimiendo de dolor, franqueé la puerta de la terraza y empecé a bajar la escalera que me llevaría hasta casa. Lo que ocurrió fue que no había llegado ni a la mitad de trayecto cuando oí de nuevo el maullido doliente de mi gata. Me giré y cuál sería mi sorpresa al verla detrás de mi. Me había seguido medio arrastras, con el rabo de una de sus crías asomando ya al mundo, y ahora me miraba desde la escalera, unos escalones por encima de mí. No sé muy bien cómo funciona la mente de un gato ni cuántos genes compartimos con esta especie de mamíferos pero tuve la profunda impresión de que no quería que la dejara sola. La cogí entre mis brazos de nuevo y ya no me separé de ella. Mi amiga no pudo ayudarme mucho: simplemente me dijo que le pusiera un recipiente con agua cerca, que dejara que la naturaleza siguiera su curso y que no retirara la placenta porque muchas veces se la comían para recuperar fuerzas. La naturaleza siguió su curso y, a pesar de la pifia inicial, los tres gatitos salieron sanos y salvos. La madre, Alfombra, también salió bien parada y, una vez pasados los dolores y ya más tranquila, dio por finalizada la tregua entre hombres y gatos y agarró sus tres gatitos y se escondió con ellos en un lugar recóndito del patio que no voy a revelar aquí. No la volvimos a ver hasta muchos días después. Y cuando finalmente aceptó vivir en familia con nosotros, yo era el único que podía tocar los gatitos recién nacidos de camadas posteriores que tuvo, no toleraba que nadie más los tocara ni mucho menos los transportara (bufaba a todo el resto de miembros de la familia que osaran acercarse). Me pasaron muchas más cosas con la gata Alfombra pero no quiero extenderme más, y tampoco creo que sea necesario. Creo que después de lo que acabo de explicar basta para comprender mi desconfianza hacia personas que por ser Homo Sapiens Sapiens se consideran en una esfera aparte y por encima de todo el resto del reino animal, y no digamos ya del vegetal. También he llegado a la conclusión de que el dolor y el sufrimiento es dolor y sufrimiento sea cual sea el cuerpo que lo contenga, y que la violencia es violencia sea cual sea el ser víctima de ella. Para ver que los animales sufren y son víctimas sólo hay que mirar con un poco de atención a nuestro alrededor. Mi alrededor hace unos días era el zoo de Barcelona. No sé qué es lo que mira la gente cuando camina por la calle, y mucho menos cuando está rodeada de animales. Mejor dicho, no sé lo que ven cuando miran. Supongo que hay dos planetas diferentes en la misma Tierra, que cada uno de ellos se construye a partir de lo que ven diferentes miradas en unos mismos entes físicos, y supongo que si hay uno con cinco mil millones de habitantes, yo vivo en el otro, en el que hay un continente para cada habitante. Grito todo esto porque yo no sé qué soy si el hombre que escupió helado al oso era Homo sapiens sapiens, porque oso no soy, pero tampoco soy hombre porque yo vi cómo un hombre escupía helado a un oso del zoo de Barcelona, y cómo otros hombres le reían la gracia, y yo no reía, ni siquiera sonreía, de hecho por poco se me olvida respirar de lo atónito que estaba. Y entonces ¿qué soy yo si no escupo helado a los osos ni disfruto cuando humillan a los guepardos encerrándoles en jaulas? Porque oso no soy, mis genes lo demuestran, pero tampoco soy hombre, como demuestra mi asombro. Yo miraba a los ojos del oso y entendía mejor al oso que al hombre. Os lo juro: el oso miraba hacia arriba, hacia donde estábamos nosotros, y el hombre le escupió un trozo del helado que se estaba comiendo, y se lo escupió para demostrar a sus hijos, quienes le acompañaban, junto con otros hombres, que a los osos les gusta el helado. ¡Pero-hombre-de-Dios!, pingüino despistado, me diréis vosotros, si hombres con hijos tiran bombas contra otros hombres, ¿por qué no escupir helado a los osos?.
miércoles, enero 11, 2006
VISIÓN SURREALISTA DE UNA MANDARINA

Menciono a las mandarinas porque me encantan las mandarinas, pero en realidad esto no tiene nada que ver con ellas. O quizá sí, no estoy muy seguro, lo voy a pensar mientras escribo. Estuve en el País Vasco y vi cosas que no entiendo. No estoy hablando de nada complicado ni profundo: estoy hablando de las puertas del metro de Bilbao. Porque.... vamos a ver.... ¿alguien sabe lo que significa el signo de la foto, el que queda más abajo de los tres que están en la puerta del metro de Bilbao? El trayecto era Bilbao-Plentzia, lo digo por si sirve de algo, pero sospecho que si hubiera ido a Sestao hubiera sido el mismo signo, y el mismo también mi desconcierto. No sé, es raro ¿no? Porque vamos a ver, se supone que estos signos son una especie de lenguaje universal, ¿ o no ¿; en China no vi ninguno que no entendiera. Claro que esto es una cosa muy personal, quizá los millones de lectores de este blog lo entienden a la primera, y sin necesidad de haber estudiado semiótica. Si es así, que lo digan, por favor, que lo digan. (Como alguien sugiera que lo que significa es “permitidos los siameses, prohibidas las mandarinas”, lo denuncio).
sábado, enero 07, 2006
lunes, diciembre 26, 2005
Lógica y medios de comunicación.
- Cuéntenos: ¿qué es lo que le pasa?
- Que tengo un resfriado -contesta usted.
- ¿Dónde estuvo ayer por la noche? -inquieren los periodistas.
- En la montaña, mirando estrellas.
- ¡Le han colonizado virus extraterrestres! -deducen los periodistas- ¡Y son verdes y amorfos!.
- No, eso son los mocos de toda la vida -explica usted.
También les explica que en la montaña hacía frío y que es muy probable que esa sea la causa de su costipado. Lamentablemente, en lugar de sus explicaciones, y justo después de la deducción de los periodistas, emiten un anuncio de perfumes. Sus mocos se hacen famosos.
Y así en todos los medios de comunicación y con todos los temas.
Pequeña escena familiar.
- Hoy han dicho por la tele que comer arroz integral es bueno para evitar la celulitis.
Mi hermana:
- ¿Sí? Pero... ¿por qué? ¿por qué? ¿por qué? Es que dicen las cosas así, sin dar explicaciones y luego créetelas o no.
Yo:
- Ten cuidado porque yo empecé así y acabé estudiando Física.
viernes, noviembre 25, 2005
Marciano en la Tierra sin cámara.
lunes, noviembre 21, 2005
Carta a mamá y papá
espero que estéis bien. Yo estoy bien, pero mucho trabajo y poco descanso. Os escribo tumbado en la cama, mientras me duermo, apenas puedo contener el sueño. La gente aquí en este país es muy rara. Se mueven poco en el trabajo y luego tienen que correr por la calle para cansarse, o van a sitios llenos de máquinas y se dedican a levantar barras de hierro y pesos. Lo llaman hacer ejercicio. Yo el ejercicio ya lo hago en el trabajo, luego estoy muy cansado y tengo demasiada hambre como para ir corriendo por la calle. La gente aquí es muy rara. Yo tengo mucho trabajo en el campo, y estoy todo el día llevando peso para un lado y para otro. ¿Os habéis fijado lo despacio que crecen las verduras y lo deprisa que hay que hacer el trabajo para que crezcan bien? Me siento un poco esclavo de las verduras, pero no importa, soy feliz porque aqui tengo trabajo. Papá, mamá, los muros son muy altos, cada vez más altos, pero no hay callejones sin salida. Creo que los muros son cada vez más altos porque aquí saben más de ladrillos que de nuestro país, y nosotros... nosotros no sabemos nada. En la tele de aquí puedo ver cómo vive el presidente de nuestro país y pienso que quiere parecerse a la gente de aquí porque no le veo muy cansado. En cuanto pueda me traere a mis hermanos. Mi cuerpo me dice que es mejor cansarse que pasar hambre. Eso sí, cada uno se cansa a su manera y según sus posibilidades. Creo que este mes os podré mandar un poco de dinero. Decidle a mi hermana que pienso mucho en ella y que la llevaré un regalo cuando pueda ir a veros. A vosotros también os llevaré regalos. Muchos abrazos. Cuidaos mucho. Seguid bien
viernes, noviembre 11, 2005
Curso sobre Astrofísica
¿Le gustaría conocer el Universo en el que vive? ¿Saber de qué se habla cuando se habla de galaxias, agujeros negros, estrellas de neutrones, meteoritos, cometas y constelaciones? ¿No se ha preguntado nunca por las dimensiones del Cosmos? ¿Por la importancia de la luz del Sol en su vida? ¿Por la velocidad a la que se mueve la Tierra por el espacio? ¿Por el origen de la vida, el Big Bang o el fin del Sistema Solar?Todas estas preguntas y muchas más tienen respuesta en el curso sobre Astrofísica organizado por Callejón sin salida. En esta época en la que todo el mundo está empeñado en montar empresas con beneficios multimillonarios nosotros preferimos pasárnoslo bien vendiendo conocimiento, que como todo el mundo sabe raramente da multimillonarios beneficios (aunque estamos convencidos de que el curso será un éxito, pues a la gente le encanta gastar su dinero en cosas inútiles, que son, al fin y al cabo, las cosas importantes en la vida -y si no que se lo digan a los egipcios que construyeron las pirámides, o a las rosas el día de Sant Jordi- ).
Quien esté interesado en el curso se puede poner en contacto con los editores de Callejón sin salida a través del siguiente correo electrónico: editor_callejonsinsalida@yahoo.es
domingo, noviembre 06, 2005
Sobre las dos Españas
domingo, octubre 23, 2005
Las chicas con los chicos, los chicos con las chicas
domingo, octubre 16, 2005
La gente confunde un árbol con una papelera
Estimados compañeros, hoy ha llegado el equipo de la Universidad de las Ciencias Paranormales que prometisteis enviar como refuerzo. Les recibo como agua de mayo. Todos los miembros del equipo están aún bajo los efectos de la confusión y el desconcierto que provoca presenciar la innumerable cantidad de fenómenos inexplicables que se producen en la sociedad humana. Yo llevo mucho más tiempo aquí que ellos y aún me dura el desconcierto. Al menos nos haremos compañía.
El primer fenómeno paranormal que estudiaremos será el hecho de que la gente confunda un árbol con una papelera. Como sé que es difícil de creer que tal cosa pueda suceder, adjunto foto como prueba.
En cuanto tengamos listos los primeros resultados de las investigaciones, os los mandaremos vía translumínica. De momento lo único que puedo decir es que estudiar esta anormalidad va a ser muy complicado debido a que los humanos no están muy dispuestos a colaborar. Hace unos días, mientras observaba el árbol y hacía las fotos, cuando pregunté a las personas que pillé lanzando basura dentro del árbol el porqué de semejante acto me contestaron gruñendo, pidiendo que les dejara en paz e insultándome. Uno incluso llegó a llamarme "marciano de mierda". En fin. Seguiremos informando desde el Mediterráneo, a pesar de todo.
domingo, octubre 02, 2005
El pingüino
- Me he encontrado un pingüino -le dice al guardia.
El guardia se encoje de hombros y exclama:
- ¡Pues llévelo al zoo!
El gallego lleva el pingüino al zoo y al cabo de unas horas lo trae de vuelta, con un globo atado con un lacito a la aleta que le queda libre. El guardia urbano les mira desconcertado. El gallego le informa:
- Nada, que ahora quiere ir al cine.
(Última hora de nuestro corresponsal en Pekín)
El arte de la fotografía.
De la obra: El sastre de la luz
domingo, septiembre 18, 2005
Porque hay gente.
Personajes: Guardia de seguridad, transeunte, perro, gatos.
Guardia de seguridad:
- Oiga, oiga, los perros no pueden pasar, está prohibido.
Desconcertado transeunte que acababa de entrar en el jardín con su perro:
- Ah, ¿no? No sabía, y... ¿por qué?
Guardia de seguridad:
- Porque hay gatos.
Yo estaba de público, sentado en un banco de piedra al lado de un gato al que no conocía de nada. Después de oír al guardia de seguridad he mirado al gato y he comprendido inmediatamente que aún hay esperanza para la Humanidad: sólo hace falta que cuando vayan a bombardear una ciudad en nombre de la democracia o a poner una bomba en medio de la calle en nombre de Dios alguien diga: no, aquí no, aquí está prohibido porque hay gente.
sábado, septiembre 10, 2005
Oficios
- Papá, ya sé qué quiero ser.
- Ah, muy bien hijo. ¿Y qué has decidido?
- ¡ Quiero ser jardinero de nubes !
- Qué... ¿qué es eso? ¿Dónde se estudia?
- Eso no lo sé todavía.
- ¿Cómo que no lo sabes? Pero ¿qué es eso de jardinero de nubes?
- Mira, papá, lo he decidido esta mañana, cuando iba en el metro, al ver la cara de la gente.
- Vale, hijo, pero ¿qué es?
- Nadie mira el cielo, papá. Todo el mundo trabaja sin mirar el cielo. No sólo los mineros: tampoco los oficinistas, los lampistas, los mecánicos, los torneros,... nadie, ni siquiera los campesinos ni los marineros ya. Y eso se nota, ¿sabes? Fíjate en la gente que va en el metro o en el autobús o en el tren a las ocho de la mañana. Falta color. Están agrios, casi parecen enfermos. Es que no miran el cielo. Imagínate que nuestros antepasados no hubieran mirado el mar: aún seguiríamos en las cuevas ¿no? Comiendo lombrices y raíces. Pues muy bien, ya miraré yo el cielo por toda la gente que no lo hace, y lo haré con mimo de jardinero, y explicaré todo lo que he visto, las nubes, las auroras, las tormentas, todo, y así todos podremos seguir con nuestra vida sin perdernos nada. Creo que es una buena y honrada profesión.
- Pues yo creo que estás equivocado, hijo.
- No, papá, no puedo estar equivocado. Soy bueno contemplando las cosas. Me quedo ensimismado mirando las cosas. Soy capaz de pasarme horas mirando las nubes o contemplando un árbol y disfrutar, no necesito nada más. No todo el mundo puede hacerlo. De hecho, no conozco a nadie que pueda hacerlo: a todo el mundo le gusta la actividad, y en cuanto se quedan treinta segundos quietos empiezan a aburrirse. ¡Qué digo treinta segundos ! Ni diez segundos aguantan. ¿Tú crees que puede ser porque no tienen vida interior?
- No lo sé , hijo, pero escucha: la gente no mira el cielo porque, sencillamente, no están interesados en mirar el cielo, y tampoco estarán interesados en que tú les cuentes las nubes. ¡ La gente tiene muchos problemas como para mirar el cielo ! Y sí que necesitas algo más: necesitas comer, y necesitas una casa y necesitarás un coche. Incluso una tele y muchas otras cosas, ya verás. Y para eso tendrás que trabajar y ganar dinero.
El hijo se encogió de hombros.
- No sé -dijo-. Yo sólo sé que todo el mundo es capaz de pasarse horas trabajando. Yo soy capaz de pasarme horas quieto sin hacer nada, en silencio.
- Pero eso no se valora. No habrá nadie que te pague dinero por ello.
- Entonces... ¿qué pasa? ¿Tendré que escoger otra profesión?
- Yo qué sé , hijo, pues supongo que sí, como todo el mundo.
- Bueno, vale, pues entonces seré cazador.
- Muy bien, hijo, ya empiezas a hablar con sentido común, eso creo que va más acorde con los tiempos... y cazador ¿ de qué ?
- Cazador de dinosaurios.
martes, agosto 09, 2005
Dios como problema
lunes, agosto 08, 2005
Incendios

(fotografía de Víctor Guisado Muñoz)
No oigo vuestro dolor cuando el acero os destruye
ni sé de vuestros sueños. No tenéis corazón ni nervios y
¿acaso un árbol puede pensarme?
Sí sé que una ciudad sin árboles es inhabitable.
Vuestras raíces me fabricaron a partir del fósforo inerte
del nitrógeno neutro, del carbono y del oxígeno.
Soy uno de vuestros frutos
aunque no podáis pronunciar mi nombre,
y vuestro diálogo con la luz
son las mejores lecciones de supervivencia
en medio del asfalto, los mejores horizontes
ante la soledad en medio de la tribu.
Si vosotros podéis soportar el hacha
sin pronunciar una palabra ¿no seré yo
capaz de abrazar la devastación íntima
que provoca una sonrisa no compartida?
Si sois fieles a la invocación de la primavera
vosotros que no os defendéis ante el taladro
¿no atenderé yo día a día al alba?
Si forjáis con precisión de relojero los mejores frutos
a partir de la crueldad de los minerales
¿no podré yo transformar el plomo
en jugosas manzanas?
Libres de la esclavitud del lenguaje
ya diré yo vuestro nombre este verano
cuando ardáis a millares en las piras
en las que la falta de agua ha transformado
a los bosques, ya hablaré yo por vosotros
a los niños, ya prestaré yo mi cuerpo
al constructor que tenga necesidad
de talar un árbol.
(Hace unos días talaron una veintena de pinos centenarios en Badalona. Supuestamente era necesario para construir la escuela pública Artur Martorell. El concejal de Educación, el señor Àlex Mañas, asegura que se penalizará a los responsables. ¿Cómo? ¿Les obligarán a replantar todos los bosques quemados este verano?)
miércoles, agosto 03, 2005
¿ Qué es una madre ?
- ¿A dónde vas? -me preguntó.
- A dar una vuelta por el Universo, mamá -le contesté.
En realidad iba a comprobar hasta dónde llegaba mi ruina en el cajero automático que hay debajo de mi casa, pero no me apetecía entrar en detalles tan prosaicos, y menos aún con mi madre.
- Ay, hijo -se quejó ella- ¿con esas chanclas te vas? ¿No ves que vas muy mal calzado así?
Pues eso es una madre: una persona que se preocupa por que vayas bien calzado cuando te dispones a viajar por el Universo.
jueves, julio 21, 2005
Nombrar
Hubo un momento en la historia de la Humanidad en que el hombre ya era hombre y aún no tenía, sin embargo, lenguaje. Estaba por lo tanto más solo que nunca: un ser humano completo, con toda la conciencia y la angustia existencial propias del ser humano pero incapaz, a pesar de todo, de nombrar las cosas, incapaz de decirse e incapaz así mismo de recibir a los demás. Aunque fuera posible la comunicación, no desde luego como es posible ahora, después de varios miles de años de evolución del lenguaje. Quiza haya personas que crean que nombrar las cosas aumenta la angustia existencial del hombre, y quizá incluso crean que la angustia existencial no es propia del ser humano sino que se añadió a la vida humana a partir del momento en que el hombre empezó a hablar, es decir, a pensar. Yo creo, sin embargo, que poder decir el mundo disminuye la angustia existencial del ser humano y que a medida que evolucione el lenguaje como herramienta de exploración y de comunicación aumentará la paz de éste.





