lunes, mayo 13, 2019

TV3 APOYA LA PSEUDOCIENCIA, UNA VEZ MÁS



Ayer por la noche, domingo 12 de mayo, TV3 emitió un programa a favor de Josep Pàmies, Teresa Forcades, Enric Corbera y la regulación de las mal llamadas terapias naturales. Digo “mal llamadas” porque no son ni terapias ni naturales. No es la primera vez que TV3 ofrece sus recursos a J. Pàmies para que se publicite.

En el caso del programa de ayer, no hace falta que me creáis a mí: quien lo quiera comprobar por sí mismo, que mida el tiempo que hablaron las personas a favor de la mentira y los que hablaron a favor de la verdad. Verá que está claramente descompensado a favor de la mentira, es decir, a favor de J. Pàmies y compañía. Los que viven gracias a las mentiras tuvieron mucho más tiempo para exponer sus “argumentos”.

De hecho, el problema empieza con la utilización de la palabra “argumentos”. El planteamiento del programa ya se adivinaba erróneo cuando por la tarde lo anunciaban: “Podremos conocer los argumentos de unos y de otros”, decían los presentadores del telenoticias autonómico. Bueno, pues no. J. Pàmies, Teresa Forcades, Corbera y compañía no tienen argumentos: tienen mentiras. A quien le parezca muy duro mi tono, le recordaré que J. Pàmies y Forcades son antivacunas y defienden el uso de lejía para tratar el autismo en niños, Corbera cita la física cuántica para justificar sus ocurrencias y la regulación que reclaman los representantes de las mal llamadas terapias naturales no es más que una excusa para ocultar su ignorancia sobre los temas de los que hablan y así poder seguir ganando dinero impunemente a costa del sufrimiento de la gente.

Ante semejante panorama no cabe la equidistancia. Presentar, como lo ha hecho TV3 en varias ocasiones, a J. Pàmies y compañía al mismo nivel que a científicos y médicos es colaborar con un mensaje que siembra la confusión y el dolor (recordemos, una vez más, que J. Pàmies y Forcades son antivacunas y defensores de la lejía para tratar casi cualquier enfermedad).

Insisto: a quien le parezca muy duro mi tono, es que no conoce a estos charlatanes:


El problema con las mal llamadas terapias naturales no es que no estén avaladas científicamente : es que son, simple y llanamente, tonterías, y tonterías peligrosas, y los periodistas que no hacen su trabajo y se limitan a presentarlas como si fueran una alternativa están, en realidad, colaborando con un engaño que no hace más que sembrar la confusión y el dolor en la sociedad. Lo hacen, además, aprovechando los recursos públicos que les ofrece TV3. No es la primera vez que TV3 se pone a disposición de estos charlatanes.

Una vez más, a quien le parezca muy duro mi tono, es porque no conoce a estos charlatanes. En este vídeo lo explico con más detalle: https://youtu.be/XMXHK94geuI

Para acabar me gustaría comentar la tontería que dijo Cristina Abadia Castelló, hacia el final del publirreportaje: “¿Todo ha de ser ciencia en los hospitales? Es que así estamos un poco deshumanizados.”

Hay mucha gente que tiene la sensación de que la ciencia nos deshumaniza. Les guste o no, es justo al contrario: la ciencia nos humaniza. Es la superstición y la ignorancia, que es justo lo que defendió ayer el programa de TV3, lo que nos embrutece. La Humanidad ha pasado miles de años a merced de todo tipo de charlatanes. Fueron milenios de dolor y sufrimiento para incontables seres humanos, que vivieron sus vidas sin esperanza, sin que su condición humana fuera reconocida. ¿Queremos volver a eso? No fue hasta la revolución científica cuando las cosas empezaron a cambiar poco a poco, lentamente. No puedo concebir nada más inhumano que el engaño, ni nada más humano que un antibiótico que funciona. La atención que reciben los pacientes en los hospitales puede que sea muy mejorable en algunos casos, desde luego, pero no serán los charlatanes quienes la mejoren.

sábado, febrero 02, 2019

LISANDRO Y LAS ESTRELLAS

El mundo está lleno de cosas y mi cabeza llena de preguntas.
Cada mañana la ciudad despierta lentamente. Papá corta leña y mamá prepara el desayuno. Mientras tanto, yo observo la calle desde el portal de casa. Me entretengo mirando a la gente que pasa. A algunos los conozco, a otros muchos no. ¿Serán marineros de permiso? ¿Artesanos de otras ciudades? Todos parecen estar muy atareados y caminan deprisa. No me atrevo a preguntarles nada. No creo que tengan tiempo para responderme. No tienen tiempo ni para mirar a su alrededor. Van como flechas, directos a su destino. No se entretienen con los detalles. No contemplan el mundo. Muy pocos me ven mientras les observo. A mi se me ocurren preguntas mire a donde mire, aparecen en mi cabeza sin esfuerzo, me distraigo con cualquier cosa, todo el tiempo. Mi imaginación se alimenta de todo lo que ven mis ojos mientras mi estómago espera impaciente el desayuno.
¿Cuál es la ciudad más bonita del mundo?
¿Cuál es la más grande?
¿Y la más antigua?
¿Por qué hay tantos idiomas diferentes en el mundo?
¿Por qué no es único el nombre de las cosas?
¿Y por qué brillan las luciérnagas?
¿Tienen acaso fuego en su interior?
¿Y por qué se mueven continuamente las llamas? ¿Por qué crepitan, tiemblan y chisporrotean sin parar? ¿Acaso les anima un alma, como a los animales y a los hombres?


A veces papá me despierta muy temprano para que le acompañe al huerto y le ayude a recoger fruta y verdura. Soy el hermano mayor y me corresponde a mí ayudarle. Cuando salimos de casa, aún es noche cerrada y pienso en lo grande que es el mundo. La oscuridad oculta los detalles y mis ojos legañosos apenas pueden abrirse, pero aun así intuyo que es inmenso.
Grande es la ciudad, con sus calles, sus plazas, sus casas, templos y palacios, pero más grande aún es todo lo que queda fuera: los campos hasta las montañas, y las propias montañas, y el mar hasta el horizonte, y el firmamento. En el firmamento hay tantas estrellas que me parece imposible contarlas. Sin embargo, hay hombres que quieren contarlas. Hombres sabios. Mi padre se ríe de ellos pero yo me pregunto si algún día conseguirán contarlas, y los admiro en secreto porque a mí me daría miedo enfrentar una tarea tan difícil, y ellos en cambio no se rinden.
En la ciudad, la guardia vigila y hay luz de antorchas y hogueras, pero más allá de las murallas quien manda es la oscuridad. Al dejar atrás las últimas calles, quedamos encerrados en la noche como en una habitación a oscuras, sobre todo las noches sin luna o cuando las nubes cubren los cielos. Mi imaginación se dispara y creo ver por todas partes monstruos que nos acechan. Pero papá sigue avanzando con paso firme, y eso me hace sentir bien. Para evitar que el miedo me venza, me fijo en él y no me despego de sus pasos.
Fuera de la ciudad todo es caótico. Sólo el camino es fiable, todo lo demás puede cambiar de un día para otro, de la mañana a la tarde, incluso en menos de lo que dura un suspiro. Hay piedras, plantas, raíces, árboles, ríos y riachuelos, y animales ululando y olisqueando. El mundo es enorme y está lleno de cosas. Todo está en movimiento sin parar y llena mi cabeza de preguntas.
¿Por qué la mayoría de estrellas siempre están en el mismo sitio, noche tras noche, y unas pocas son errantes y vagabundean como si no tuvieran casa o acomodo entre sus hermanas?
¿Por qué después del invierno viene la primavera?  ¿Siempre será así? ¿Y si un año el invierno se queda atascado y no llega nunca la primavera?
¿Y por qué al final del verano los caracoles suben a los árboles?
¿Cómo escogen las abejas la flor que más les gusta?
¿Por qué a veces los rayos de Sol pintan el arco iris sobre las paredes blancas al ser reflejados por los metales?
¿Por qué el aceite no se mezcla con agua?
¿Por qué la miel es dulce y el limón amargo?
¿A dónde van las golondrinas cuando llega el frío? ¿Cómo saben orientarse? ¿Por qué nunca se pierden y siempre acaban regresando?
Si viajo durante días... ¿llegaré al fin del mundo?
Papá dice que sí. Los filósofos dicen que no. Mamá responde a todas mis preguntas explicándome historias de dioses y titanes. Los filósofos nunca recurren ni a unos ni a otros para explicar lo que ocurre en el mundo, y reconocen que hay muchas cosas que no entienden, como yo. A mí, entender el mundo me parece una tarea tan agotadora como contar las estrellas del firmamento, pero de la misma forma que no puedo dejar de mirar a las estrellas, tampoco puedo dejar de contemplar el mundo. Y me gusta escaparme al ágora para escuchar a los filósofos, aunque muchas veces no entienda lo que dicen.
Esta mañana mi madre me ha mandado al mercado a comprar pan, aceite y miel, y yo he salido corriendo a cumplir el encargo, solícito, como hago siempre. Sin embargo, al llegar al ágora, he visto a un par de filósofos que conversaban rodeados de sus discípulos y me he acercado a ellos. Había mucho bullicio alrededor y me costaba oírles pero aun así me he quedado a escuchar y, al cabo de pocos minutos, me había olvidado por completo del encargo de mi madre. ¡Hablaban de luces extrañas en el cielo! ¡De fenómenos inexplicables! Eran tan apasionados y vehementes que he perdido la noción del tiempo. Zarpazos luminosos en el firmamento. Lágrimas de Atenea. La espada de Apolo desgarrando la oscuridad. Pupilas encendidas de Titanes arrojados al rincón más oscuro del Hades. Esto era lo que decían los discípulos, las explicaciones que ellos proponían a algo que había observado uno de sus maestros.
“¿De que están hablando?”, me preguntaba yo. “¿Qué son zarpazos luminosos, pupilas encendidas, lágrimas y espadas que desgarran? ¿Hay todo eso en los cielos?” No entendía nada. Me parecían ideas poéticas que describían cosas fantásticas, increíbles. Los maestros, sin embargo, no se dejaban impresionar por las palabras de sus discípulos y les reprochaban su falta de imaginación. Su recurrencia a los mitos y a los dioses.
- Ninguna de esas explicaciones me satisface -decía el que por lo visto había presenciado el fenómeno que a todos nos tenía en vilo-, ¿existen realmente los titanes? ¿Qué clase de bestia tiene zarpas capaces de abarcar el firmamento de horizonte a horizonte? Os hablo de un espectáculo sereno y fascinante. Explicarlo recurriendo a oscuras leyendas me parece despreciarlo. Mi explicación es más sencilla, y me gustaría que presenciáramos juntos el fenómeno. Quisiera conocer vuestra opinión.
- Ya he oído rumores -contestaba el aludido, reticente- sobre la explicación que dais a los astros akontismoí.
Oí perfectamente la última palabra. Pero... ¿qué significaba? No la había oído nunca antes. El sonido de las letras - akontismoí - resonaba en mi interior sin que se formara ninguna imagen concreta en mi entendimiento. Murmuré una y otra vez: akontismoí, akontismoí, como si quisiera invocar la magia y el misterio de lo desconocido.
- Supongo que sabréis que la explicación que dais -continuaba diciendo el filósofo escéptico- es motivo de mofa entre nuestros colegas y muchos otros ciudadanos. Es cierto que la imaginación de nuestros discípulos es pobre, pero quizá sea más cierto que la vuestra está desbocada. ¿No lo creéis así? No os ofendáis por lo que os digo, pero ¿no creéis que os convendría domesticar vuestra imaginación y apaciguarla un poco antes de que su furia desbocada os provoque fiebres que pondrían en peligro vuestra salud y cordura?
- Amigo mío -respondía el otro, impasible, sereno-, yo lo que creo es que deberíais observar con vuestros propios ojos el fenómeno. ¡Acompañadme esta misma noche!
¡Esa noche! ¡Esa misma noche! Según el filósofo de la imaginación desbocada esa misma noche el firmamento volvería a estar poblado de astros akontismoí. El grupo se dispersó. Yo regresé a mi casa con las manos vacías y la cabeza llena de planes para asistir al espectáculo aquella noche. ¡Aquella misma noche! Tendría que escaparme de casa, caminar por la ciudad a escondidas, eludir la guardia, ascender a la montaña esquivando piedras, arbustos espinosos, barrancos y bestias. ¿Tendría valor para hacerlo? ¿O preferiría quedarme en casa, al calor de la lumbre?
La bronca de mi madre fue monumental. Sus gritos y collejas hicieron que mis pies se asentaran de nuevo en el suelo. Pero no consiguieron que me olvidara de los astros akontismoí. Soporté el enfado de mi madre sin replicar. Intenté explicarle lo que decían los filósofos. Pero no me escuchó. Mis padres sufren la desgracia de haber tenido un hijo que se hace preguntas y que tiene un hambre que no se sacia ni con pan ni con miel; y yo, su hijo, tengo la desgracia de tener unos padres que han olvidado el niño y la niña que fueron y se han convertido en flechas. Vuelan directos a su destino sin reparar en lo que les rodea. Al final fue mi hermano pequeño a comprar los víveres.
Ahora ya es de noche y acurrucado en mi camastro escucho atentamente.
Me han explicado muchas cosas fantásticas desde que tengo memoria. Historias de dioses y de héroes, de animales que hablan, caballos que vuelan y águilas con cuerpo de león. Pero aquí donde vivo nunca pasa nada. Todo es bastante regular y normal. Es aburrido. Hasta hoy. Hoy tendré la oportunidad de ver algo fantástico, según los filósofos, algo fuera de lo común. Mi única pregunta, ahora, acurrucado en mi camastro, en medio del silencio y la oscuridad de la noche, es si tendré el valor de ir a su encuentro. Es cierto que no sería la primera vez que salgo de la ciudad de noche, pero sí sería la primera vez que lo hago sin ir acompañado por mi padre, y lejos aún de amanecer. ¿Me atreveré a ir solo? ¿Me atreveré a ir solo cuando aún faltan muchas horas para que el primer rayo de sol salte por encima del horizonte? Escucho el canto de una lechuza y el cri-cri de los grillos. Si no me atrevo, mañana no seré feliz. Si no me atrevo, siempre que juegue con mis amigos o escuche a los filósofos en el ágora me acordaré de esta noche y pensaré: No me atreví. Y no seré totalmente feliz.
Así que me digo a mi mismo: “¿Hay algo en la oscuridad que no conozca o que no pueda llegar a conocer?” Y me respondo que no, y salto de la cama decidido y sin hacer ruido. Pienso en los filósofos avanzando en medio de la oscuridad, con paso firme, sin miedo, a la búsqueda de un fenómeno desconocido, inexplicable, y este pensamiento me anima. Quiero unirme a ellos, quiero seguir sus pasos de la misma forma que sigo los pasos de mi padre cuando vamos a por frutas y hortalizas.
Las calles están vacías y la gente duerme. Están en las primeras horas de sueño después de una dura jornada de trabajo. Me encamino hacia la cumbre que tengo más cercana: la Acrópolis. Eludo a la guardia y me escondo entre los arbustos cuando es necesario. Escucho atentamente. Mis oídos también son mis ojos. Oigo insectos mordisqueando hojas, jabalís olisqueando el suelo, buscando raíces. Procuro no cruzarme con ellos; sé que si no me cruzo en su camino me dejarán en paz. Asciendo con el corazón batiendo en mi pecho. ¿Oirá alguien más sus latidos fuertes? Tengo frío, sed y hambre. ¿Llegaré a tiempo para ver los astros akontismoí?
Por fin llego a la cumbre. Camino entre estatuas y columnas; busco un rincón discreto desde donde observar el cielo.
La noche está poblada de estrellas. La oscuridad oculta el mundo, pero descubre el cosmos. El espectáculo me deja con la boca abierta y aun y si no viera nada más esta noche, nada más que estrellas, ya me sentiría bien recompensado. Ahí está Venus, rozando ya el horizonte, el más brillante de todos los astros del firmamento una vez se esconde el Sol, con el permiso de la Luna. Y las constelaciones. La Osa Mayor y la Menor, Pegaso, Perseo, Heracles... los cielos están escritos con letras eternas. Me olvido del tiempo. Contemplo ese alfabeto luminoso y tengo la sensación de que ante mi se despliegan secretos insondables. ¿Podré yo descubrirlos? ¿Bastará mi vida para responder todas las preguntas que se me ocurren?
Todo está en calma. Creo que Atenea me protege. Cubre mis hombros con su manto para evitar que pase frío y posa su mano en mi frente. Poco a poco las estrellas van girando ante mi. Empiezo a pensar que nada fuera de lo común ocurrirá tampoco esta noche. Hasta que de repente, sin previo aviso, se enciende una luz en lo alto y atraviesa el cielo en menos de lo que dura un suspiro. Apenas me ha dado tiempo a verla. Antes de poder contemplarla ya se ha apagado. Me ha parecido tenue y al mismo tiempo intensa. ¿Qué era esa luz diminuta que se movía entre los astros eternos más rápida que una liebre? ¿Cómo es posible una chispa fugaz en el reino de lo imperecedero? ¿He visto realmente lo que creo haber visto?
¡Ahí está otra vez!
¡Un destello atravesando el firmamento de parte a parte!
Un poco más alto que el primero.
¿Es Hermes mensajero volando entre los dioses? No lo sé. ¡Ahí va otra vez! ¡Y otra! En esta ocasión más hacia el sur. Me quedo sin palabras. Relámpagos tímidos pero intensos en medio del campo eterno de astros. A veces atraviesan los cielos a pares, otras veces son luces solitarias. Llueven estrellas esta noche. Es imposible, pero ahí están: ante mí. Lo estoy viendo con mis propios ojos. Llueven estrellas sin parar, se encienden y se apagan en menos de lo que dura un parpadeo, y yo soy testigo de ello. ¿Quién lanza estas jabalinas luminosas? Comparto asombro con los filósofos. Puede que su conocimiento sea mayor que el mío, pero no su asombro. El hombre más sabio del mundo no se asombra más y mejor que yo. Y mañana en el ágora estaré a su altura y diré: “Yo también he visto los astros akontismoí”. Y quizá dentro de unos años pueda explicar qué son, o de dónde vienen. ¿Habrá respuesta para todas mis preguntas? ¿Se acabarán alguna vez las preguntas? ¿O una respuesta llevará a nuevas preguntas en una cadena que no tendrá fin jamás?
Continúo contemplando el firmamento. Las estrellas son un hermoso alfabeto que guarda sus secretos en el mismo silencio profundo de los libros para una persona que no sabe leer. Quiero aprender a leer. Y luego hablaré en el ágora. Mi asombro no es menor que el de los más grandes filósofos. El mundo está lleno de maravillas y mi cabeza llena de preguntas.

Estrellas fugaces sobre los cielos de Tenerife. Fotografía de Daniel López.


lunes, noviembre 12, 2018

RAZÓN, CIENCIA, HUMANISMO Y PROGRESO

En defensa de Pinker


“El problema es el siguiente, he aquí una muchedumbre de seres racionales que desean, todos, leyes universales para su propia conservación, aun cuando cada uno de ellos, en su interior, se incline por eludir la ley. Se trata de ordenar su vida en una constitución, de tal suerte que, aunque sus sentimientos íntimos sean opuestos y hostiles unos a otros, queden contenidos, y que el resultado público de la conducta de esos seres sea exactamente el mismo que si no tuvieran malos instintos. Ese problema ha de tener solución".

La paz perpetua, Immanuel Kant


Hace unos días acabé de leer En defensa de la Ilustración: por la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso, el último libro de Steven Pinker. De él puedo decir que su autor convierte la estadística en algo emocionante. Y no sólo eso: añadiré que me parece un libro de imprescindible lectura en estos tiempos que corren. Lo recomiendo con vehemencia. En ocasiones se ha acusado a Steven Pinker, Dr. en Psicología Experimental, científico cognitivo y profesor de Psicología en la Universidad de Harvard, de ser un optimista fatuo, y a veces con tal violencia verbal que daba la impresión de que lo tuvieran por psicópata insensible al sufrimiento de millones de personas. A juzgar por su obra, toda esta animadversión es totalmente infundada. Steven Pinker nos exhorta a la toma de consciencia y a asumir la responsabilidad que tenemos en nuestro propio bienestar, no a la despreocupación ni a la indiferencia.



En su último libro, el profesor Pinker nos invita a una expedición a las montañas. Para emprenderla, y disfrutar del camino a medida que vayamos ascendiendo, deberemos abandonar nuestro cuerpo cotidiano de circunstancias y sesgos personales y aceptar la mano tendida del mejor conocimiento disponible. No será un paseo fácil (caminar montaña arriba nunca lo es, abandonar nuestro pegajoso cuerpo de prejuicios tampoco) pero valdrá la pena. Las alturas que iremos alcanzando nos permitirán contemplar la sociedad humana desde una perspectiva histórica y pasar a fundamentar nuestras reflexiones y críticas en el conocimiento más que en la pelusa de nuestro ombligo.

Habrá quien sentirá que el conocimiento no determina sus vidas, que hay factores como el trabajo, la familia, el amor o las relaciones sociales que requieren toda su atención y que no es urgente dedicar tiempo a estructurar con claridad un problema o a saber si una determinada afirmación es verdadera o falsa. No estoy hablando necesariamente de personas que no hayan leído un libro en su vida; de hecho, hay quien se deleita estudiando pero considera soporífero investigar por qué la homeopatía no funciona, por ejemplo. Doctores en Filosofía hay (como mínimo uno, a quien conocí) que se encuentran en este último caso. Cuando la apreciación del mundo tiende a fundamentarse en lo revelado más que en lo medido, tal vez sea difícil reconocer que el triunfo de los valores emancipatorios no hay que agradecerlo a un “despertar espiritual” sino a un proceso histórico en el que el conocimiento científico se ha ido acumulando hasta poner en cuestión la visión que teníamos de nosotros mismos en el Universo. Como fruto de este cuestionamiento, cada vez menos seres humanos están dispuestos a guiar su vida por valores de sumisión a autoridades absolutas. Incluso aquellos a los que un Cosmos vacío de todo sentido les parece una horripilancia inasumible y buscan refugio en la religión, probablemente puedan sentirse cómodos bajo su manto porque las comunidades religiosas se han humanizado: han aceptado, en mayor o menor medida, que el ser humano busque el bienestar también aquí y ahora. El humanismo ha triunfado. El mundo que fueron dibujando Copérnico, Kepler, Galileo, Newton, Darwin y muchos otros a lo largo de los últimos siglos, y que seguimos dibujando hoy en día, parece cada vez más incompatible con un ser humano escogido por una entidad sobrenatural para ocupar un lugar preponderante en el Cosmos y, por lo tanto, es extremadamente poco probable que debamos nada a divinidad alguna. Ante semejante panorama, ha ido en aumento el número de seres humanos que han reclamado su derecho a vivir su vida sin someterla a arbitrariedades irracionales, y han buscado acuerdos que estuvieran bien consensuados con sus iguales: el resto de seres humanos. Lo cierto es que el pensamiento mágico rigió durante milenios la vida humana sin cambiarla sustancialmente a mejor. Prometía paraísos siempre y cuando el ser humano aceptara el yugo de lo irracional, y en buena medida lo aceptaba: la gente creía en espíritus y tenía miedo de los volcanes, del mal de ojo, de comer carne cuando no tocaba o de los cometas cuando rasgaban el cielo, y procuraba no cruzarse con gatos negros; y a pesar de todo, el mundo no cambió hasta que no empezamos a pesar y medir, y a basar nuestras decisiones en ello, en lugar de en revelaciones o creencias heredadas. El conocimiento, todo aquel conocimiento que se pueda defender de forma racional en el ágora, cambia la visión que tienen las personas del mundo y, en consecuencia, cambia a las propias personas.

Tal vez, algunos, ante la imposibilidad de sostener que el conocimiento científico carece de importancia, aleguen que es insuficiente. Ciertamente lo es, y nada de lo que he dicho hasta ahora implica lo contrario: un “cómo” no implica un “debe” (Hume). Para proporcionar ese “debe” tenemos otro de los ingredientes fundamentales de la receta hacia el progreso: el humanismo, el convencimiento de que el ser humano es valioso por sí mismo, sin necesidad de apelar a dimensión divina alguna, lo que conlleva un compromiso con el bienestar humano aquí y ahora, sin excusas románticas ni aplazamientos para cuando descubramos El Dorado. Un comentario importante llegados a este punto: desde una perspectiva natural, el ser humano no vale nada: el humanismo es un invento humano. Un regalo que el ser humano se hace a sí mismo, después de milenios de yugos inútiles y culpabilidades y sufrimientos totalmente innecesarios.

Otra crítica frecuente al conocimiento científico, y a la comprensión racional del mundo en general, es que no es más que un invento de una determinada cultura europea, y que se ha usado a lo largo de la historia como instrumento de dominación de otras culturas. Por supuesto, no debería haber sido ni ser así, ni para el científico ni para ningún otro tipo de conocimiento (matemático, filosófico, artístico o literario), y desde luego no hay nada en la comprensión racional del mundo que implique (recordemos a Hume) que tenga necesariamente que ser así. Steven Pinker defiende en su libro la universalidad de la razón y el humanismo, y demuestra, junto con otros, que el balance para la civilización humana del conocimiento acumulado en los últimos siglos ha sido claramente positivo.

Efectivamente, el conocimiento científico no es suficiente. Sin embargo, sí es necesario, de hecho, es imprescindible, si creemos realmente en el progreso humano. Más que un instrumento de dominación, junto con todo aquel conocimiento que podamos defender en el ágora de forma racional, es un instrumento de creación del que la civilización humana no puede prescindir si realmente aspira a construir un mundo en el que imperen los valores humanos, y no la cruda e implacable ley natural. Pinker nos muestra con datos sólidos que estamos encauzados en la construcción de tal mundo, aunque pueda parecernos lo contrario si sólo leemos titulares de periódicos.

A pesar del rigor en su exposición y del entusiasmo que se percibe en ella, no se puede acusar a Steven Pinker de triunfalismo, ni de ser un optimista incondicional: su texto es tanto una defensa de la Ilustración como un recordatorio de lo frágiles que son los logros de la civilización humana. En ningún momento sugiere que podamos abandonar el timón y tumbarnos a la bartola sino más bien todo lo contrario: debemos agarrarlo con más firmeza que nunca y seguir conduciendo la nave según la brújula que nos ha guiado en los últimos dos siglos y pico: razón, ciencia y humanismo. Steven Pinker dedica la primera parte de su libro a demostrar que hacer caso a esta brújula ha funcionado, y su propuesta es clara: sigamos haciéndole caso, no caigamos en el error de creer que el pasado fue mejor, o que lo que funciona es la inmolación en los altares de la ideología.

Steven Pinker sostiene que estamos de viaje, que el progreso es un viaje que vale la pena, una aventura a la que no podemos renunciar, y no es patrimonio de un grupo humano particular sino de toda la Humanidad, pues para comprar billete y embarcarte, en palabras del propio Pinker, “(…) sólo se requieren las convicciones de que la vida es mejor que la muerte, la salud es mejor que la enfermedad, la abundancia es mejor que la penuria, la libertad es mejor que la coerción, la felicidad es mejor que el sufrimiento y el conocimiento es mejor que la superstición y la ignorancia”.

Tal mensaje debería generar un amplio consenso a su alrededor, y me causa desasosiego que no sea así, aunque tengo la esperanza de ser víctima de un sesgo personal. Claro que... ¡cómo no caer en tal sesgo al contemplar el auge, en diferentes lugares del mundo, de líderes políticos nacionalistas, racistas, misóginos y homófobos a los que no es que no les interesen los datos empíricos sino que niegan la misma realidad! ¡Como si no tuviera importancia! El desprestigio de las instituciones políticas que buscan consensos amplios basados en la razón en lugar de la satisfacción inmediata de los caprichos individuales, o colectivos, parece creciente, y corre en paralelo a una polarización en torno a credos ideológicos enfrentados; tal polarización está llevando a un florecimiento inquietante de grupos políticos que prometen soluciones fáciles y rápidas a problemas complejos. Generalmente, estas soluciones pasan por un retorno a lo que ellos llaman “valores tradicionales”, que siempre son unos valores que ordenan el mundo sin miramientos y en aras de los cuales todos deberíamos estar dispuestos a sacrificarnos. Pareciera que un número creciente de personas creyera que viajando solas les iría mejor, que todos aquellos que no piensen como ellos son más lastre que personas, y renunciaran a la moderación, al diálogo y a contrastar sus opiniones con la realidad. Olvidan que la realidad no es un juez injusto e inapelable sino las condiciones a las que tenemos que ceñirnos y que, por lo tanto, conviene estudiar bien porque tarde o temprano habrá que rendirles cuentas. Por este motivo, acabo este breve comentario en defensa de la Ilustración como lo empecé: recalcando que el libro de Steven Pinker me parece imprescindible en estos momentos de tribulación e incertidumbre. Y no sólo porque defienda valores que también yo comparto; sobre todo por cómo los defiende: el profesor Pinker fundamenta todas sus tesis en datos empíricos, gracias a lo cual, abre un espacio de debate racional que nos obliga a todos a ser francos y a ponernos frente al espejo de nuestras propias creencias. Ahora que la Humanidad acumula más poder que nunca en toda su historia, debemos hacernos más responsables que nunca, ser generosos y congregarnos alrededor del fuego de la razón, la ciencia y el humanismo, la única llama que ha iluminado el rostro humano sin pedirle nunca nada a cambio.


Crítica a Pinker

El ser humano siempre ha sido un animal social, y el uso que todos hacemos de la tecnología no hace más que intensificar la dependencia que unos tenemos de otros, hasta el extremo de que no podemos sacar adelante nuestra vida si no es gracias a conocimientos ajenos. Esto nos une en una red cada vez más tupida que, por un lado, impone restricciones a nuestro comportamiento y, por otro, nos otorga libertad y oportunidades.



Diferentes tipos de redes. Cada punto podría representar un ser humano, y las líneas que los unen, las interacciones que se ejercen mutuamente entre ellos.

Steven Pinker atribuye a la expansión de los ideales de la Ilustración el progreso que ha experimentado la Humanidad en los últimos doscientos cincuenta años. Dedica buena parte de su libro a dejar en evidencia dicho progreso. Sin embargo, en mi opinión, cabría discutir con mayor profundidad cuál es la causa de éste: ¿es necesario que todos y cada uno de los nodos de la red valoren los frutos de la razón y a la razón misma como instrumento para conocer el mundo? ¿O es suficiente con que las redes en que se conectan los seres humanos se hagan más tupidas para que se produzca el progreso? ¿Se pueden hacer más tupidas sin que la razón triunfe como valor fundamental de la sociedad?

Creo que estas cuestiones merecen un análisis más detallado del que hace Pinker en su libro, sobre todo teniendo en cuenta que la mayor parte de nodos de la red suelen comportarse de una forma impulsiva y gregaria y no utilizan la razón para conocer el mundo sino para mantener su ilusión cognitiva favorita. ¿Qué es lo que aseguraría con mayor certeza, entonces, que el progreso continuara adelante: obligar a los nodos a comportarse de una forma racional (vacunación obligatoria) o aumentar la interconectividad (multar en caso de perjuicios a hijos o terceros)? Si tenemos en cuenta todos los problemas a los que se enfrenta la Humanidad hoy en día, estas cuestiones ameritan un análisis profundo y cuantitativo urgente. Tal vez sería una buena segunda parte de “En defensa de la Ilustración”, aunque en la elaboración de tal libro deberían intervenir, sin duda, además de psicólogos experimentales, economistas, físicos y matemáticos, como mínimo.

Habría que dilucidar:

1- Las características de la red.
2- En qué medida y cómo dependen éstas de las características de los nodos.
3- En qué medida y cómo dependen éstas, a su vez, de la razón.

El propio Pinker, al hablar de energía, entropía e información, apunta en su libro por dónde podrían ir los tiros. Pero los detalles son importantes. La magia está en ellos. Máxime cuando el objetivo último es determinar no sólo la estabilidad de la red sino qué evita su anquilosamiento y asegura el progreso humano.

Sirvan estas consideraciones para tomar consciencia del problema al que nos enfrentamos. En la misma línea de Kant, sin embargo, me atreveré a afirmar: este problema ha de tener solución. Pinker da un primer paso imprescindible al fundamentar su discurso en datos empíricos, pero hay que seguir caminando. Tal vez haya personas a las que les parezca perturbador mezclar humanismo y matemáticas, y apelen a aquella escena de “El club de los poetas muertos” en la que Mr. Keating pedía a sus alumnos que arrancaran las primeras páginas de sus libros de texto sobre poesía, donde se decía que la calidad de un poema podía medirse mediante unos ejes cartesianos. Les responderé que aquí no se habla de poesía sino de intentar conseguir que la poesía sea posible en nuestro mundo, un mundo regido por frías leyes naturales que nada saben sobre angustias humanas, ni les importan. La vida humana se hace más rica y profunda no gracias a las certezas absolutas sino cuando admitimos la posibilidad de estar equivocados. Observen con atención a su alrededor, por favor: los profesores de literatura no son las únicas personas de mirada soñadora que intentan liberar a la humanidad de la esclavitud de sus herencias. El enemigo no es la ciencia ni el conocimiento. El enemigo ha sido siempre el mismo: el desprecio por la vida humana y la ignorancia, y el apego a ella.



domingo, octubre 28, 2018

¿Vacunación? Sí, claro.


Una breve recopilación de fuentes de información sobre las vacunas:
1-¿Por qué son imprescindibles?:

La evidencia es lo que cuenta

2- No tenga miedo al aluminio:

Preguntas frecuentes y respuestas fiables


No hay que temer, hay que conocer


Teresa Forcades NO es una buena fuente de información
(Esta última está en catalán, pero no hay ningún problema si hay voluntad de entender. También es verdad que ayuda un traductor )

3- ¿Vacunas y mercurio? Ante todo mucha calma:
5- Vacuna contra el virus del papiloma humano, ¿es peligrosa? No. Estudios al respecto:

Vacuna contra el VPH 1

Vacuna contra el VPH 2

6- Vacuna contra el virus del papiloma humano, ¿es eficaz? Sí:
7- Mapa mundial de brotes que se hubieran podido prevenir mediante las vacunas:

Mapa mundial de brotes

8- Diez mitos sobre las vacunas, y diez hechos verdaderos:

Diez mitos y diez verdades

9- Un libro:

sábado, octubre 20, 2018

CUIDADO CON EL MMS Y SUS PROMOTORES


Teresa Forcades publicó un escrito el 19 de octubre en el que realizaba una serie de afirmaciones sobre el MMS que no son ciertas. Lo primero que decía es que el MMS no es lejía. Miente. El producto que venden como MMS es lejía. Es una disolución al 28% de clorito de sodio (NaClO2) que se vende como si tuviera propiedades terapéuticas, lo cual es una barbaridad. El clorito de sodio es una sustancia química extremadamente peligrosa. En el mercado hay diferentes productos basados en esta sustancia que se venden para desinfectar piscinas y como producto industrial, para blanquear papel, por ejemplo. Esto es legal, y siempre se vende con advertencias claras de que es extremadamente peligroso y que hay que saber muy bien cómo utilizarlo. Lo que no es legal es venderlo como medicamento. Y no es ninguna conspiración a nivel mundial. Que una sustancia se venda no quiere decir que se pueda ingerir. Por ejemplo, la lejía doméstica se vende pero a nadie se le debería ocurrir beberla. La lejía doméstica es una disolución al 5% de hipoclorito de sodio (NaClO). El hipoclorito de sodio y el clorito de sodio forman parte de una misma familia de sustancias químicas a las que se les llama “lejías basadas en cloro”. ¿Por qué a todas ellas se les llama lejía? Porque todas son oxidantes muy fuertes y tienen un comportamiento químico similar (esto no tiene por qué sorprender a nadie: hay muchos tipos de ácidos, con diferentes formulaciones, y a todos se les llama ácidos porque tienen un comportamiento químico similar). Por lo tanto, ¿es lejía el MMS? Sí, es lejía, es un tipo de lejía de uso industrial, de composición sólo ligeramente diferente a la doméstica, pero lejía, y además, tal y como se vende, muchísimo más concentrada que la doméstica.







Otra de las cosas que Teresa Forcades afirma en su escrito es que en un ensayo clínico se inyectaba 2mg/kg de clorito de sodio a los pacientes y que las dosis en las que se recomienda el MMS son entre dos mil y doscientas veces inferior. Esto es otra mentira. En el estudio citado por Forcades se inyectó una sustancia llamada NP001 que está en estudio clínico (y que de momento no da resultados demasiado satisfactorios). Esta sustancia NP001 es una disolución de clorito de sodio, cierto, pero en una concentración muchísimo más baja que la del MMS. Por lo tanto, cuando ella dice que se inyectó 2mg/kg de clorito de sodio… MIENTE. Se inyectó 2mg/kg de NP001. No hay mucha información sobre la composición del NP001. Lo que yo he encontrado es que tiene una concentración de 5.43 gramos por litro de clorito de sodio. Comparen con los 280 gramos por litro del MMS. Por otra parte, los protocolos del MMS, al menos los que yo he consultado en la página de Kalcker, que es otro de los individuos que promocionan su uso, prescriben cantidades que, si se hacen los cálculos, implican como mínimo 1mg/kg al día (repito: como mínimo).

Estudio citado por T. Forcades

Supuesta composición del NP001 (enlace al final del artículo)


Hay un error en la solubilidad: es de 36 gramos por 100 mL, no de 39 gramos (gracias I. :) )




Lo que dice sobre que J. Pàmies es un honrado agricultor no lo voy ni a comentar. Para empezar, J. Pàmies no es agricultor. Es un horticultor que vende plantas como si fueran medicinas. Teresa Forcades debería saber que una planta no es una medicina. Si no lo sabe, que vuelva a estudiar medicina y que preste más atención.

Un comentario final. En los “protocolos” del MMS se dice que hay que “activarlo” mezclándolo con ácido. Esto es extremadamente peligroso porque se forma un gas llamado dióxido de cloro con el que hay que tener muchísimo cuidado. La operación de mezclar MMS con ácido es semejante a lo que mis padres y mis abuelos me decían que no había que hacer JAMÁS: mezclar lejía con salfumán (el salfumán es una disolución de ácido clorhídrico). Si se hace, se forma gas cloro (el mismo que utilizaban en la I Guerra Mundial como arma química). “Activar” el MMS equivale a mezclar lejía con salfumán.


ESTUDIO CITADO POR FORCADES: https://clinicaltrials.gov/ct2/show/record/NCT02794857 

OTRO ESTUDIO DONDE DICEN QUE EL PN001 ES “SODIUM CHLORITE” PURIFICADO:
https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC5524125/

(No son los únicos que se han hecho. Otros estudios que han utilizado disoluciones de clorito de sodio en animales no han detectado ningún efecto beneficioso)

PÁGINA DONDE MENCIONAN LA COMPOSICIÓN DEL NP001:
http://forum.mndassociation.org/showthread.php?696-Neuraltus-NP001/page18


lunes, septiembre 24, 2018

domingo, agosto 26, 2018

NÉMESIS, de Philip Roth

Eres profesor en una escuela de verano. Estás rodeado de niños llenos de vitalidad y un tanto inconscientes: se pasarían todo el día jugando a pleno sol sin pensar en las consecuencias... deshidratación, insolación... esas cosas. Así que tienes que cuidar de ellos. Los padres confían en la institución donde trabajas, personificada en ti: dejan que sus hijos acudan cada día al centro sin ninguna inquietud. Sienten que contigo están seguros. Hasta que un día un niño se pone enfermo, y muere. Y luego otro, y otro. Algunos no mueren, pero quedan deformados, o encerrados de por vida en un pulmón artificial. No es como una bomba, que cae y arrasa de una vez. Es más bien una cadena, o una marea que va subiendo, imparable. Parece un juego de azar lento pero inexorable en el que participa toda la ciudad en la que vives. ¿Quién será el próximo? ¿Por qué fulanito y no menganito? Aparece la inquietud, luego la angustia... finalmente cunde el pánico. Los niños van cayendo, y también algunos adultos. Los humanos, impotentes, ven cómo la naturaleza (lo “natural”, lo “bio”) impone su ley, impasible, sin ni siquiera saber (ni interesarle) que existe el amor o la belleza. Los padres lloran, los amigos también, pero no pueden hacer nada. Rezan. Gimotean. Mordisquean sus pensamientos como perros apaleados. Nada. El rodillo de la naturaleza sigue su curso, inflexible. Todos bajan la cerviz e hincan la rodilla ante él porque, sencillamente, carecen del conocimiento necesario para enfrentarse al Universo; aún faltan once años para que llegue la salvación, o al menos la esperanza. Hasta ese momento, en el ahora de desolación y desconcierto que te ha tocado vivir, la pregunta es: ¿qué vas a hacer tú, como profesor y como persona? ¿Por qué opción optarás? No tienes mucho donde escoger. ¿Huirás? ¿O te quedarás, aunque sea un gesto inútil? Hagas lo que hagas, vivirás un infierno. Estás atrapado, como en las peores pesadillas o en las mejores películas de terror... Ah, ¿se trata del argumento de una película de terror? No, no es ficción: es historia. Ocurrió realmente. Durante miles de años, además, hasta el siglo XX (y en algunos lugares del mundo, demasiados, sigue ocurriendo). Lo narra Philip Roth en su novela Némesis. Buena suerte.


lunes, julio 09, 2018

Teniente coronel Emilio Herrera

Emilio Herrera Linares fue un ingeniero militar español que nació en Granada en 1879 y murió en Ginebra en 1967. Estudió en la Academia de Ingenieros de Guadalajara y solicitó, una vez licenciado con el grado de teniente en 1903, el traslado a la Escuela Práctica de Aeroestación, con el objetivo de aprender a manejar esas máquinas tan fascinantes que eran cada vez más utilizadas y que permitían acceder a nuevas perspectivas sobre nuestro mundo: los aerostatos. Con el tiempo, Emilio Herrera se convertiría en un pionero de la aeronáutica no sólo en España sino en el mundo entero. Su pasión por contemplar la Tierra a alturas cada vez mayores le llevó a diseñar en 1935 un globo que podía alcanzar los veintiséis quilómetros de altura. Un vehículo así no podía ser pilotado con la protección de una simple cazadora de cuero, por muy buena que fuera y mucho que abrigara, así que Emilio Herrera diseñó también la “escafandra estratonáutica”, un traje autónomo pensado para que quien se aventurara en dominios tan elevados pudiera sobrevivir a las duras condiciones que se dan en las capas altas de la atmósfera. La guerra civil, desgraciadamente, interrumpió las investigaciones y desarrollos del para entonces teniente coronel Herrera pero su combinación de idealismo y de conocimientos sólidamento fundamentados no pasó desapercibida en el mundo y, años después, la NASA le ofreció trabajar para su programa espacial. La agencia estadounidense se había basado en los estudios del ingeniero español para desarrollar sus trajes espaciales y ofrecieron a Herrera un cheque en blanco; éste, sin embargo, puso una condición que los estadounidenses no pudieron aceptar: que la bandera española ondeara en la Luna al lado de la de Estados Unidos (lo de ondear, obviamente, es una forma de hablar). Como homenaje a este ingeniero con espíritu científico y pionero que defendió la República frente a la oleada fascista que asoló Europa, y el mundo entero, en uno de los momentos más tristes de la historia, decidí poner su nombre al submarino nuclear que aparece en el relato "El jugador impasible". Así me lo había sugerido Antonio Guisado Giménez al manifestarle yo mis intenciones de bautizar tal escenario con nombre propio, y mis problemas con esta intención porque sólo se me ocurrían nombres tópicos y manidos. He de confesar que al principio dudé: ¿No sería un poco extraño dar a un submarino nuclear el nombre de un ingeniero aeronáutico? En seguida me di cuenta, sin embargo, de que en el fondo no era nada descabellado pues Emilio Herrera sentía auténtica pasión por la Física y sus aplicaciones, tanto en lo civil como en lo militar. No sólo era seguidor y firme defensor de la Teoría de la Relatividad de Einstein (tanto de su versión restringida como de la general) sino que estaba al corriente de los últimos avances en el terreno de la energía nuclear y, de hecho, fue nombrado consultor de la UNESCO sobre física nuclear. Estoy seguro, aunque me encantaría (me respondiera lo que me respondiera) poder preguntarle a él personalmente, que Emilio Herrera veía en la energía nuclear un poder que permitiría al ser humano acceder por fin a espacios a los que antes jamás hubiera soñado llegar. La fotografía que ilustra estas líneas es de Antonio Guisado, a quien agradezco enormemente haberme presentado al teniente coronel Herrera. "El jugador impasible" es el relato que da título a la antología "El jugador impasible y otros gritos camuflados de relato", publicada por Ediciones El Transbordador

lunes, mayo 14, 2018

TDAH y libertad

Artículo de Miguel Espigado: ¿Somos todos enfermos mentales?

Mi respuesta:

Miguel, el tema me interesa mucho y te agradezco que me hayas etiquetado. He de aclarar, sin embargo, que estoy en desacuerdo con algunos aspectos de tu artículo. En otros puntos estoy totalmente de acuerdo, y desde luego comparto la preocupación que manifiestas en tu escrito. Es un tema muy complejo. Intentaré exponer mi postura de la forma más ordenada posible. Para empezar, creo que habría que distinguir entre el cuerpo de conocimiento científico bien establecido y la utilización comercial de estos conocimientos científicos. Creo que hoy en día, gracias a la cantidad de conocimiento acumulado desde los tiempos de Santiago Ramón y Cajal, estamos en la mejor posición de la historia a la hora de tratar no sólo los trastornos que implican al cerebro sino cualquier otra situación que cause dolor y sufrimiento. Evidentemente, no es suficiente: queda muchísimo camino por recorrer, pero estoy seguro de que la Humanidad lo recorrerá poco a poco (ojalá lo más rápidamente posible). Sí es verdad que falta sabiduría a la hora de aplicar este ingente conocimiento que tras muchos años de esfuerzo se ha logrado asentar. Los intereses económicos de las farmacéuticas, la ignorancia y las limitaciones características de los seres humanos individuales juegan muchas veces en contra de conseguir una visión clara de la realidad. No voy a entrar a valorar el DSM, pues no soy especialista. Pero sí me gustaría apuntar que venimos de épocas en las que una ignorancia total cubría como un grueso velo negro nuestros ojos, y toda esa oscuridad no era poblada, salvo excepciones, por literatura y poesía sino por superstición, miedo y sufrimiento. Tengo la convicción de que no podemos olvidar de dónde venimos. Y, por supuesto, tampoco podemos olvidar mejorar a partir del punto donde nos hallamos. La crítica necesaria para esta mejora, se la dejaré a los especialistas. En todo caso, como ciudadano, les recordaré siempre que tenga ocasión, tal y como haces tú en tu artículo, su enorme responsabilidad y lo que debería ser un compromiso insobornable con el código deontológico de su profesión.

También me gustaría hacer un par de comentarios basados en mi experiencia personal. Soy consciente de su valor meramente anecdótico debido a lo limitado de las experiencias personales.

El primero, y más importante, es sobre el TDAH. Decía antes que no soy especialista, sin embargo, mis quince años de experiencia como profesor me llevan a pensar que sí existe este trastorno (y creo que hay consenso en este sentido entre psicólogos y médicos). Ahora bien, también es verdad que, probablemente, esté sobrediagnosticado. Esto lo admitió el propio Leon Eisenberg, el psiquiatra que incluyó por primera vez este tipo de trastorno en el DSM. Por cierto, en algunas webs aseguran que este señor afirmó antes de morir que el TDAH era una enfermedad ficticia, pero no es cierto: lo que dijo es que estaba sobrediagnosticado, que es muy diferente. He encontrado este artículo en la web donde lo explica con más detalle: "Lo que realmente dijo Leon Eisenberg"

De este mismo artículo extraigo: “Para el diagnóstico del TDAH se han establecido que deben presentarse al menos seis o más síntomas de inatención (descuido de detalles, dificultades de mantenimiento de la atención, mente ocupada que hace no escuchar, no finalización o seguimiento de tareas o instrucciones por distracción, dificultades de organización, pérdida de elementos, evitación de tareas sostenidas en el tiempo, distracción fácil, olvido de actividades cotidianas) y/o seis síntomas de hiperactividad e impulsividad (jugueteo constante, se levante en circunstancias en que debería permanecer sentado, inquietud motora, habla excesiva, dificultad para la espera de turno, interrupción de las actividades de otros, anticipación a la respuesta del otro en una conversación llegando a terminar las frases de otros, incapacidad de jugar con tranquilidad, correteo en situaciones inapropiadas).
Algunos de estos síntomas pueden parecer normales a determinadas edades, pero para el diagnóstico del TDAH se exige que sean mantenidas durante seis meses en un grado que no corresponda con el nivel de desarrollo del sujeto, teniéndose en cuenta la edad y el nivel intelectual del sujeto. Es decir, en el diagnóstico se tiene o debería tener en cuenta que los síntomas se den de forma anómala o exagerada. También se tiene en cuenta que la sintomatología no se de en un único ambiente o situación, sino que se dé de una manera generalizada en al menos dos ambientes diferentes (descartándose pues que únicamente se dieran en la escuela) y produciéndose un deterioro claro de las actividades del individuo.”

El cartel que viste en la farmacia tal vez sea desafortunado y superficial, como toda publicidad, pero el tema es serio y, creo, hoy en día se intenta tratar con la máxima seriedad posible, al menos por parte de los profesionales que estamos en contacto con él. Por supuesto, no estoy apelando a la medicalización de todos los niños que sean diagnosticados con TDAH: apelo al correcto diagnóstico. Quizá haya casos que con un tratamiento psicológico tengan suficiente. No lo sé: deben decidirlo los especialistas. He tenido alumnos con TDAH medicados durante años que han conseguido acabar el bachillerato y empezar estudios superiores. Otros, poco menos que a la deriva por no aceptar el diagnóstico, o por miedo a la medicación, no conseguían acabar ni la ESO. Estos alumnos en los que estoy pensando no eran simplemente inquietos, ni “rebeldes”, sino personas incapaces de tener una experiencia vital satisfactoria y provechosa. Ellos, y sus familias, sufrían muchísimo durante años. Los tratamientos no les solucionaban mágicamente el problema, pero al menos les ayudaban en su difícil camino personal. Por cierto, si ya el consumo de drogas es malo en la adolescencia (y, de hecho, en cualquier edad), en estos casos es simple y llanamente devastador.

El segundo comentario es más general. Me sorprende el miedo al estudio científico de la realidad en general y del cerebro humano en particular que parece traslucirse en no pocos escritos de personas que se vinculan tradicionalmente al campo de las letras (a mí personalmente me horroriza la distinción entre ciencias y letras). Da la impresión de que algunos escritores, cineastas y artistas en general crean que el estudio sistemático y cuantificado de todos los procesos naturales implique una deshumanización del ser humano. Mi experiencia, por el contrario, es toda la contraria: el conocimiento lo más exacto posible de la realidad lleva a una mayor empatía con nuestros semejantes y a un enriquecimiento profundo de la experiencia humana. Las mismas leyes físicas que permiten y controlan el vuelo de un avión, rigen el bombeo de la sangre a través de venas y arterias (y no es una metáfora), la misma electricidad que se produce en placas solares o centrales nucleares es la que alumbra el bosque de neuronas de nuestro cerebro. No hay una frontera que nos separe del mundo. Nuestro cuerpo también es Física, Química y Biología, y saberlo y profundizar en ese conocimiento no es un tema ni trivial ni secundario, de hecho, creo que es un camino imprescindible a seguir si queremos ser realmente lo más libres que podamos. De la misma forma que ya nadie hoy en día pensaría que tras el vuelo de un cometa actúa una voluntad divina, tampoco se le cruzará a nadie por la cabeza achacar los trastornos mentales a fuerzas oscuras más allá de nuestra comprensión. Si hay algo en el ser humano que esté más allá de la comprensión de éste, o de su capacidad de cuantificación, ya se verá; en cualquier caso, la dignidad humana no depende de si el ser humano es incuantificable o no, sino de su propia condición humana, y ésta no está en peligro por mucho conocimiento científico que acumulemos sobre nosotros mismos. Creo que el conocimiento científico del propio ser humano enriquecerá la experiencia humana y la ampliará, en lugar de limitarla, y que es, muy probablemente, un elemento necesario para lograr una visión completa del ser humano y, no sólo eso, sino también mayor empatía, menos culpabilización y más libertad. Eso sí: un gran poder implica una gran responsabilidad y, por lo tanto, es muy cierto que debemos mantenernos vigilantes sobre el uso que se haga de este conocimiento.

Para acabar, me gustaría compartir esta entrevista que le hizo Iñaki Gabilondo a Rafael Yuste, neurobiólogo español e ideólogo del proyecto BRAIN:

Primera parte (20')

sábado, diciembre 23, 2017

La voluntad del pueblo



La manifestación acabó a un kilómetro y medio de distancia de las puertas del Parlament, en un espacio inocuo, un llano cómodo acostumbrado a muchedumbres inofensivas, gritos inconsecuentes y sindicatos dóciles. Sin embargo, hubo un grupo de un par de cientos de personas que, encabezado por los bomberos, no se detuvo ahí: continuó hacia el Parlament hasta llegar a sus mismas puertas. A ese grupo nos unimos nosotros, sin pensárnoslo. Los mossos no se atrevieron a disolvernos a palos y tampoco pudieron cerrar el Parc de la Ciutadella porque había mucha gente dentro, turistas, paseantes y otras personas que habían decidido pasar la tarde desconectadas de la realidad, a pesar del naufragio, a pesar de todo. La verdad es que no era necesario cerrar el parque ni disolvernos a palos: la mayoría de la gente se detuvo mucho antes de llegar a las puertas del edificio donde impunemente los políticos decidían el destino de todos, pero sobre todo el de los trabajadores, con la misma prepotencia e insensibilidad con que lo hubiera hecho un elegido por los dioses. Curiosamente, la mayor parte de la gente consideró innecesario avanzar hasta aquel edificio público donde hablaban los elegidos por los dioses. Fue algo parecido a cuando miles de reses considera innecesario destruir el matadero y aceptan indolentes su sino, con la misma parsimonia con que rumían hierba en el prado o permiten que las transporten hacinadas. No cabe descartar, de hecho, que se haya producido a lo largo de generaciones y generaciones una selección natural en favor de los proletarios más indolentes, más dóciles, menos dispuestos a recurrir a la rebeldía que me gustaría pensar forma parte de su naturaleza humana.

Los mossos habían protegido el Parlament con una barrera de vallas metálicas puestas en V y atadas entre ellas mediante cadenas y candados. Era un foso infranqueable. Pero los bomberos lo franquearon. Y se plantaron ante los mossos, cara a cara. Pidieron refuerzos. ¡Acompañadnos!, gritaban, Veniu!, nos animaban. Espoleados por los gritos de los bomberos, algunos más saltaron, a pesar de los rinocerontes acorazados que teníamos enfrente. Benjamín y yo miramos hacia atrás y vimos que estábamos solos: apenas un puñado de personas nos habían seguido hasta el Parlament. El resto: rumiando lejos, indolentes, pastoreados por banderas heredadas y lobos disfrazados de ovejas, aceptando mansamente su sino sin ver más allá de sus hocicos. Agarré por la cintura a Eyevnia, que ya acudía rauda a la llamada de los bomberos saltando las vallas, y la atraje de vuelta hacia mí. Le dije que no: que ni se le ocurriera, que los mossos cargarían y no tendríamos por dónde salir corriendo. Protestó e intentó saltar de nuevo, pero insistí: si los mossos cargan, expliqué, quedaremos atrapados entre sus porras y las vallas. Serguei dijo, con su cámara en mano, que si no había salida hacia atrás que él tampoco iba. Gritamos. 

Gritamos mucho y aplaudimos a los bomberos. Pero sobre todo esperamos la llegada de refuerzos, la irrupción en el Parc de la Ciutadella de las más de cien mil personas que habían llenado Vía Laietana de arriba abajo, Plaza Urquinaona y calles aledañas. Esa marea tenía que ser el puño imparable que impactara, a pesar de las vallas y a pesar de las porras, contra las puertas del Parlament y las derribara y recuperara un espacio que era suyo y parecía haber sido tomado por emperadores. ¿Dónde estaban? ¿Por qué no estaban? Porque la manifestación se había acabado en Pla de Palau, a un kilómetro y medio de las puertas del Parlament. Tal y como los sindicatos, a través de la radio, habían repetido toda la mañana que tenía que pasar, había pasado: un millón de personas había asumido las consignas de sus verdugos.

Llamé a una amiga que estaba en el grueso de la manifestación, desesperado. Ella se reía divertida, alegre, como en una romería en la que sólo faltaba la tortilla de patatas y sobraban guitarras, chistes y Sol. No entendía lo que le pedía. ¿Al Parlament? ¿Por qué hay que ir al Parlament? La Historia pasa delante de nuestras narices mientras nosotros delegamos nuestra ciudadanía en los ungidos por los dioses, en los lobos hambrientos. Después de una hora, los bomberos volvieron a saltar las vallas y regresaron con nosotros. Nos sentimos más impotentes que nunca. Comprendimos que todo había acabado. Las puertas del Parlament seguían cerradas. Atrancadas como las de un castillo medieval. Inermes y humillados, nos retiramos. La Bastilla seguía en pie. La risa de los políticos retumbaba contra sus muros y sobre el sudor y la sangre de millones de trabajadores explotados sin piedad.

Al salir del Parc de la Ciutadella, sin embargo, nos llevamos una sorpresa: una segunda oleada de gente, desgajada del rebaño principal, acudía ahora al Parlament. Nos dimos cuenta de que acudían en pequeños grupos de tres o cuatro, o cinco personas, pero era un flujo incesante. Eyevnia quiso unirse enseguida a esa nueva corriente eléctrica. ¡No podemos irnos ahora!, exclamaba una y otra vez. Yo le respondí que no podía retrasar más inyectarme insulina, que primero cenáramos algo y ya nos uniríamos luego. Teníamos la esperanza de tener por delante una noche muy larga, y ella quería empezar la guardia y el desafío ya mismo, sin aguardar ni un segundo más. Pero yo insistí y le expliqué que era mejor que me preparara para una larga noche en vela y ella comprendió que mi biología diabética era una realidad con la que había que pactar quisiéramos o no. Así que fuimos a comer un shawarma a un restaurante cercano. Comimos rápido, impacientes por unirnos de nuevo a la muchedumbre a las puertas del Parlament. Durante un rato, siguió pasando gente hacia el Parc de la Ciutadella, luego las calles quedaron vacías y en silencio, y poco después el tráfico fue restablecido. Cayó la noche y las calles aledañas recuperaron el pulso normal de arterias de la urbe. Los semáforos volvían a tener sentido.

Salimos del restaurante y cruzamos rápidamente la calle. Se había unido a nosotros la amiga a la que había llamado antes. Había pasado al lado del restaurante y nos había visto dentro, cenando, y se había quedado con nosotros. Avanzamos juntos hacia las puertas del Parc de la Ciutadella. Era ya noche cerrada y todo estaba en calma. ¿Dónde está la gente?, nos preguntamos, ¿dónde las multitudes que hace un rato, por fin, acudían a las puertas del Parlament? Cuando avanzamos unos metros por los caminos de tierra del parque, lo descubrimos. Empezamos a tropezarnos con cadáveres abandonados.

Al principio había pocos; a medida que nos acercábamos a las puertas del Parlament, en cambio, había cada vez más, hasta que llegó un momento en que no pudimos seguir avanzando a no ser que estuviéramos dispuestos a pisotearlos. El suelo estaba totalmente cubierto por cuerpos inmóviles. Nos detuvimos y lanzamos nuestras miradas por encima de aquel espectáculo dantesco. Vimos que a partir de pocos metros delante de nosotros empezaban a amontonarse unos sobre otros. En la penumbra, a lo lejos, distinguimos bultos en las vallas: comprendimos que eran cuerpos inánimes, cadáveres que colgaban del metal como si Poseidón los hubiera ensartado en su tridente. Las luces del Parlament estaban apagadas. La iluminación pública no funcionaba. La única fuente de luz era el resplandor fantasmal de las luminarias de la ciudad, que ocultaba las estrellas y transformaba en meras sombras a todos aquellos cuerpos abandonados al frío de la noche.

Serguei hizo fotos. Benjamín tenía los ojos abiertos como platos. Eyevnia temblaba. La abracé con gesto torpe. Yo también temblaba. A nuestra amiga se le había congelado la sonrisa en medio de la cara. Los cuerpos no parecían estar heridos, ni tenían la ropa desgarrada, ni parecían haber sido maltratados. Simplemente estaban quietos, fláccidos, inmóviles. Ninguno de ellos parecía respirar.

Todo estaba en silencio. Benjamín se atrevió a tocar a uno de los cuerpos, en el hombro, parecía un hombre corpulento, tumbado bocabajo y con los brazos extendidos y una de sus piernas sobre otro cuerpo. No reaccionó. Benjamín lo agitó ligeramente, y no hubo manera, todos tuvimos la sensación de que tocaba un saco de patatas. Recuerdo que sentí mucho frío, un frío de cementerio y musgo húmedo. De repente se encendieron las luces azules de una furgoneta de los mossos aparcada tras las vallas, al lado del Parlament y oímos ruidos. Contuvimos la respiración. A lo lejos, distinguimos figuras que caminaban entre los cuerpos y sobre ellos, aplastándolos sin miramientos. Estaba claro lo que eran. Eran orcos. Pinchaban con punzones, jabalinas y espadas para ver si los cuerpos bajo sus pies estaban realmente muertos; y sí, lo estaban. Ninguno se movía, nadie gemía ni se alzaba ni protestaba ni pedía agua ni llamaba a su mamá, ni a nadie. Todos muertos. Completamente muertos. No había ningún superviviente, ningún herido. Todos absolutamente muertos. Un océano de cadáveres.

Nos escondimos tras unos matorrales y esperamos aterrorizados. Casi no nos atrevíamos ni a respirar. No tardaron en llegar un montón de camiones de la basura. Entraron en el parque con todas las luces apagadas, igual que una manada de elefantes siniestros. Los orcos empezaron a lanzar los cadáveres al interior de los camiones, donde las prensas neumáticas los aplastaban y compactaban. Durante horas estuvimos oyendo el crujido de los huesos, el reventar de los cuerpos como meras bolsas llenas de sangre y grasa. Las entrañas de los camiones vomitaban sangre. El ligero resplandor de la urbe que llegaba hasta allí, los convertía en volcanes en medio de la noche, pero no era magma lo que expulsaban: era sangre. Con una potencia telúrica, con una rabia humana. Sangre. Todos los árboles y los matorrales quedaron salpicados de sangre. Nosotros también, pero no gritamos, no nos atrevimos ni a movernos. Queríamos salir corriendo pero estábamos paralizados por el terror. Nos pegamos los unos a los otros y observamos a la fuerza. La extrusión de la gente, la desaparición en silencio de incontables personas engullidas por la Historia y por los orcos.

Amaneció.

La luz de la mañana empezó a calentar la corteza de los árboles. Vinieron los barrenderos, escoltados por ruidosas máquinas de limpieza que eliminaron la sangre de las plantas, del césped, de las piedras. Todo quedó limpio, apto de nuevo para el turismo. Retiraron las vallas. Nada parecía haber ocurrido la noche anterior. El parque quedó preparado para recibir nuevas hordas de ciudadanos sencillos, de viajeros curiosos, de paseantes amables. Entre todos ellos, muy de vez en cuando, también vimos padres desorientados que buscaban a sus hijos desaparecidos, y a algunos hijos aturdidos que no entendían por qué sus padres no habían regresado a casa anoche, después de la manifestación. Nosotros nos escabullimos como pudimos, salimos del parque y deambulamos largo rato por la ciudad, sin saber qué hacer ni a dónde ir.

Al final nos sentamos agotados, miramos la prensa, buscamos alguna noticia, un escándalo, miles de desaparecidos en la manifestación de ayer. El gobierno en pleno dimite. Los tribunales actúan. Los responsables serán detenidos y juzgados... Pero ningún periódico decía nada. Hablaban de la manifestación, de miles de personas pacíficas... Sindicatos, eslóganes, banderas. Todo inútil. Todo controlado. El mundo seguía rodando a nuestro alrededor con total normalidad, como cada día. La palabra Democracia (en mayúsculas) también aparecía en varios titulares.

Serguei envió sus fotos desde un buzón cualquiera de la ciudad. Nadie las publicó. Nadie habló de ellas. Un tenista no pudo presentarse a las Olimpiadas. Un futbolista se casó. Una famosa se equivocó al escoger el color del tinte de su cabello.

Nuestra amiga se quedó mirando al infinito mientras repetía sin cesar: “Pronto todo cambiará, la revolución está a punto de estallar, no pasarán, el capitalismo se acaba... ¡No pasarán!”. Le agarré por los hombros y la agité. Intenté despertarla, como habría hecho cualquier amigo. No hubo manera. Así estuvo durante unos días. Luego volvió a su vida cotidiana. Olvidó pronto los cadáveres.

Serguei se abrazó a su cámara, Benjamín a sus cómics de Spiderman, Eyevnia y yo ... nos abrazamos el uno al otro. Comprendimos que la invasión había sido un éxito, que el triunfo de los ultracuerpos era total, absoluto.

martes, diciembre 05, 2017

La educación en los tiempos del átomo


Cuando te levantes por la mañana, piensa en el privilegio
de vivir, respirar, pensar, disfrutar, amar.”


Marco Aurelio (121-180 dC)

Uno de los errores más graves de la sociedad en la que vivo, y sospecho que de algunas otras, es hacer creer a los niños y a los adolescentes que la vida es fácil y que vivimos en un universo amable. Si bien es cierto que suele decirse que la vida es dura, luego, sin embargo, se les colma de todo lo que necesitan sin hacerles saber el valor de nada. Ropa, comida, ocio... Buena parte de ellos lo tienen todo a su disposición, sin que se vean obligados a dedicar esfuerzo alguno a su consecución. No estoy diciendo que no se les deba proporcionar. Estoy diciendo que deben ser conscientes de lo que vale, de lo que cuesta producir todo eso que ellos consumen alegremente, irreflexivamente, de las muchísimas horas de trabajo, y de investigación, y de vigilancia, que hay detrás de la pizza que se comen o de la bombilla que encienden o del agua potable y en abundancia que mana del grifo al alcance de su mano. No es que el dinero no crezca en los árboles: es que nada de lo que utilizamos continuamente hoy en día crece espontáneamente en los árboles, y mucho menos en la abundancia necesaria.

Por si fuera poco, viven extremadamente protegidos en el centro de burbujas que encierran mundos de fantasía. ¿Dónde están, en sus universos infantiles o adolescentes, la muerte y la enfermedad inherentes al universo en el que vivimos? Mis padres vieron niños deformados por culpa de la polio caminar por la misma calle donde ellos vivían y eran bien conscientes de que la llegada del verano marcaba el inicio de la temporada de siega de bebés por culpa de los rotavirus. El mundo es un campo de batalla. Mis padres y sus compañeros de generación lo sabían, y lo saben, y por lo tanto aprecian la comodidad de tener agua caliente al alcance de la mano o luz con tan sólo apretar un interruptor, por no hablar de una buena Sanidad Pública de cobertura universal.

Esta imagen tiene mucho más que ver con la realidad de lo que la gente cree.

¿Lo saben también los niños, los adolescentes? ¿Saben que vivimos en un campo de batalla? No estoy diciendo que haya que poblar sus noches con pesadillas horribles y sus días con horarios espartanos. Sólo que quizá sería conveniente hacerles comprender que no hay ninguna ley de la naturaleza que dicte que ellos deban recibir todos los regalos que hayan pedido a los Reyes Magos.

Cada uno de nosotros es fruto de la simbiosis, de la colaboración, pero también de los martillazos de la selección natural. ¿Cómo les enseñamos eso a los niños? ¿Con Walt Disney? ¿Con príncipes y princesas? Al cosmos le trae sin cuidado el amor, la amistad, la ilusión, los sueños, el miedo o el dolor humano. Habrá gente que pensará que estoy muy equivocado porque sentirá profundamente en su corazón que el mundo es un sitio maravilloso. Me pregunto si estas personas habrán visto alguna vez el sufrimiento de un leproso, de un niño muriéndose de hambre mientras le corroen por dentro legiones de parásitos o, simplemente, una persona miope que intenta caminar por la calle, o por el campo, sin sus gafas porque se le han roto. Y si lo han visto, me pregunto si les habrán agarrado de la mano y se habrán limitado a decirles que el mundo es maravilloso, o además les habrán proporcionado los remedios tecnológicos que necesitaban. Disfrutar de la vida es un privilegio maravilloso, tal y como dice Marco Aurelio, pero para poder hacerlo en toda la plenitud que nos permite nuestra consciencia humana necesitamos crear y mantener un espacio humano, un lugar y un tiempo donde intentar que la frialdad de lo natural no tenga la última palabra. Este espacio humano, el espacio donde impera la ley del ser humano y no la seca ley de la naturaleza, se fundamenta en el conocimiento, no en la creencia, en un conocimiento confiable de la realidad, justo aquél que cuesta tantísimo esfuerzo adquirir.

No estoy hablando de un espacio abstracto, incomprensible. Lo forman cosas concretas, carreteras bien asfaltadas, redes de comunicación, bosques y montañas, playas con socorrista, casas sólidas, vacunas, luz eléctrica, agua corriente, libros, miles, millones de libros, y bibliotecas públicas, hospitales, farolas... Estamos viviendo en él. Es un espacio que hemos heredado y que legaremos a las nuevas generaciones. Lo hemos construido entre todos y debemos mantenerlo entre todos. No se mantiene sólo. Antaño, cuando éramos cazadores recolectores, los adultos salían con los adolescentes al medio y les enseñaban todo lo que necesitaban para sobrevivir en ese medio, generoso a veces, hostil muchas otras. A los jóvenes les quedaba claro que si no aprendían, morirían. Prestar atención a los adultos tenía una recompensa evidente e inmediata. Hoy en día, en cambio, les encerramos en aulas y les enfrentamos a libros de texto, o a clases magistrales. Es un cambio profundo y radical, pero inevitable si queremos que el espacio humano se mantenga. Adquirir conocimiento y práctica, al final, requiere esfuerzo y disciplina, por muchas vueltas que le demos, al menos de momento. Quizá, en el futuro, ejércitos de nanobots inyectados en nuestro cerebro construyan redes neuronales que conllevarán conocimientos adquiridos sin esfuerzo alguno, mientras jugamos a fútbol o a videojuegos, quién sabe. Ahora mismo, sin embargo, no nos queda más remedio que picar piedra y no quejarnos por las llagas de las manos. Eso sí, en este contexto tan nuevo, tan (aparentemente) adverso, aulas y libros de texto, no podemos, no debemos olvidar lo más importante: presentar el conocimiento a nuestros herederos no como una mera herramienta para poder ganarse la vida, sino como la clave para la supervivencia humana. No sólo su supervivencia, sino la de toda la especie humana.

En esta época en la que gobiernos neoliberales elegidos democráticamente desprecian la enseñanza pública y las revistas del corazón son las publicaciones más vendidas, sé que navego contracorriente al decir esto, sin embargo decirlo no tiene mérito alguno. Es lo único que sé hacer.

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