lunes, noviembre 12, 2018

RAZÓN, CIENCIA, HUMANISMO Y PROGRESO

En defensa de Pinker


“El problema es el siguiente, he aquí una muchedumbre de seres racionales que desean, todos, leyes universales para su propia conservación, aun cuando cada uno de ellos, en su interior, se incline por eludir la ley. Se trata de ordenar su vida en una constitución, de tal suerte que, aunque sus sentimientos íntimos sean opuestos y hostiles unos a otros, queden contenidos, y que el resultado público de la conducta de esos seres sea exactamente el mismo que si no tuvieran malos instintos. Ese problema ha de tener solución".

La paz perpetua, Immanuel Kant


Hace unos días acabé de leer En defensa de la Ilustración: por la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso, el último libro de Steven Pinker. De él puedo decir que su autor convierte la estadística en algo emocionante. Y no sólo eso: añadiré que me parece un libro de imprescindible lectura en estos tiempos que corren. Lo recomiendo con vehemencia. En ocasiones se ha acusado a Steven Pinker, Dr. en Psicología Experimental, científico cognitivo y profesor de Psicología en la Universidad de Harvard, de ser un optimista fatuo, y a veces con tal violencia verbal que daba la impresión de que lo tuvieran por psicópata insensible al sufrimiento de millones de personas. A juzgar por su obra, toda esta animadversión es totalmente infundada. Steven Pinker nos exhorta a la toma de consciencia y a asumir la responsabilidad que tenemos en nuestro propio bienestar, no a la despreocupación ni a la indiferencia.



En su último libro, el profesor Pinker nos invita a una expedición a las montañas. Para emprenderla, y disfrutar del camino a medida que vayamos ascendiendo, deberemos abandonar nuestro cuerpo cotidiano de circunstancias y sesgos personales y aceptar la mano tendida del mejor conocimiento disponible. No será un paseo fácil (caminar montaña arriba nunca lo es, abandonar nuestro pegajoso cuerpo de prejuicios tampoco) pero valdrá la pena. Las alturas que iremos alcanzando nos permitirán contemplar la sociedad humana desde una perspectiva histórica y pasar a fundamentar nuestras reflexiones y críticas en el conocimiento más que en la pelusa de nuestro ombligo.

Habrá quien sentirá que el conocimiento no determina sus vidas, que hay factores como el trabajo, la familia, el amor o las relaciones sociales que requieren toda su atención y que no es urgente dedicar tiempo a estructurar con claridad un problema o a saber si una determinada afirmación es verdadera o falsa. No estoy hablando necesariamente de personas que no hayan leído un libro en su vida; de hecho, hay quien se deleita estudiando pero considera soporífero investigar por qué la homeopatía no funciona, por ejemplo. Doctores en Filosofía hay (como mínimo uno, a quien conocí) que se encuentran en este último caso. Cuando la apreciación del mundo tiende a fundamentarse en lo revelado más que en lo medido, tal vez sea difícil reconocer que el triunfo de los valores emancipatorios no hay que agradecerlo a un “despertar espiritual” sino a un proceso histórico en el que el conocimiento científico se ha ido acumulando hasta poner en cuestión la visión que teníamos de nosotros mismos en el Universo. Como fruto de este cuestionamiento, cada vez menos seres humanos están dispuestos a guiar su vida por valores de sumisión a autoridades absolutas. Incluso aquellos a los que un Cosmos vacío de todo sentido les parece una horripilancia inasumible y buscan refugio en la religión, probablemente puedan sentirse cómodos bajo su manto porque las comunidades religiosas se han humanizado: han aceptado, en mayor o menor medida, que el ser humano busque el bienestar también aquí y ahora. El humanismo ha triunfado. El mundo que fueron dibujando Copérnico, Kepler, Galileo, Newton, Darwin y muchos otros a lo largo de los últimos siglos, y que seguimos dibujando hoy en día, parece cada vez más incompatible con un ser humano escogido por una entidad sobrenatural para ocupar un lugar preponderante en el Cosmos y, por lo tanto, es extremadamente poco probable que debamos nada a divinidad alguna. Ante semejante panorama, ha ido en aumento el número de seres humanos que han reclamado su derecho a vivir su vida sin someterla a arbitrariedades irracionales, y han buscado acuerdos que estuvieran bien consensuados con sus iguales: el resto de seres humanos. Lo cierto es que el pensamiento mágico rigió durante milenios la vida humana sin cambiarla sustancialmente a mejor. Prometía paraísos siempre y cuando el ser humano aceptara el yugo de lo irracional, y en buena medida lo aceptaba: la gente creía en espíritus y tenía miedo de los volcanes, del mal de ojo, de comer carne cuando no tocaba o de los cometas cuando rasgaban el cielo, y procuraba no cruzarse con gatos negros; y a pesar de todo, el mundo no cambió hasta que no empezamos a pesar y medir, y a basar nuestras decisiones en ello, en lugar de en revelaciones o creencias heredadas. El conocimiento, todo aquel conocimiento que se pueda defender de forma racional en el ágora, cambia la visión que tienen las personas del mundo y, en consecuencia, cambia a las propias personas.

Tal vez, algunos, ante la imposibilidad de sostener que el conocimiento científico carece de importancia, aleguen que es insuficiente. Ciertamente lo es, y nada de lo que he dicho hasta ahora implica lo contrario: un “cómo” no implica un “debe” (Hume). Para proporcionar ese “debe” tenemos otro de los ingredientes fundamentales de la receta hacia el progreso: el humanismo, el convencimiento de que el ser humano es valioso por sí mismo, sin necesidad de apelar a dimensión divina alguna, lo que conlleva un compromiso con el bienestar humano aquí y ahora, sin excusas románticas ni aplazamientos para cuando descubramos El Dorado. Un comentario importante llegados a este punto: desde una perspectiva natural, el ser humano no vale nada: el humanismo es un invento humano. Un regalo que el ser humano se hace a sí mismo, después de milenios de yugos inútiles y culpabilidades y sufrimientos totalmente innecesarios.

Otra crítica frecuente al conocimiento científico, y a la comprensión racional del mundo en general, es que no es más que un invento de una determinada cultura europea, y que se ha usado a lo largo de la historia como instrumento de dominación de otras culturas. Por supuesto, no debería haber sido ni ser así, ni para el científico ni para ningún otro tipo de conocimiento (matemático, filosófico, artístico o literario), y desde luego no hay nada en la comprensión racional del mundo que implique (recordemos a Hume) que tenga necesariamente que ser así. Steven Pinker defiende en su libro la universalidad de la razón y el humanismo, y demuestra, junto con otros, que el balance para la civilización humana del conocimiento acumulado en los últimos siglos ha sido claramente positivo.

Efectivamente, el conocimiento científico no es suficiente. Sin embargo, sí es necesario, de hecho, es imprescindible, si creemos realmente en el progreso humano. Más que un instrumento de dominación, junto con todo aquel conocimiento que podamos defender en el ágora de forma racional, es un instrumento de creación del que la civilización humana no puede prescindir si realmente aspira a construir un mundo en el que imperen los valores humanos, y no la cruda e implacable ley natural. Pinker nos muestra con datos sólidos que estamos encauzados en la construcción de tal mundo, aunque pueda parecernos lo contrario si sólo leemos titulares de periódicos.

A pesar del rigor en su exposición y del entusiasmo que se percibe en ella, no se puede acusar a Steven Pinker de triunfalismo, ni de ser un optimista incondicional: su texto es tanto una defensa de la Ilustración como un recordatorio de lo frágiles que son los logros de la civilización humana. En ningún momento sugiere que podamos abandonar el timón y tumbarnos a la bartola sino más bien todo lo contrario: debemos agarrarlo con más firmeza que nunca y seguir conduciendo la nave según la brújula que nos ha guiado en los últimos dos siglos y pico: razón, ciencia y humanismo. Steven Pinker dedica la primera parte de su libro a demostrar que hacer caso a esta brújula ha funcionado, y su propuesta es clara: sigamos haciéndole caso, no caigamos en el error de creer que el pasado fue mejor, o que lo que funciona es la inmolación en los altares de la ideología.

Steven Pinker sostiene que estamos de viaje, que el progreso es un viaje que vale la pena, una aventura a la que no podemos renunciar, y no es patrimonio de un grupo humano particular sino de toda la Humanidad, pues para comprar billete y embarcarte, en palabras del propio Pinker, “(…) sólo se requieren las convicciones de que la vida es mejor que la muerte, la salud es mejor que la enfermedad, la abundancia es mejor que la penuria, la libertad es mejor que la coerción, la felicidad es mejor que el sufrimiento y el conocimiento es mejor que la superstición y la ignorancia”.

Tal mensaje debería generar un amplio consenso a su alrededor, y me causa desasosiego que no sea así, aunque tengo la esperanza de ser víctima de un sesgo personal. Claro que... ¡cómo no caer en tal sesgo al contemplar el auge, en diferentes lugares del mundo, de líderes políticos nacionalistas, racistas, misóginos y homófobos a los que no es que no les interesen los datos empíricos sino que niegan la misma realidad! ¡Como si no tuviera importancia! El desprestigio de las instituciones políticas que buscan consensos amplios basados en la razón en lugar de la satisfacción inmediata de los caprichos individuales, o colectivos, parece creciente, y corre en paralelo a una polarización en torno a credos ideológicos enfrentados; tal polarización está llevando a un florecimiento inquietante de grupos políticos que prometen soluciones fáciles y rápidas a problemas complejos. Generalmente, estas soluciones pasan por un retorno a lo que ellos llaman “valores tradicionales”, que siempre son unos valores que ordenan el mundo sin miramientos y en aras de los cuales todos deberíamos estar dispuestos a sacrificarnos. Pareciera que un número creciente de personas creyera que viajando solas les iría mejor, que todos aquellos que no piensen como ellos son más lastre que personas, y renunciaran a la moderación, al diálogo y a contrastar sus opiniones con la realidad. Olvidan que la realidad no es un juez injusto e inapelable sino las condiciones a las que tenemos que ceñirnos y que, por lo tanto, conviene estudiar bien porque tarde o temprano habrá que rendirles cuentas. Por este motivo, acabo este breve comentario en defensa de la Ilustración como lo empecé: recalcando que el libro de Steven Pinker me parece imprescindible en estos momentos de tribulación e incertidumbre. Y no sólo porque defienda valores que también yo comparto; sobre todo por cómo los defiende: el profesor Pinker fundamenta todas sus tesis en datos empíricos, gracias a lo cual, abre un espacio de debate racional que nos obliga a todos a ser francos y a ponernos frente al espejo de nuestras propias creencias. Ahora que la Humanidad acumula más poder que nunca en toda su historia, debemos hacernos más responsables que nunca, ser generosos y congregarnos alrededor del fuego de la razón, la ciencia y el humanismo, la única llama que ha iluminado el rostro humano sin pedirle nunca nada a cambio.


Crítica a Pinker

El ser humano siempre ha sido un animal social, y el uso que todos hacemos de la tecnología no hace más que intensificar la dependencia que unos tenemos de otros, hasta el extremo de que no podemos sacar adelante nuestra vida si no es gracias a conocimientos ajenos. Esto nos une en una red cada vez más tupida que, por un lado, impone restricciones a nuestro comportamiento y, por otro, nos otorga libertad y oportunidades.



Diferentes tipos de redes. Cada punto podría representar un ser humano, y las líneas que los unen, las interacciones que se ejercen mutuamente entre ellos.

Steven Pinker atribuye a la expansión de los ideales de la Ilustración el progreso que ha experimentado la Humanidad en los últimos doscientos cincuenta años. Dedica buena parte de su libro a dejar en evidencia dicho progreso. Sin embargo, en mi opinión, cabría discutir con mayor profundidad cuál es la causa de éste: ¿es necesario que todos y cada uno de los nodos de la red valoren los frutos de la razón y a la razón misma como instrumento para conocer el mundo? ¿O es suficiente con que las redes en que se conectan los seres humanos se hagan más tupidas para que se produzca el progreso? ¿Se pueden hacer más tupidas sin que la razón triunfe como valor fundamental de la sociedad?

Creo que estas cuestiones merecen un análisis más detallado del que hace Pinker en su libro, sobre todo teniendo en cuenta que la mayor parte de nodos de la red suelen comportarse de una forma impulsiva y gregaria y no utilizan la razón para conocer el mundo sino para mantener su ilusión cognitiva favorita. ¿Qué es lo que aseguraría con mayor certeza, entonces, que el progreso continuara adelante: obligar a los nodos a comportarse de una forma racional (vacunación obligatoria) o aumentar la interconectividad (multar en caso de perjuicios a hijos o terceros)? Si tenemos en cuenta todos los problemas a los que se enfrenta la Humanidad hoy en día, estas cuestiones ameritan un análisis profundo y cuantitativo urgente. Tal vez sería una buena segunda parte de “En defensa de la Ilustración”, aunque en la elaboración de tal libro deberían intervenir, sin duda, además de psicólogos experimentales, economistas, físicos y matemáticos, como mínimo.

Habría que dilucidar:

1- Las características de la red.
2- En qué medida y cómo dependen éstas de las características de los nodos.
3- En qué medida y cómo dependen éstas, a su vez, de la razón.

El propio Pinker, al hablar de energía, entropía e información, apunta en su libro por dónde podrían ir los tiros. Pero los detalles son importantes. La magia está en ellos. Máxime cuando el objetivo último es determinar no sólo la estabilidad de la red sino qué evita su anquilosamiento y asegura el progreso humano.

Sirvan estas consideraciones para tomar consciencia del problema al que nos enfrentamos. En la misma línea de Kant, sin embargo, me atreveré a afirmar: este problema ha de tener solución. Pinker da un primer paso imprescindible al fundamentar su discurso en datos empíricos, pero hay que seguir caminando. Tal vez haya personas a las que les parezca perturbador mezclar humanismo y matemáticas, y apelen a aquella escena de “El club de los poetas muertos” en la que Mr. Keating pedía a sus alumnos que arrancaran las primeras páginas de sus libros de texto sobre poesía, donde se decía que la calidad de un poema podía medirse mediante unos ejes cartesianos. Les responderé que aquí no se habla de poesía sino de intentar conseguir que la poesía sea posible en nuestro mundo, un mundo regido por frías leyes naturales que nada saben sobre angustias humanas, ni les importan. La vida humana se hace más rica y profunda no gracias a las certezas absolutas sino cuando admitimos la posibilidad de estar equivocados. Observen con atención a su alrededor, por favor: los profesores de literatura no son las únicas personas de mirada soñadora que intentan liberar a la humanidad de la esclavitud de sus herencias. El enemigo no es la ciencia ni el conocimiento. El enemigo ha sido siempre el mismo: el desprecio por la vida humana y la ignorancia, y el apego a ella.



domingo, octubre 28, 2018

¿Vacunación? Sí, claro.


Una breve recopilación de fuentes de información sobre las vacunas:
1-¿Por qué son imprescindibles?:

La evidencia es lo que cuenta

2- No tenga miedo al aluminio:

Preguntas frecuentes y respuestas fiables


No hay que temer, hay que conocer


Teresa Forcades NO es una buena fuente de información
(Esta última está en catalán, pero no hay ningún problema si hay voluntad de entender. También es verdad que ayuda un traductor )

3- ¿Vacunas y mercurio? Ante todo mucha calma:
5- Vacuna contra el virus del papiloma humano, ¿es peligrosa? No. Estudios al respecto:

Vacuna contra el VPH 1

Vacuna contra el VPH 2

6- Vacuna contra el virus del papiloma humano, ¿es eficaz? Sí:
7- Mapa mundial de brotes que se hubieran podido prevenir mediante las vacunas:

Mapa mundial de brotes

8- Diez mitos sobre las vacunas, y diez hechos verdaderos:

Diez mitos y diez verdades

9- Un libro:

sábado, octubre 20, 2018

CUIDADO CON EL MMS Y SUS PROMOTORES


Teresa Forcades publicó un escrito el 19 de octubre en el que realizaba una serie de afirmaciones sobre el MMS que no son ciertas. Lo primero que decía es que el MMS no es lejía. Miente. El producto que venden como MMS es lejía. Es una disolución al 28% de clorito de sodio (NaClO2) que se vende como si tuviera propiedades terapéuticas, lo cual es una barbaridad. El clorito de sodio es una sustancia química extremadamente peligrosa. En el mercado hay diferentes productos basados en esta sustancia que se venden para desinfectar piscinas y como producto industrial, para blanquear papel, por ejemplo. Esto es legal, y siempre se vende con advertencias claras de que es extremadamente peligroso y que hay que saber muy bien cómo utilizarlo. Lo que no es legal es venderlo como medicamento. Y no es ninguna conspiración a nivel mundial. Que una sustancia se venda no quiere decir que se pueda ingerir. Por ejemplo, la lejía doméstica se vende pero a nadie se le debería ocurrir beberla. La lejía doméstica es una disolución al 5% de hipoclorito de sodio (NaClO). El hipoclorito de sodio y el clorito de sodio forman parte de una misma familia de sustancias químicas a las que se les llama “lejías basadas en cloro”. ¿Por qué a todas ellas se les llama lejía? Porque todas son oxidantes muy fuertes y tienen un comportamiento químico similar (esto no tiene por qué sorprender a nadie: hay muchos tipos de ácidos, con diferentes formulaciones, y a todos se les llama ácidos porque tienen un comportamiento químico similar). Por lo tanto, ¿es lejía el MMS? Sí, es lejía, es un tipo de lejía de uso industrial, de composición sólo ligeramente diferente a la doméstica, pero lejía, y además, tal y como se vende, muchísimo más concentrada que la doméstica.







Otra de las cosas que Teresa Forcades afirma en su escrito es que en un ensayo clínico se inyectaba 2mg/kg de clorito de sodio a los pacientes y que las dosis en las que se recomienda el MMS son entre dos mil y doscientas veces inferior. Esto es otra mentira. En el estudio citado por Forcades se inyectó una sustancia llamada NP001 que está en estudio clínico (y que de momento no da resultados demasiado satisfactorios). Esta sustancia NP001 es una disolución de clorito de sodio, cierto, pero en una concentración muchísimo más baja que la del MMS. Por lo tanto, cuando ella dice que se inyectó 2mg/kg de clorito de sodio… MIENTE. Se inyectó 2mg/kg de NP001. No hay mucha información sobre la composición del NP001. Lo que yo he encontrado es que tiene una concentración de 5.43 gramos por litro de clorito de sodio. Comparen con los 280 gramos por litro del MMS. Por otra parte, los protocolos del MMS, al menos los que yo he consultado en la página de Kalcker, que es otro de los individuos que promocionan su uso, prescriben cantidades que, si se hacen los cálculos, implican como mínimo 1mg/kg al día (repito: como mínimo).

Estudio citado por T. Forcades

Supuesta composición del NP001 (enlace al final del artículo)


Hay un error en la solubilidad: es de 36 gramos por 100 mL, no de 39 gramos (gracias I. :) )




Lo que dice sobre que J. Pàmies es un honrado agricultor no lo voy ni a comentar. Para empezar, J. Pàmies no es agricultor. Es un horticultor que vende plantas como si fueran medicinas. Teresa Forcades debería saber que una planta no es una medicina. Si no lo sabe, que vuelva a estudiar medicina y que preste más atención.

Un comentario final. En los “protocolos” del MMS se dice que hay que “activarlo” mezclándolo con ácido. Esto es extremadamente peligroso porque se forma un gas llamado dióxido de cloro con el que hay que tener muchísimo cuidado. La operación de mezclar MMS con ácido es semejante a lo que mis padres y mis abuelos me decían que no había que hacer JAMÁS: mezclar lejía con salfumán (el salfumán es una disolución de ácido clorhídrico). Si se hace, se forma gas cloro (el mismo que utilizaban en la I Guerra Mundial como arma química). “Activar” el MMS equivale a mezclar lejía con salfumán.


ESTUDIO CITADO POR FORCADES: https://clinicaltrials.gov/ct2/show/record/NCT02794857 

OTRO ESTUDIO DONDE DICEN QUE EL PN001 ES “SODIUM CHLORITE” PURIFICADO:
https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC5524125/

(No son los únicos que se han hecho. Otros estudios que han utilizado disoluciones de clorito de sodio en animales no han detectado ningún efecto beneficioso)

PÁGINA DONDE MENCIONAN LA COMPOSICIÓN DEL NP001:
http://forum.mndassociation.org/showthread.php?696-Neuraltus-NP001/page18


lunes, septiembre 24, 2018

domingo, agosto 26, 2018

NÉMESIS, de Philip Roth

Eres profesor en una escuela de verano. Estás rodeado de niños llenos de vitalidad y un tanto inconscientes: se pasarían todo el día jugando a pleno sol sin pensar en las consecuencias... deshidratación, insolación... esas cosas. Así que tienes que cuidar de ellos. Los padres confían en la institución donde trabajas, personificada en ti: dejan que sus hijos acudan cada día al centro sin ninguna inquietud. Sienten que contigo están seguros. Hasta que un día un niño se pone enfermo, y muere. Y luego otro, y otro. Algunos no mueren, pero quedan deformados, o encerrados de por vida en un pulmón artificial. No es como una bomba, que cae y arrasa de una vez. Es más bien una cadena, o una marea que va subiendo, imparable. Parece un juego de azar lento pero inexorable en el que participa toda la ciudad en la que vives. ¿Quién será el próximo? ¿Por qué fulanito y no menganito? Aparece la inquietud, luego la angustia... finalmente cunde el pánico. Los niños van cayendo, y también algunos adultos. Los humanos, impotentes, ven cómo la naturaleza (lo “natural”, lo “bio”) impone su ley, impasible, sin ni siquiera saber (ni interesarle) que existe el amor o la belleza. Los padres lloran, los amigos también, pero no pueden hacer nada. Rezan. Gimotean. Mordisquean sus pensamientos como perros apaleados. Nada. El rodillo de la naturaleza sigue su curso, inflexible. Todos bajan la cerviz e hincan la rodilla ante él porque, sencillamente, carecen del conocimiento necesario para enfrentarse al Universo; aún faltan once años para que llegue la salvación, o al menos la esperanza. Hasta ese momento, en el ahora de desolación y desconcierto que te ha tocado vivir, la pregunta es: ¿qué vas a hacer tú, como profesor y como persona? ¿Por qué opción optarás? No tienes mucho donde escoger. ¿Huirás? ¿O te quedarás, aunque sea un gesto inútil? Hagas lo que hagas, vivirás un infierno. Estás atrapado, como en las peores pesadillas o en las mejores películas de terror... Ah, ¿se trata del argumento de una película de terror? No, no es ficción: es historia. Ocurrió realmente. Durante miles de años, además, hasta el siglo XX (y en algunos lugares del mundo, demasiados, sigue ocurriendo). Lo narra Philip Roth en su novela Némesis. Buena suerte.


lunes, julio 09, 2018

Teniente coronel Emilio Herrera

Emilio Herrera Linares fue un ingeniero militar español que nació en Granada en 1879 y murió en Ginebra en 1967. Estudió en la Academia de Ingenieros de Guadalajara y solicitó, una vez licenciado con el grado de teniente en 1903, el traslado a la Escuela Práctica de Aeroestación, con el objetivo de aprender a manejar esas máquinas tan fascinantes que eran cada vez más utilizadas y que permitían acceder a nuevas perspectivas sobre nuestro mundo: los aerostatos. Con el tiempo, Emilio Herrera se convertiría en un pionero de la aeronáutica no sólo en España sino en el mundo entero. Su pasión por contemplar la Tierra a alturas cada vez mayores le llevó a diseñar en 1935 un globo que podía alcanzar los veintiséis quilómetros de altura. Un vehículo así no podía ser pilotado con la protección de una simple cazadora de cuero, por muy buena que fuera y mucho que abrigara, así que Emilio Herrera diseñó también la “escafandra estratonáutica”, un traje autónomo pensado para que quien se aventurara en dominios tan elevados pudiera sobrevivir a las duras condiciones que se dan en las capas altas de la atmósfera. La guerra civil, desgraciadamente, interrumpió las investigaciones y desarrollos del para entonces teniente coronel Herrera pero su combinación de idealismo y de conocimientos sólidamento fundamentados no pasó desapercibida en el mundo y, años después, la NASA le ofreció trabajar para su programa espacial. La agencia estadounidense se había basado en los estudios del ingeniero español para desarrollar sus trajes espaciales y ofrecieron a Herrera un cheque en blanco; éste, sin embargo, puso una condición que los estadounidenses no pudieron aceptar: que la bandera española ondeara en la Luna al lado de la de Estados Unidos (lo de ondear, obviamente, es una forma de hablar). Como homenaje a este ingeniero con espíritu científico y pionero que defendió la República frente a la oleada fascista que asoló Europa, y el mundo entero, en uno de los momentos más tristes de la historia, decidí poner su nombre al submarino nuclear que aparece en el relato "El jugador impasible". Así me lo había sugerido Antonio Guisado Giménez al manifestarle yo mis intenciones de bautizar tal escenario con nombre propio, y mis problemas con esta intención porque sólo se me ocurrían nombres tópicos y manidos. He de confesar que al principio dudé: ¿No sería un poco extraño dar a un submarino nuclear el nombre de un ingeniero aeronáutico? En seguida me di cuenta, sin embargo, de que en el fondo no era nada descabellado pues Emilio Herrera sentía auténtica pasión por la Física y sus aplicaciones, tanto en lo civil como en lo militar. No sólo era seguidor y firme defensor de la Teoría de la Relatividad de Einstein (tanto de su versión restringida como de la general) sino que estaba al corriente de los últimos avances en el terreno de la energía nuclear y, de hecho, fue nombrado consultor de la UNESCO sobre física nuclear. Estoy seguro, aunque me encantaría (me respondiera lo que me respondiera) poder preguntarle a él personalmente, que Emilio Herrera veía en la energía nuclear un poder que permitiría al ser humano acceder por fin a espacios a los que antes jamás hubiera soñado llegar. La fotografía que ilustra estas líneas es de Antonio Guisado, a quien agradezco enormemente haberme presentado al teniente coronel Herrera. "El jugador impasible" es el relato que da título a la antología "El jugador impasible y otros gritos camuflados de relato", publicada por Ediciones El Transbordador

lunes, mayo 14, 2018

TDAH y libertad

Artículo de Miguel Espigado: ¿Somos todos enfermos mentales?

Mi respuesta:

Miguel, el tema me interesa mucho y te agradezco que me hayas etiquetado. He de aclarar, sin embargo, que estoy en desacuerdo con algunos aspectos de tu artículo. En otros puntos estoy totalmente de acuerdo, y desde luego comparto la preocupación que manifiestas en tu escrito. Es un tema muy complejo. Intentaré exponer mi postura de la forma más ordenada posible. Para empezar, creo que habría que distinguir entre el cuerpo de conocimiento científico bien establecido y la utilización comercial de estos conocimientos científicos. Creo que hoy en día, gracias a la cantidad de conocimiento acumulado desde los tiempos de Santiago Ramón y Cajal, estamos en la mejor posición de la historia a la hora de tratar no sólo los trastornos que implican al cerebro sino cualquier otra situación que cause dolor y sufrimiento. Evidentemente, no es suficiente: queda muchísimo camino por recorrer, pero estoy seguro de que la Humanidad lo recorrerá poco a poco (ojalá lo más rápidamente posible). Sí es verdad que falta sabiduría a la hora de aplicar este ingente conocimiento que tras muchos años de esfuerzo se ha logrado asentar. Los intereses económicos de las farmacéuticas, la ignorancia y las limitaciones características de los seres humanos individuales juegan muchas veces en contra de conseguir una visión clara de la realidad. No voy a entrar a valorar el DSM, pues no soy especialista. Pero sí me gustaría apuntar que venimos de épocas en las que una ignorancia total cubría como un grueso velo negro nuestros ojos, y toda esa oscuridad no era poblada, salvo excepciones, por literatura y poesía sino por superstición, miedo y sufrimiento. Tengo la convicción de que no podemos olvidar de dónde venimos. Y, por supuesto, tampoco podemos olvidar mejorar a partir del punto donde nos hallamos. La crítica necesaria para esta mejora, se la dejaré a los especialistas. En todo caso, como ciudadano, les recordaré siempre que tenga ocasión, tal y como haces tú en tu artículo, su enorme responsabilidad y lo que debería ser un compromiso insobornable con el código deontológico de su profesión.

También me gustaría hacer un par de comentarios basados en mi experiencia personal. Soy consciente de su valor meramente anecdótico debido a lo limitado de las experiencias personales.

El primero, y más importante, es sobre el TDAH. Decía antes que no soy especialista, sin embargo, mis quince años de experiencia como profesor me llevan a pensar que sí existe este trastorno (y creo que hay consenso en este sentido entre psicólogos y médicos). Ahora bien, también es verdad que, probablemente, esté sobrediagnosticado. Esto lo admitió el propio Leon Eisenberg, el psiquiatra que incluyó por primera vez este tipo de trastorno en el DSM. Por cierto, en algunas webs aseguran que este señor afirmó antes de morir que el TDAH era una enfermedad ficticia, pero no es cierto: lo que dijo es que estaba sobrediagnosticado, que es muy diferente. He encontrado este artículo en la web donde lo explica con más detalle: "Lo que realmente dijo Leon Eisenberg"

De este mismo artículo extraigo: “Para el diagnóstico del TDAH se han establecido que deben presentarse al menos seis o más síntomas de inatención (descuido de detalles, dificultades de mantenimiento de la atención, mente ocupada que hace no escuchar, no finalización o seguimiento de tareas o instrucciones por distracción, dificultades de organización, pérdida de elementos, evitación de tareas sostenidas en el tiempo, distracción fácil, olvido de actividades cotidianas) y/o seis síntomas de hiperactividad e impulsividad (jugueteo constante, se levante en circunstancias en que debería permanecer sentado, inquietud motora, habla excesiva, dificultad para la espera de turno, interrupción de las actividades de otros, anticipación a la respuesta del otro en una conversación llegando a terminar las frases de otros, incapacidad de jugar con tranquilidad, correteo en situaciones inapropiadas).
Algunos de estos síntomas pueden parecer normales a determinadas edades, pero para el diagnóstico del TDAH se exige que sean mantenidas durante seis meses en un grado que no corresponda con el nivel de desarrollo del sujeto, teniéndose en cuenta la edad y el nivel intelectual del sujeto. Es decir, en el diagnóstico se tiene o debería tener en cuenta que los síntomas se den de forma anómala o exagerada. También se tiene en cuenta que la sintomatología no se de en un único ambiente o situación, sino que se dé de una manera generalizada en al menos dos ambientes diferentes (descartándose pues que únicamente se dieran en la escuela) y produciéndose un deterioro claro de las actividades del individuo.”

El cartel que viste en la farmacia tal vez sea desafortunado y superficial, como toda publicidad, pero el tema es serio y, creo, hoy en día se intenta tratar con la máxima seriedad posible, al menos por parte de los profesionales que estamos en contacto con él. Por supuesto, no estoy apelando a la medicalización de todos los niños que sean diagnosticados con TDAH: apelo al correcto diagnóstico. Quizá haya casos que con un tratamiento psicológico tengan suficiente. No lo sé: deben decidirlo los especialistas. He tenido alumnos con TDAH medicados durante años que han conseguido acabar el bachillerato y empezar estudios superiores. Otros, poco menos que a la deriva por no aceptar el diagnóstico, o por miedo a la medicación, no conseguían acabar ni la ESO. Estos alumnos en los que estoy pensando no eran simplemente inquietos, ni “rebeldes”, sino personas incapaces de tener una experiencia vital satisfactoria y provechosa. Ellos, y sus familias, sufrían muchísimo durante años. Los tratamientos no les solucionaban mágicamente el problema, pero al menos les ayudaban en su difícil camino personal. Por cierto, si ya el consumo de drogas es malo en la adolescencia (y, de hecho, en cualquier edad), en estos casos es simple y llanamente devastador.

El segundo comentario es más general. Me sorprende el miedo al estudio científico de la realidad en general y del cerebro humano en particular que parece traslucirse en no pocos escritos de personas que se vinculan tradicionalmente al campo de las letras (a mí personalmente me horroriza la distinción entre ciencias y letras). Da la impresión de que algunos escritores, cineastas y artistas en general crean que el estudio sistemático y cuantificado de todos los procesos naturales implique una deshumanización del ser humano. Mi experiencia, por el contrario, es toda la contraria: el conocimiento lo más exacto posible de la realidad lleva a una mayor empatía con nuestros semejantes y a un enriquecimiento profundo de la experiencia humana. Las mismas leyes físicas que permiten y controlan el vuelo de un avión, rigen el bombeo de la sangre a través de venas y arterias (y no es una metáfora), la misma electricidad que se produce en placas solares o centrales nucleares es la que alumbra el bosque de neuronas de nuestro cerebro. No hay una frontera que nos separe del mundo. Nuestro cuerpo también es Física, Química y Biología, y saberlo y profundizar en ese conocimiento no es un tema ni trivial ni secundario, de hecho, creo que es un camino imprescindible a seguir si queremos ser realmente lo más libres que podamos. De la misma forma que ya nadie hoy en día pensaría que tras el vuelo de un cometa actúa una voluntad divina, tampoco se le cruzará a nadie por la cabeza achacar los trastornos mentales a fuerzas oscuras más allá de nuestra comprensión. Si hay algo en el ser humano que esté más allá de la comprensión de éste, o de su capacidad de cuantificación, ya se verá; en cualquier caso, la dignidad humana no depende de si el ser humano es incuantificable o no, sino de su propia condición humana, y ésta no está en peligro por mucho conocimiento científico que acumulemos sobre nosotros mismos. Creo que el conocimiento científico del propio ser humano enriquecerá la experiencia humana y la ampliará, en lugar de limitarla, y que es, muy probablemente, un elemento necesario para lograr una visión completa del ser humano y, no sólo eso, sino también mayor empatía, menos culpabilización y más libertad. Eso sí: un gran poder implica una gran responsabilidad y, por lo tanto, es muy cierto que debemos mantenernos vigilantes sobre el uso que se haga de este conocimiento.

Para acabar, me gustaría compartir esta entrevista que le hizo Iñaki Gabilondo a Rafael Yuste, neurobiólogo español e ideólogo del proyecto BRAIN:

Primera parte (20')

sábado, diciembre 23, 2017

La voluntad del pueblo



La manifestación acabó a un kilómetro y medio de distancia de las puertas del Parlament, en un espacio inocuo, un llano cómodo acostumbrado a muchedumbres inofensivas, gritos inconsecuentes y sindicatos dóciles. Sin embargo, hubo un grupo de un par de cientos de personas que, encabezado por los bomberos, no se detuvo ahí: continuó hacia el Parlament hasta llegar a sus mismas puertas. A ese grupo nos unimos nosotros, sin pensárnoslo. Los mossos no se atrevieron a disolvernos a palos y tampoco pudieron cerrar el Parc de la Ciutadella porque había mucha gente dentro, turistas, paseantes y otras personas que habían decidido pasar la tarde desconectadas de la realidad, a pesar del naufragio, a pesar de todo. La verdad es que no era necesario cerrar el parque ni disolvernos a palos: la mayoría de la gente se detuvo mucho antes de llegar a las puertas del edificio donde impunemente los políticos decidían el destino de todos, pero sobre todo el de los trabajadores, con la misma prepotencia e insensibilidad con que lo hubiera hecho un elegido por los dioses. Curiosamente, la mayor parte de la gente consideró innecesario avanzar hasta aquel edificio público donde hablaban los elegidos por los dioses. Fue algo parecido a cuando miles de reses considera innecesario destruir el matadero y aceptan indolentes su sino, con la misma parsimonia con que rumían hierba en el prado o permiten que las transporten hacinadas. No cabe descartar, de hecho, que se haya producido a lo largo de generaciones y generaciones una selección natural en favor de los proletarios más indolentes, más dóciles, menos dispuestos a recurrir a la rebeldía que me gustaría pensar forma parte de su naturaleza humana.

Los mossos habían protegido el Parlament con una barrera de vallas metálicas puestas en V y atadas entre ellas mediante cadenas y candados. Era un foso infranqueable. Pero los bomberos lo franquearon. Y se plantaron ante los mossos, cara a cara. Pidieron refuerzos. ¡Acompañadnos!, gritaban, Veniu!, nos animaban. Espoleados por los gritos de los bomberos, algunos más saltaron, a pesar de los rinocerontes acorazados que teníamos enfrente. Benjamín y yo miramos hacia atrás y vimos que estábamos solos: apenas un puñado de personas nos habían seguido hasta el Parlament. El resto: rumiando lejos, indolentes, pastoreados por banderas heredadas y lobos disfrazados de ovejas, aceptando mansamente su sino sin ver más allá de sus hocicos. Agarré por la cintura a Eyevnia, que ya acudía rauda a la llamada de los bomberos saltando las vallas, y la atraje de vuelta hacia mí. Le dije que no: que ni se le ocurriera, que los mossos cargarían y no tendríamos por dónde salir corriendo. Protestó e intentó saltar de nuevo, pero insistí: si los mossos cargan, expliqué, quedaremos atrapados entre sus porras y las vallas. Serguei dijo, con su cámara en mano, que si no había salida hacia atrás que él tampoco iba. Gritamos. 

Gritamos mucho y aplaudimos a los bomberos. Pero sobre todo esperamos la llegada de refuerzos, la irrupción en el Parc de la Ciutadella de las más de cien mil personas que habían llenado Vía Laietana de arriba abajo, Plaza Urquinaona y calles aledañas. Esa marea tenía que ser el puño imparable que impactara, a pesar de las vallas y a pesar de las porras, contra las puertas del Parlament y las derribara y recuperara un espacio que era suyo y parecía haber sido tomado por emperadores. ¿Dónde estaban? ¿Por qué no estaban? Porque la manifestación se había acabado en Pla de Palau, a un kilómetro y medio de las puertas del Parlament. Tal y como los sindicatos, a través de la radio, habían repetido toda la mañana que tenía que pasar, había pasado: un millón de personas había asumido las consignas de sus verdugos.

Llamé a una amiga que estaba en el grueso de la manifestación, desesperado. Ella se reía divertida, alegre, como en una romería en la que sólo faltaba la tortilla de patatas y sobraban guitarras, chistes y Sol. No entendía lo que le pedía. ¿Al Parlament? ¿Por qué hay que ir al Parlament? La Historia pasa delante de nuestras narices mientras nosotros delegamos nuestra ciudadanía en los ungidos por los dioses, en los lobos hambrientos. Después de una hora, los bomberos volvieron a saltar las vallas y regresaron con nosotros. Nos sentimos más impotentes que nunca. Comprendimos que todo había acabado. Las puertas del Parlament seguían cerradas. Atrancadas como las de un castillo medieval. Inermes y humillados, nos retiramos. La Bastilla seguía en pie. La risa de los políticos retumbaba contra sus muros y sobre el sudor y la sangre de millones de trabajadores explotados sin piedad.

Al salir del Parc de la Ciutadella, sin embargo, nos llevamos una sorpresa: una segunda oleada de gente, desgajada del rebaño principal, acudía ahora al Parlament. Nos dimos cuenta de que acudían en pequeños grupos de tres o cuatro, o cinco personas, pero era un flujo incesante. Eyevnia quiso unirse enseguida a esa nueva corriente eléctrica. ¡No podemos irnos ahora!, exclamaba una y otra vez. Yo le respondí que no podía retrasar más inyectarme insulina, que primero cenáramos algo y ya nos uniríamos luego. Teníamos la esperanza de tener por delante una noche muy larga, y ella quería empezar la guardia y el desafío ya mismo, sin aguardar ni un segundo más. Pero yo insistí y le expliqué que era mejor que me preparara para una larga noche en vela y ella comprendió que mi biología diabética era una realidad con la que había que pactar quisiéramos o no. Así que fuimos a comer un shawarma a un restaurante cercano. Comimos rápido, impacientes por unirnos de nuevo a la muchedumbre a las puertas del Parlament. Durante un rato, siguió pasando gente hacia el Parc de la Ciutadella, luego las calles quedaron vacías y en silencio, y poco después el tráfico fue restablecido. Cayó la noche y las calles aledañas recuperaron el pulso normal de arterias de la urbe. Los semáforos volvían a tener sentido.

Salimos del restaurante y cruzamos rápidamente la calle. Se había unido a nosotros la amiga a la que había llamado antes. Había pasado al lado del restaurante y nos había visto dentro, cenando, y se había quedado con nosotros. Avanzamos juntos hacia las puertas del Parc de la Ciutadella. Era ya noche cerrada y todo estaba en calma. ¿Dónde está la gente?, nos preguntamos, ¿dónde las multitudes que hace un rato, por fin, acudían a las puertas del Parlament? Cuando avanzamos unos metros por los caminos de tierra del parque, lo descubrimos. Empezamos a tropezarnos con cadáveres abandonados.

Al principio había pocos; a medida que nos acercábamos a las puertas del Parlament, en cambio, había cada vez más, hasta que llegó un momento en que no pudimos seguir avanzando a no ser que estuviéramos dispuestos a pisotearlos. El suelo estaba totalmente cubierto por cuerpos inmóviles. Nos detuvimos y lanzamos nuestras miradas por encima de aquel espectáculo dantesco. Vimos que a partir de pocos metros delante de nosotros empezaban a amontonarse unos sobre otros. En la penumbra, a lo lejos, distinguimos bultos en las vallas: comprendimos que eran cuerpos inánimes, cadáveres que colgaban del metal como si Poseidón los hubiera ensartado en su tridente. Las luces del Parlament estaban apagadas. La iluminación pública no funcionaba. La única fuente de luz era el resplandor fantasmal de las luminarias de la ciudad, que ocultaba las estrellas y transformaba en meras sombras a todos aquellos cuerpos abandonados al frío de la noche.

Serguei hizo fotos. Benjamín tenía los ojos abiertos como platos. Eyevnia temblaba. La abracé con gesto torpe. Yo también temblaba. A nuestra amiga se le había congelado la sonrisa en medio de la cara. Los cuerpos no parecían estar heridos, ni tenían la ropa desgarrada, ni parecían haber sido maltratados. Simplemente estaban quietos, fláccidos, inmóviles. Ninguno de ellos parecía respirar.

Todo estaba en silencio. Benjamín se atrevió a tocar a uno de los cuerpos, en el hombro, parecía un hombre corpulento, tumbado bocabajo y con los brazos extendidos y una de sus piernas sobre otro cuerpo. No reaccionó. Benjamín lo agitó ligeramente, y no hubo manera, todos tuvimos la sensación de que tocaba un saco de patatas. Recuerdo que sentí mucho frío, un frío de cementerio y musgo húmedo. De repente se encendieron las luces azules de una furgoneta de los mossos aparcada tras las vallas, al lado del Parlament y oímos ruidos. Contuvimos la respiración. A lo lejos, distinguimos figuras que caminaban entre los cuerpos y sobre ellos, aplastándolos sin miramientos. Estaba claro lo que eran. Eran orcos. Pinchaban con punzones, jabalinas y espadas para ver si los cuerpos bajo sus pies estaban realmente muertos; y sí, lo estaban. Ninguno se movía, nadie gemía ni se alzaba ni protestaba ni pedía agua ni llamaba a su mamá, ni a nadie. Todos muertos. Completamente muertos. No había ningún superviviente, ningún herido. Todos absolutamente muertos. Un océano de cadáveres.

Nos escondimos tras unos matorrales y esperamos aterrorizados. Casi no nos atrevíamos ni a respirar. No tardaron en llegar un montón de camiones de la basura. Entraron en el parque con todas las luces apagadas, igual que una manada de elefantes siniestros. Los orcos empezaron a lanzar los cadáveres al interior de los camiones, donde las prensas neumáticas los aplastaban y compactaban. Durante horas estuvimos oyendo el crujido de los huesos, el reventar de los cuerpos como meras bolsas llenas de sangre y grasa. Las entrañas de los camiones vomitaban sangre. El ligero resplandor de la urbe que llegaba hasta allí, los convertía en volcanes en medio de la noche, pero no era magma lo que expulsaban: era sangre. Con una potencia telúrica, con una rabia humana. Sangre. Todos los árboles y los matorrales quedaron salpicados de sangre. Nosotros también, pero no gritamos, no nos atrevimos ni a movernos. Queríamos salir corriendo pero estábamos paralizados por el terror. Nos pegamos los unos a los otros y observamos a la fuerza. La extrusión de la gente, la desaparición en silencio de incontables personas engullidas por la Historia y por los orcos.

Amaneció.

La luz de la mañana empezó a calentar la corteza de los árboles. Vinieron los barrenderos, escoltados por ruidosas máquinas de limpieza que eliminaron la sangre de las plantas, del césped, de las piedras. Todo quedó limpio, apto de nuevo para el turismo. Retiraron las vallas. Nada parecía haber ocurrido la noche anterior. El parque quedó preparado para recibir nuevas hordas de ciudadanos sencillos, de viajeros curiosos, de paseantes amables. Entre todos ellos, muy de vez en cuando, también vimos padres desorientados que buscaban a sus hijos desaparecidos, y a algunos hijos aturdidos que no entendían por qué sus padres no habían regresado a casa anoche, después de la manifestación. Nosotros nos escabullimos como pudimos, salimos del parque y deambulamos largo rato por la ciudad, sin saber qué hacer ni a dónde ir.

Al final nos sentamos agotados, miramos la prensa, buscamos alguna noticia, un escándalo, miles de desaparecidos en la manifestación de ayer. El gobierno en pleno dimite. Los tribunales actúan. Los responsables serán detenidos y juzgados... Pero ningún periódico decía nada. Hablaban de la manifestación, de miles de personas pacíficas... Sindicatos, eslóganes, banderas. Todo inútil. Todo controlado. El mundo seguía rodando a nuestro alrededor con total normalidad, como cada día. La palabra Democracia (en mayúsculas) también aparecía en varios titulares.

Serguei envió sus fotos desde un buzón cualquiera de la ciudad. Nadie las publicó. Nadie habló de ellas. Un tenista no pudo presentarse a las Olimpiadas. Un futbolista se casó. Una famosa se equivocó al escoger el color del tinte de su cabello.

Nuestra amiga se quedó mirando al infinito mientras repetía sin cesar: “Pronto todo cambiará, la revolución está a punto de estallar, no pasarán, el capitalismo se acaba... ¡No pasarán!”. Le agarré por los hombros y la agité. Intenté despertarla, como habría hecho cualquier amigo. No hubo manera. Así estuvo durante unos días. Luego volvió a su vida cotidiana. Olvidó pronto los cadáveres.

Serguei se abrazó a su cámara, Benjamín a sus cómics de Spiderman, Eyevnia y yo ... nos abrazamos el uno al otro. Comprendimos que la invasión había sido un éxito, que el triunfo de los ultracuerpos era total, absoluto.

martes, diciembre 05, 2017

La educación en los tiempos del átomo


Cuando te levantes por la mañana, piensa en el privilegio
de vivir, respirar, pensar, disfrutar, amar.”


Marco Aurelio (121-180 dC)

Uno de los errores más graves de la sociedad en la que vivo, y sospecho que de algunas otras, es hacer creer a los niños y a los adolescentes que la vida es fácil y que vivimos en un universo amable. Si bien es cierto que suele decirse que la vida es dura, luego, sin embargo, se les colma de todo lo que necesitan sin hacerles saber el valor de nada. Ropa, comida, ocio... Buena parte de ellos lo tienen todo a su disposición, sin que se vean obligados a dedicar esfuerzo alguno a su consecución. No estoy diciendo que no se les deba proporcionar. Estoy diciendo que deben ser conscientes de lo que vale, de lo que cuesta producir todo eso que ellos consumen alegremente, irreflexivamente, de las muchísimas horas de trabajo, y de investigación, y de vigilancia, que hay detrás de la pizza que se comen o de la bombilla que encienden o del agua potable y en abundancia que mana del grifo al alcance de su mano. No es que el dinero no crezca en los árboles: es que nada de lo que utilizamos continuamente hoy en día crece espontáneamente en los árboles, y mucho menos en la abundancia necesaria.

Por si fuera poco, viven extremadamente protegidos en el centro de burbujas que encierran mundos de fantasía. ¿Dónde están, en sus universos infantiles o adolescentes, la muerte y la enfermedad inherentes al universo en el que vivimos? Mis padres vieron niños deformados por culpa de la polio caminar por la misma calle donde ellos vivían y eran bien conscientes de que la llegada del verano marcaba el inicio de la temporada de siega de bebés por culpa de los rotavirus. El mundo es un campo de batalla. Mis padres y sus compañeros de generación lo sabían, y lo saben, y por lo tanto aprecian la comodidad de tener agua caliente al alcance de la mano o luz con tan sólo apretar un interruptor, por no hablar de una buena Sanidad Pública de cobertura universal.

Esta imagen tiene mucho más que ver con la realidad de lo que la gente cree.

¿Lo saben también los niños, los adolescentes? ¿Saben que vivimos en un campo de batalla? No estoy diciendo que haya que poblar sus noches con pesadillas horribles y sus días con horarios espartanos. Sólo que quizá sería conveniente hacerles comprender que no hay ninguna ley de la naturaleza que dicte que ellos deban recibir todos los regalos que hayan pedido a los Reyes Magos.

Cada uno de nosotros es fruto de la simbiosis, de la colaboración, pero también de los martillazos de la selección natural. ¿Cómo les enseñamos eso a los niños? ¿Con Walt Disney? ¿Con príncipes y princesas? Al cosmos le trae sin cuidado el amor, la amistad, la ilusión, los sueños, el miedo o el dolor humano. Habrá gente que pensará que estoy muy equivocado porque sentirá profundamente en su corazón que el mundo es un sitio maravilloso. Me pregunto si estas personas habrán visto alguna vez el sufrimiento de un leproso, de un niño muriéndose de hambre mientras le corroen por dentro legiones de parásitos o, simplemente, una persona miope que intenta caminar por la calle, o por el campo, sin sus gafas porque se le han roto. Y si lo han visto, me pregunto si les habrán agarrado de la mano y se habrán limitado a decirles que el mundo es maravilloso, o además les habrán proporcionado los remedios tecnológicos que necesitaban. Disfrutar de la vida es un privilegio maravilloso, tal y como dice Marco Aurelio, pero para poder hacerlo en toda la plenitud que nos permite nuestra consciencia humana necesitamos crear y mantener un espacio humano, un lugar y un tiempo donde intentar que la frialdad de lo natural no tenga la última palabra. Este espacio humano, el espacio donde impera la ley del ser humano y no la seca ley de la naturaleza, se fundamenta en el conocimiento, no en la creencia, en un conocimiento confiable de la realidad, justo aquél que cuesta tantísimo esfuerzo adquirir.

No estoy hablando de un espacio abstracto, incomprensible. Lo forman cosas concretas, carreteras bien asfaltadas, redes de comunicación, bosques y montañas, playas con socorrista, casas sólidas, vacunas, luz eléctrica, agua corriente, libros, miles, millones de libros, y bibliotecas públicas, hospitales, farolas... Estamos viviendo en él. Es un espacio que hemos heredado y que legaremos a las nuevas generaciones. Lo hemos construido entre todos y debemos mantenerlo entre todos. No se mantiene sólo. Antaño, cuando éramos cazadores recolectores, los adultos salían con los adolescentes al medio y les enseñaban todo lo que necesitaban para sobrevivir en ese medio, generoso a veces, hostil muchas otras. A los jóvenes les quedaba claro que si no aprendían, morirían. Prestar atención a los adultos tenía una recompensa evidente e inmediata. Hoy en día, en cambio, les encerramos en aulas y les enfrentamos a libros de texto, o a clases magistrales. Es un cambio profundo y radical, pero inevitable si queremos que el espacio humano se mantenga. Adquirir conocimiento y práctica, al final, requiere esfuerzo y disciplina, por muchas vueltas que le demos, al menos de momento. Quizá, en el futuro, ejércitos de nanobots inyectados en nuestro cerebro construyan redes neuronales que conllevarán conocimientos adquiridos sin esfuerzo alguno, mientras jugamos a fútbol o a videojuegos, quién sabe. Ahora mismo, sin embargo, no nos queda más remedio que picar piedra y no quejarnos por las llagas de las manos. Eso sí, en este contexto tan nuevo, tan (aparentemente) adverso, aulas y libros de texto, no podemos, no debemos olvidar lo más importante: presentar el conocimiento a nuestros herederos no como una mera herramienta para poder ganarse la vida, sino como la clave para la supervivencia humana. No sólo su supervivencia, sino la de toda la especie humana.

En esta época en la que gobiernos neoliberales elegidos democráticamente desprecian la enseñanza pública y las revistas del corazón son las publicaciones más vendidas, sé que navego contracorriente al decir esto, sin embargo decirlo no tiene mérito alguno. Es lo único que sé hacer.

Lecturas relacionadas:

domingo, noviembre 05, 2017

Una copa de vino en mi piscina


Son las responsables de todo lo que ocurre en nuestro cuerpo, y tan diminutas que son invisibles, inodoras e insípidas a no ser que haya una cantidad ingente de ellas. Son las moléculas, los vocablos con los que la Naturaleza se expresa. Si los átomos fueran letras, las moléculas serían palabras, frases, el texto de una obra de teatro capaz de interpretarse continuamente a sí mismo.

(Atención: si usted, por los motivos que fuera, no está familiarizado con los conceptos de "átomo" y "molécula", le recomiendo encarecidamente leer Un cable de cobre en mis manos antes de leer este artículo)

Las moléculas no atienden ni a opiniones ni a deseos humanos: se deben a una gramática mucho más antigua que cualquier gramática humana, tan antigua como el mismo Universo; una ley que no obedece a inquietudes ni aflicciones humanas. Si no se inyecta insulina a un diabético de tipo I, morirá. La insulina es la molécula gracias a la cual la glucosa puede superar la membrana celular; es la llave que abre la célula para que la glucosa pueda acceder a su interior. Sin esta llave, nuestro cuerpo no podría utilizar las moléculas de glucosa. Si la glucosa fuera algo accesorio, prescindible, esto quizá no tuviera mucha importancia, pero resulta que no es así, es fundamental: es de donde obtiene energía nuestro cuerpo. Y sin energía no se puede vivir.

Así que las células del diabético tipo I en cuestión intentarán, desesperadas, obtener energía a partir de otro tipo de moléculas; utilizarán moléculas de grasa, por ejemplo, pero no lograrán hacerlo de forma eficaz y esto producirá una alta concentración de cuerpos cetónicos (otras moléculas) que, poco a poco, irán envenenándolo. La lógica de la Naturaleza se aplicará de forma implacable, como siempre. De hecho, la grasa que sirve momentáneamente para los músculos es inútil para el cerebro: este órgano sólo funciona con glucosa, y cuando la última molécula de insulina desaparezca de la sangre, desaparecerá también la posibilidad de que el cerebro use glucosa. Se caerá en el coma y, finalmente, la muerte. El proceso será lento y desagradable. Probablemente, el diabético no esté de acuerdo con este destino. Luchará por sobrevivir, se quejará, se enfadará, se desesperará, rezará, si es creyente; puede que incluso grite o llore. Todo será inútil, al final morirá, al igual que incontables personas enfermas que le precedieron a lo largo de la historia de la Humanidad.

A la izquierda, Teddy Rider en 1922, sometido a una dieta bajísima en calorías, en un intento desesperado por alargar su vida, antes de que estuviera disponible la terapia con insulina. A la derecha, Teddy Rider en 1923, tras un año de tratamiento con insulina.
A nosotros, como seres humanos, nos gusta pensar que tenemos un control total sobre nuestra vida. Llevados por una ilusoria sensación de poder, habrá gente que diga a nuestro paciente diabético tipo I, en plena agonía, que no desespere: que su alma, corazón o espíritu puede sanar a su cuerpo si se lo propone. Incluso puede que haya alguna organización ecologista que abogue, inspirada por su postura ante el arroz dorado, por no inyectarle insulina, alegando que la insulina no cura la diabetes, y que lo importante es curar definitivamente y para siempre la diabetes, y que si le inyectamos insulina estamos desviando la atención del auténtico problema.

Afortunadamente, después de miles de años de historia, sabemos que la única esperanza para el paciente en tránsito es que le inyecten insulina, y si hubiera algún poder mental, espiritual o chamánico que le permitiera reconstruir en cuestión de minutos las células de su cuerpo que producen insulina, bienvenido será, cuando esté disponible. Mientras tanto, el paciente en cuestión morirá, a no ser que se inyecte insulina a tiempo. Y no cualquier cantidad. Si se inyecta demasiada, también morirá. Si se inyecta poca, su salud se deteriorará progresivamente hasta que, igualmente, acabará muriendo de forma prematura.

Investigar y medir la materia parece aburrido y poco profundo, pero lo cierto es que ha mejorado el mundo mucho más profundamente que cualquier creencia en lo sobrenatural (sobrenatural: aquello que está más allá de lo natural, es decir, más allá de lo material y mensurable). En la primera imagen, Santiago Ramón y Cajal en el laboratorio de su casa, justo debajo podemos ver uno de sus dibujos. En la imagen que hay justo encima de estas líneas, Pierre y Marie Curie.
Puede que la palabra supercalifragilisticoespialidoso le parezca una palabra difícil, al igual que lo que está leyendo, pero es sólo porque no conoce la molécula de insulina. Es mucho más compleja que cualquier palabra que usted se pueda inventar y pronunciar sin respirar. Está formada por un montón de letras, es decir, de átomos, agrupados todos ellos en pequeños conjuntos llamados aminoácidos que, a su vez, se unen para formar una cadena muy larga y, por si fuera poco, plegada de una forma determinada (si se plegara de otra forma, no serviría). Ciertamente, es una palabra muy enrevesada. Puedo poner un ejemplo más sencillo: la cafeína.

Representación gráfica de la molécula de cafeína. Las esferas representan átomos y las barras, enlaces entre ellos. Las esferas negras corresponden a átomos de carbono, las rojas, a átomos de oxígeno, las azules, de nitrógeno y las blancas, de hidrógeno.
La cafeína es una molécula muchísimo más simple que la insulina. Tiene un efecto estimulante sobre nuestro organismo que todos hemos experimentado alguna vez, o podemos experimentar si lo deseamos. Si ingerimos al menos 75 mg (es decir, 75 milésimas partes de un gramo), mejora los procesos cognitivos relacionados con la atención, la memoria y el aprendizaje. Personalmente, si me pongo a trabajar después de tomar un café, me siento más despierto y creativo. Si se consumen 4 mg por kilo de peso una hora antes de realizar ejercicio, disminuye la sensación de cansancio durante la realización de éste. Ahora bien, consumir más de 300 mg de cafeína de golpe, se considera una sobredosis aguda porque puede dar lugar a irritación y nerviosismo. Un café expreso suele tener unos 100 mg de cafeína, aunque según qué café se utilice y cómo sea la forma de prepararlo, esta cantidad puede llegar a los 180 mg; en cualquier caso, se trata de una cantidad que aún queda lejos de la frontera de los 300 mg. En el otro extremo tenemos el café descafeinado.

¿Cuánta cafeína tiene el café descafeinado? Unos pocos miligramos. Según la Organización Internacional del Café (ICO, por sus siglas en inglés), 3 mg por taza como máximo, con el objetivo de cumplir con las normas de la CE. Si la taza es pequeña, probablemente no haya más de 1 mg, es decir, unas cien veces menos que en una taza de expreso y, por lo tanto, estamos muy lejos del umbral de los 75 mg. ¿Significa esto que prácticamente no quedan moléculas de cafeína en el café descafeinado? En absoluto, el que estemos lejos de conseguir un efecto apreciable en nuestro cerebro no significa que no queden moléculas de cafeína en el café. De hecho, aún quedan un auténtico montón de moléculas. Y podemos calcular cuántas.

Sabemos que una molécula de cafeína está formada por ocho átomos de carbono, diez de hidrógeno, cuatro de nitrógeno y dos de oxígeno (C8H10N4O2). Esto significa que la masa molar de la cafeína es de aproximadamente 194,194 unidades de masa atómica, es decir: necesitamos 194,194 gramos de cafeína para tener 6,022x1023 moléculas (un mol) de cafeína. Teniendo esto en cuenta, podemos calcular que en 100 mg de cafeína habrá unas 3,1x1020 moléculas de cafeína; y en 1mg, cien veces menos: 3,1x1018 moléculas de cafeína. Esto significa que en un café descafeinado hay aún alrededor de unos tres trillones de moléculas de cafeína. A pesar de que este número nos pueda parecer una cantidad descomunal, a escala molecular, que es la escala a la que el Universo lee el libro de la vida, no es nada. En el caso de la cafeína, al menos, es insignificante, insuficiente para provocar efecto alguno en nuestro cerebro.


¿Demasiados números y demasiado grandes? Realmente, nuestro cerebro no está preparado para visualizar números tan gigantescos, diez a la veintitrés, trillones..., ni siquiera puede hacerse una idea aproximada de lo que significan, a no ser que se esfuerce un poco. Con un poco de trabajo, sí podemos llegar a intuir su enorme magnitud, y asombrarnos. Para motivarle a realizar este trabajo, pondré un ejemplo más sencillo, con una molécula aún más simple: el etanol, pero necesitaré una copa de vino y varias piscinas olímpicas y, aun así, o quizá precisamente por eso, comprender estos números y cuán diminutas son las moléculas, requerirá un esfuerzo sincero de imaginación.

Representación gráfica de la molécula de etanol. Las esferas representan átomos y las barras, enlaces entre ellos. Las esferas negras corresponden a átomos de carbono, las rojas, a átomos de oxígeno y las blancas, de hidrógeno.

Podemos renunciar al café, a las Matemáticas y a muchas otras cosas, pero si renunciamos a la imaginación, quedaremos a merced de las ruedas de molino que producen continuamente la harina de la realidad, y no seremos más que granos de trigo indefensos. Así que hagamos este pequeño esfuerzo: pensemos en una copa llena de buen vino y en cuatro piscinas olímpicas, una al lado de la otra. La copa de vino no tiene por qué ser muy grande, basta con una de 200 ml, es decir, de 200 mililitros (milésimas partes de litro), y el vino, supongamos, es de una graduación de 13,5%, lo que significa que tenemos 135 ml de etanol por litro de vino y, por lo tanto, 27 ml en nuestra copa.
El etanol es una molécula aún más pequeña que la de cafeína. Si la ingerimos en suficiente cantidad, todos sabemos lo que ocurre, aunque a veces haya personas que se comporten como si no lo supieran. Para escribir esta pequeña palabra, bastan dos átomos de carbono, uno de oxígeno y seis de hidrógeno. Con tal composición, son suficientes 46,07 g de etanol para tener 6,022x1023 moléculas de etanol. Sabiendo que la densidad del etanol a 25ºC es de 789 kilogramos por metro cúbico, y que 27 ml son 2,7x10-5 metros cúbicos, llegamos a la conclusión de que en nuestra copa tenemos 21,30 gramos de etanol y, por lo tanto, 2,784x1023 moléculas de etanol. No es necesario que me crea: usted mismo puede realizar los cálculos. Tómese su tiempo. Por cierto, en ningún momento he dicho que estuviéramos a 25ºC de temperatura, pero seguro que después de haber imaginado cuatro piscinas olímpicas una al lado de la otra, no supondrá un gran esfuerzo imaginar además que estamos a 25ºC de temperatura. ¿Ha acabado ya? Pues sigamos.


El caso es que volvemos a tener números inconcebiblemente altos, pero no se preocupe: aún no hemos acabado. El siguiente paso en nuestro personal ejercicio de imaginación nos ayudará no ya a visualizar, porque eso es imposible, pero sí al menos a concebir un poco mejor la enorme magnitud de los números de los que estamos hablando y a entender lo increíblemente minúsculos que son los átomos y las moléculas. Imagine, pues, que por cada molécula de etanol le dan un céntimo de euro. Sí: imagine que usted va sacando todas y cada una de las moléculas de etanol que contiene el vino, una a una, hasta que se queda sin ninguna, y por cada una de ellas le dan un céntimo de euro. De esta forma, reunirá una cierta cantidad de dinero. La pregunta que hay que hacerse a continuación es: si decidiera gastar este dinero al ritmo de un millón de euros cada segundo, ¿cuánto tiempo le duraría el dinero?

Una molécula de etanol, un céntimo de euro.

Cada molécula es un céntimo de euro, y cada cien céntimos, un euro; además, por cada millón de euros, usted gana un segundo de tiempo. ¿Cuánto tiempo, exactamente? Pues resulta que si nos dieran un céntimo de euro por cada molécula de etanol que hay en nuestra copa de vino, podríamos estar gastando un millón de euros cada segundo durante poco más de ochenta y ocho millones de años (ese “poco más” son casi trescientos mil años). Si transformamos las moléculas en dinero, y con él compramos tiempo, resulta que en nuestra copa de vino sostenemos casi cien millones de años.


El siguiente paso es restituir todas las moléculas de etanol al vino y tirar el contenido de la copa de 200 ml en la primera piscina olímpica, que estará llena de agua hasta el borde. Si esperamos el tiempo suficiente, el contenido de la copa se diluirá en todo el volumen de la piscina. A continuación, llenamos de nuevo la copa con el contenido de esta primera piscina. ¿Cuánto etanol tendremos en la copa? Inicialmente teníamos, recordémoslo, 21,30 gramos de etanol. Estos gramos iniciales se han tenido que repartir en todo el volumen de la piscina olímpica. El volumen de una piscina olímpica suele estar alrededor de 2500 metros cúbicos. Si dividimos la masa de etanol entre el volumen de la piscina, obtendremos la densidad de etanol en la piscina olímpica.

Al hacer los cálculos, veremos que esta densidad es de 8,52x10-9 gramos de etanol por ml y, por lo tanto, tendremos 1,70x10-6 gramos de etanol en la copa de 200 ml, aproximadamente. Puede parecer una cantidad pequeña, y de hecho lo es: nadie se emborrachará si se bebe la copa. Sin embargo, en esta segunda copa, quedan aún suficientes moléculas de etanol como para estar gastando un millón de euros cada segundo, si nos dieran un céntimo por cada una de ellas, durante nada menos que siete años y unos veintitrés días.


Siete años no son ochenta y ocho millones de años, pero ya nos gustaría a muchos de nosotros poder tener ese ritmo de gasto de un millón de euros por segundo aunque sólo fuera durante siete años (o aunque sólo fuera durante veintitrés días).

Repitamos el proceso. Demos un pequeño paseo hasta la segunda piscina olímpica, que también deberá estar llena de agua hasta el borde, y derramemos el contenido de la segunda copa en ella. ¿Cuántas moléculas quedarán en nuestra copa si, después de esperar un tiempo prudencial, volvemos a llenarla con agua de la piscina? Pues las suficientes aún como para estar gastando un millón de euros por segundo durante casi 18 segundos.

Hagámoslo de nuevo. Paseemos hasta la tercera piscina olímpica que, como las anteriores, deberá estar llena de agua hasta el borde. Es un buen momento para recordar que todo este ejercicio no tenemos por qué llevarlo a cabo en soledad. Podemos invitar a nuestros amigos y conversar relajadamente con ellos. Además, estoy seguro de que Tales de Mileto, Demócrito, Leucipo, Sócrates, Platón, Aristóteles e Hipatia estarán encantados de acompañarnos. No les privemos de esta inolvidable experiencia y, bajo su atenta mirada, derramemos en la tercera piscina el contenido de la copa. Conversemos bajo la luz de las estrellas. Incluso podríamos aprovechar para nadar un poco, y así ayudar a la dilución del etanol. Cuando ésta se haya logrado, llenemos de nuevo nuestra copa con agua de la piscina.


Reflexionemos, y compartamos nuestras reflexiones.

¿Quedarán aún moléculas de etanol en la copa? ¿Existirá la palabra etanol en el libro abierto que es el agua que contiene la copa? Sí: existirá. Y esta vez, además, en una cantidad muy manejable: 142 moléculas. Obtendríamos un euro y cuarenta y dos céntimos. Podríamos sostener el ritmo de gasto durante una millonésima de segundo, aproximadamente.


Compartir es imprescindible para el progreso de la Humanidad (en la imagen, asistentes al Congreso Solvay de 1927).

Caminemos hasta la cuarta, y última, piscina. Podemos convocar a más amigos: Antoine Lavosier, John Dalton, Robert Brown y Albert Einstein, por ejemplo. Si usted no sabe qué decir, no se preocupe: ya sacarán ellos temas de conversación. Tienen muchas cosas de qué hablar. ¿Cuántas moléculas de etanol quedarán en nuestra copa después de repetir todo el proceso en la cuarta piscina? Muy probablemente, ahora sí, ninguna. Tendríamos que llenar la copa unas cien mil veces para estar razonablemente seguros de que al menos una vez hemos recogido una sola molécula de etanol con ella.

Llegados a este punto, reflexionemos.

Según la homeopatía, una copa de la cuarta piscina podría curarnos una borrachera; sólo porque lo que provoca los síntomas, el alcohol, ha sido diluido muchísimo y eso haría posible que el cuerpo reaccionara y se sanara a sí mismo. Sin embargo, por lo que sabemos sobre la constitución de la materia, esto no tiene sentido. A pesar de todo, podríamos haber incluido a Samuel Hahnemann, inventor de la homeopatía, entre nuestros amigos. Tendríamos mucho de qué hablar. Propuso la homeopatía como método de curación pocos años antes de que John Dalton propusiera su teoría atómica. Era un observador metódico, aunque quizás no muy riguroso. ¿Qué habría pensado si hubiera podido ver los átomos como los vemos actualmente con microscopios de efecto túnel?

Falta poco para el amanecer. Dejamos a nuestros amigos charlando animadamente al lado de las piscinas, bajo la luz de las últimas estrellas. Todos amaban el conocimiento y ninguno de ellos se conformó con el legado que recibió, ninguno fue dócil, todos hicieron un esfuerzo enorme por intentar comprender el Universo. No debería sorprendernos, por lo tanto, que todos ellos se pusieran de acuerdo al final en algo fundamental: para utilizar el lenguaje a nuestro antojo y poder escribir los más bellos poemas... primero hay que aprender bien gramática.