domingo, noviembre 05, 2017

Una copa de vino en mi piscina


Son las responsables de todo lo que ocurre en nuestro cuerpo, y tan diminutas que son invisibles, inodoras e insípidas a no ser que haya una cantidad ingente de ellas. Son las moléculas, los vocablos con los que la Naturaleza se expresa. Si los átomos fueran letras, las moléculas serían palabras, frases, el texto de una obra de teatro capaz de interpretarse continuamente a sí mismo.

(Atención: si usted, por los motivos que fuera, no está familiarizado con los conceptos de "átomo" y "molécula", le recomiendo encarecidamente leer Un cable de cobre en mis manos antes de leer este artículo)

Las moléculas no atienden ni a opiniones ni a deseos humanos: se deben a una gramática mucho más antigua que cualquier gramática humana, tan antigua como el mismo Universo; una ley que no obedece a inquietudes ni aflicciones humanas. Si no se inyecta insulina a un diabético de tipo I, morirá. La insulina es la molécula gracias a la cual la glucosa puede superar la membrana celular; es la llave que abre la célula para que la glucosa pueda acceder a su interior. Sin esta llave, nuestro cuerpo no podría utilizar las moléculas de glucosa. Si la glucosa fuera algo accesorio, prescindible, esto quizá no tuviera mucha importancia, pero resulta que no es así, es fundamental: es de donde obtiene energía nuestro cuerpo. Y sin energía no se puede vivir.

Así que las células del diabético tipo I en cuestión intentarán, desesperadas, obtener energía a partir de otro tipo de moléculas; utilizarán moléculas de grasa, por ejemplo, pero no lograrán hacerlo de forma eficaz y esto producirá una alta concentración de cuerpos cetónicos (otras moléculas) que, poco a poco, irán envenenándolo. La lógica de la Naturaleza se aplicará de forma implacable, como siempre. De hecho, la grasa que sirve momentáneamente para los músculos es inútil para el cerebro: este órgano sólo funciona con glucosa, y cuando la última molécula de insulina desaparezca de la sangre, desaparecerá también la posibilidad de que el cerebro use glucosa. Se caerá en el coma y, finalmente, la muerte. El proceso será lento y desagradable. Probablemente, el diabético no esté de acuerdo con este destino. Luchará por sobrevivir, se quejará, se enfadará, se desesperará, rezará, si es creyente; puede que incluso grite o llore. Todo será inútil, al final morirá, al igual que incontables personas enfermas que le precedieron a lo largo de la historia de la Humanidad.

A la izquierda, Teddy Rider en 1922, sometido a una dieta bajísima en calorías, en un intento desesperado por alargar su vida, antes de que estuviera disponible la terapia con insulina. A la derecha, Teddy Rider en 1923, tras un año de tratamiento con insulina.
A nosotros, como seres humanos, nos gusta pensar que tenemos un control total sobre nuestra vida. Llevados por una ilusoria sensación de poder, habrá gente que diga a nuestro paciente diabético tipo I, en plena agonía, que no desespere: que su alma, corazón o espíritu puede sanar a su cuerpo si se lo propone. Incluso puede que haya alguna organización ecologista que abogue, inspirada por su postura ante el arroz dorado, por no inyectarle insulina, alegando que la insulina no cura la diabetes, y que lo importante es curar definitivamente y para siempre la diabetes, y que si le inyectamos insulina estamos desviando la atención del auténtico problema.

Afortunadamente, después de miles de años de historia, sabemos que la única esperanza para el paciente en tránsito es que le inyecten insulina, y si hubiera algún poder mental, espiritual o chamánico que le permitiera reconstruir en cuestión de minutos las células de su cuerpo que producen insulina, bienvenido será, cuando esté disponible. Mientras tanto, el paciente en cuestión morirá, a no ser que se inyecte insulina a tiempo. Y no cualquier cantidad. Si se inyecta demasiada, también morirá. Si se inyecta poca, su salud se deteriorará progresivamente hasta que, igualmente, acabará muriendo de forma prematura.

Investigar y medir la materia parece aburrido y poco profundo, pero lo cierto es que ha mejorado el mundo mucho más profundamente que cualquier creencia en lo sobrenatural (sobrenatural: aquello que está más allá de lo natural, es decir, más allá de lo material y mensurable). En la primera imagen, Santiago Ramón y Cajal en el laboratorio de su casa, justo debajo podemos ver uno de sus dibujos. En la imagen que hay justo encima de estas líneas, Pierre y Marie Curie.
Puede que la palabra supercalifragilisticoespialidoso le parezca una palabra difícil, al igual que lo que está leyendo, pero es sólo porque no conoce la molécula de insulina. Es mucho más compleja que cualquier palabra que usted se pueda inventar y pronunciar sin respirar. Está formada por un montón de letras, es decir, de átomos, agrupados todos ellos en pequeños conjuntos llamados aminoácidos que, a su vez, se unen para formar una cadena muy larga y, por si fuera poco, plegada de una forma determinada (si se plegara de otra forma, no serviría). Ciertamente, es una palabra muy enrevesada. Puedo poner un ejemplo más sencillo: la cafeína.

Representación gráfica de la molécula de cafeína. Las esferas representan átomos y las barras, enlaces entre ellos. Las esferas negras corresponden a átomos de carbono, las rojas, a átomos de oxígeno, las azules, de nitrógeno y las blancas, de hidrógeno.
La cafeína es una molécula muchísimo más simple que la insulina. Tiene un efecto estimulante sobre nuestro organismo que todos hemos experimentado alguna vez, o podemos experimentar si lo deseamos. Si ingerimos al menos 75 mg (es decir, 75 milésimas partes de un gramo), mejora los procesos cognitivos relacionados con la atención, la memoria y el aprendizaje. Personalmente, si me pongo a trabajar después de tomar un café, me siento más despierto y creativo. Si se consumen 4 mg por kilo de peso una hora antes de realizar ejercicio, disminuye la sensación de cansancio durante la realización de éste. Ahora bien, consumir más de 300 mg de cafeína de golpe, se considera una sobredosis aguda porque puede dar lugar a irritación y nerviosismo. Un café expreso suele tener unos 100 mg de cafeína, aunque según qué café se utilice y cómo sea la forma de prepararlo, esta cantidad puede llegar a los 180 mg; en cualquier caso, se trata de una cantidad que aún queda lejos de la frontera de los 300 mg. En el otro extremo tenemos el café descafeinado.

¿Cuánta cafeína tiene el café descafeinado? Unos pocos miligramos. Según la Organización Internacional del Café (ICO, por sus siglas en inglés), 3 mg por taza como máximo, con el objetivo de cumplir con las normas de la CE. Si la taza es pequeña, probablemente no haya más de 1 mg, es decir, unas cien veces menos que en una taza de expreso y, por lo tanto, estamos muy lejos del umbral de los 75 mg. ¿Significa esto que prácticamente no quedan moléculas de cafeína en el café descafeinado? En absoluto, el que estemos lejos de conseguir un efecto apreciable en nuestro cerebro no significa que no queden moléculas de cafeína en el café. De hecho, aún quedan un auténtico montón de moléculas. Y podemos calcular cuántas.

Sabemos que una molécula de cafeína está formada por ocho átomos de carbono, diez de hidrógeno, cuatro de nitrógeno y dos de oxígeno (C8H10N4O2). Esto significa que la masa molar de la cafeína es de aproximadamente 194,194 unidades de masa atómica, es decir: necesitamos 194,194 gramos de cafeína para tener 6,022x1023 moléculas (un mol) de cafeína. Teniendo esto en cuenta, podemos calcular que en 100 mg de cafeína habrá unas 3,1x1020 moléculas de cafeína; y en 1mg, cien veces menos: 3,1x1018 moléculas de cafeína. Esto significa que en un café descafeinado hay aún alrededor de unos tres trillones de moléculas de cafeína. A pesar de que este número nos pueda parecer una cantidad descomunal, a escala molecular, que es la escala a la que el Universo lee el libro de la vida, no es nada. En el caso de la cafeína, al menos, es insignificante, insuficiente para provocar efecto alguno en nuestro cerebro.


¿Demasiados números y demasiado grandes? Realmente, nuestro cerebro no está preparado para visualizar números tan gigantescos, diez a la veintitrés, trillones..., ni siquiera puede hacerse una idea aproximada de lo que significan, a no ser que se esfuerce un poco. Con un poco de trabajo, sí podemos llegar a intuir su enorme magnitud, y asombrarnos. Para motivarle a realizar este trabajo, pondré un ejemplo más sencillo, con una molécula aún más simple: el etanol, pero necesitaré una copa de vino y varias piscinas olímpicas y, aun así, o quizá precisamente por eso, comprender estos números y cuán diminutas son las moléculas, requerirá un esfuerzo sincero de imaginación.

Representación gráfica de la molécula de etanol. Las esferas representan átomos y las barras, enlaces entre ellos. Las esferas negras corresponden a átomos de carbono, las rojas, a átomos de oxígeno y las blancas, de hidrógeno.

Podemos renunciar al café, a las Matemáticas y a muchas otras cosas, pero si renunciamos a la imaginación, quedaremos a merced de las ruedas de molino que producen continuamente la harina de la realidad, y no seremos más que granos de trigo indefensos. Así que hagamos este pequeño esfuerzo: pensemos en una copa llena de buen vino y en cuatro piscinas olímpicas, una al lado de la otra. La copa de vino no tiene por qué ser muy grande, basta con una de 200 ml, es decir, de 200 mililitros (milésimas partes de litro), y el vino, supongamos, es de una graduación de 13,5%, lo que significa que tenemos 135 ml de etanol por litro de vino y, por lo tanto, 27 ml en nuestra copa.
El etanol es una molécula aún más pequeña que la de cafeína. Si la ingerimos en suficiente cantidad, todos sabemos lo que ocurre, aunque a veces haya personas que se comporten como si no lo supieran. Para escribir esta pequeña palabra, bastan dos átomos de carbono, uno de oxígeno y seis de hidrógeno. Con tal composición, son suficientes 46,07 g de etanol para tener 6,022x1023 moléculas de etanol. Sabiendo que la densidad del etanol a 25ºC es de 789 kilogramos por metro cúbico, y que 27 ml son 2,7x10-5 metros cúbicos, llegamos a la conclusión de que en nuestra copa tenemos 21,30 gramos de etanol y, por lo tanto, 2,784x1023 moléculas de etanol. No es necesario que me crea: usted mismo puede realizar los cálculos. Tómese su tiempo. Por cierto, en ningún momento he dicho que estuviéramos a 25ºC de temperatura, pero seguro que después de haber imaginado cuatro piscinas olímpicas una al lado de la otra, no supondrá un gran esfuerzo imaginar además que estamos a 25ºC de temperatura. ¿Ha acabado ya? Pues sigamos.


El caso es que volvemos a tener números inconcebiblemente altos, pero no se preocupe: aún no hemos acabado. El siguiente paso en nuestro personal ejercicio de imaginación nos ayudará no ya a visualizar, porque eso es imposible, pero sí al menos a concebir un poco mejor la enorme magnitud de los números de los que estamos hablando y a entender lo increíblemente minúsculos que son los átomos y las moléculas. Imagine, pues, que por cada molécula de etanol le dan un céntimo de euro. Sí: imagine que usted va sacando todas y cada una de las moléculas de etanol que contiene el vino, una a una, hasta que se queda sin ninguna, y por cada una de ellas le dan un céntimo de euro. De esta forma, reunirá una cierta cantidad de dinero. La pregunta que hay que hacerse a continuación es: si decidiera gastar este dinero al ritmo de un millón de euros cada segundo, ¿cuánto tiempo le duraría el dinero?

Una molécula de etanol, un céntimo de euro.

Cada molécula es un céntimo de euro, y cada cien céntimos, un euro; además, por cada millón de euros, usted gana un segundo de tiempo. ¿Cuánto tiempo, exactamente? Pues resulta que si nos dieran un céntimo de euro por cada molécula de etanol que hay en nuestra copa de vino, podríamos estar gastando un millón de euros cada segundo durante poco más de ochenta y ocho millones de años (ese “poco más” son casi trescientos mil años). Si transformamos las moléculas en dinero, y con él compramos tiempo, resulta que en nuestra copa de vino sostenemos casi cien millones de años.


El siguiente paso es restituir todas las moléculas de etanol al vino y tirar el contenido de la copa de 200 ml en la primera piscina olímpica, que estará llena de agua hasta el borde. Si esperamos el tiempo suficiente, el contenido de la copa se diluirá en todo el volumen de la piscina. A continuación, llenamos de nuevo la copa con el contenido de esta primera piscina. ¿Cuánto etanol tendremos en la copa? Inicialmente teníamos, recordémoslo, 21,30 gramos de etanol. Estos gramos iniciales se han tenido que repartir en todo el volumen de la piscina olímpica. El volumen de una piscina olímpica suele estar alrededor de 2500 metros cúbicos. Si dividimos la masa de etanol entre el volumen de la piscina, obtendremos la densidad de etanol en la piscina olímpica.

Al hacer los cálculos, veremos que esta densidad es de 8,52x10-9 gramos de etanol por ml y, por lo tanto, tendremos 1,70x10-6 gramos de etanol en la copa de 200 ml, aproximadamente. Puede parecer una cantidad pequeña, y de hecho lo es: nadie se emborrachará si se bebe la copa. Sin embargo, en esta segunda copa, quedan aún suficientes moléculas de etanol como para estar gastando un millón de euros cada segundo, si nos dieran un céntimo por cada una de ellas, durante nada menos que siete años y unos veintitrés días.


Siete años no son ochenta y ocho millones de años, pero ya nos gustaría a muchos de nosotros poder tener ese ritmo de gasto de un millón de euros por segundo aunque sólo fuera durante siete años (o aunque sólo fuera durante veintitrés días).

Repitamos el proceso. Demos un pequeño paseo hasta la segunda piscina olímpica, que también deberá estar llena de agua hasta el borde, y derramemos el contenido de la segunda copa en ella. ¿Cuántas moléculas quedarán en nuestra copa si, después de esperar un tiempo prudencial, volvemos a llenarla con agua de la piscina? Pues las suficientes aún como para estar gastando un millón de euros por segundo durante casi 18 segundos.

Hagámoslo de nuevo. Paseemos hasta la tercera piscina olímpica que, como las anteriores, deberá estar llena de agua hasta el borde. Es un buen momento para recordar que todo este ejercicio no tenemos por qué llevarlo a cabo en soledad. Podemos invitar a nuestros amigos y conversar relajadamente con ellos. Además, estoy seguro de que Tales de Mileto, Demócrito, Leucipo, Sócrates, Platón, Aristóteles e Hipatia estarán encantados de acompañarnos. No les privemos de esta inolvidable experiencia y, bajo su atenta mirada, derramemos en la tercera piscina el contenido de la copa. Conversemos bajo la luz de las estrellas. Incluso podríamos aprovechar para nadar un poco, y así ayudar a la dilución del etanol. Cuando ésta se haya logrado, llenemos de nuevo nuestra copa con agua de la piscina.


Reflexionemos, y compartamos nuestras reflexiones.

¿Quedarán aún moléculas de etanol en la copa? ¿Existirá la palabra etanol en el libro abierto que es el agua que contiene la copa? Sí: existirá. Y esta vez, además, en una cantidad muy manejable: 142 moléculas. Obtendríamos un euro y cuarenta y dos céntimos. Podríamos sostener el ritmo de gasto durante una millonésima de segundo, aproximadamente.


Compartir es imprescindible para el progreso de la Humanidad (en la imagen, asistentes al Congreso Solvay de 1927).

Caminemos hasta la cuarta, y última, piscina. Podemos convocar a más amigos: Antoine Lavosier, John Dalton, Robert Brown y Albert Einstein, por ejemplo. Si usted no sabe qué decir, no se preocupe: ya sacarán ellos temas de conversación. Tienen muchas cosas de qué hablar. ¿Cuántas moléculas de etanol quedarán en nuestra copa después de repetir todo el proceso en la cuarta piscina? Muy probablemente, ahora sí, ninguna. Tendríamos que llenar la copa unas cien mil veces para estar razonablemente seguros de que al menos una vez hemos recogido una sola molécula de etanol con ella.

Llegados a este punto, reflexionemos.

Según la homeopatía, una copa de la cuarta piscina podría curarnos una borrachera; sólo porque lo que provoca los síntomas, el alcohol, ha sido diluido muchísimo y eso haría posible que el cuerpo reaccionara y se sanara a sí mismo. Sin embargo, por lo que sabemos sobre la constitución de la materia, esto no tiene sentido. A pesar de todo, podríamos haber incluido a Samuel Hahnemann, inventor de la homeopatía, entre nuestros amigos. Tendríamos mucho de qué hablar. Propuso la homeopatía como método de curación pocos años antes de que John Dalton propusiera su teoría atómica. Era un observador metódico, aunque quizás no muy riguroso. ¿Qué habría pensado si hubiera podido ver los átomos como los vemos actualmente con microscopios de efecto túnel?

Falta poco para el amanecer. Dejamos a nuestros amigos charlando animadamente al lado de las piscinas, bajo la luz de las últimas estrellas. Todos amaban el conocimiento y ninguno de ellos se conformó con el legado que recibió, ninguno fue dócil, todos hicieron un esfuerzo enorme por intentar comprender el Universo. No debería sorprendernos, por lo tanto, que todos ellos se pusieran de acuerdo al final en algo fundamental: para utilizar el lenguaje a nuestro antojo y poder escribir los más bellos poemas... primero hay que aprender bien gramática.

domingo, octubre 15, 2017

Un cable de cobre en mis manos

Me temo que para muchas personas pensar equivale a sufrir. “¡No te comas el coco!”, hemos oído todos alguna vez, quizás incluso acompañado con alguna expresión de impaciencia y algún que otro gesto imperativo. Un consejo que, sin duda, habrá obrado milagros, igual que las pócimas mágicas de los curanderos. Para los físicos, en cambio, pensar equivale a jugar.

Plantear preguntas y perseguir respuestas es un placer (un placer del que, estoy seguro, no sólo disfrutan los físicos) que no tiene nada que envidiar a los juegos infantiles disfrutados en un momento de nuestra vida, la infancia, en el que éramos totalmente libres. Imaginar, elucubrar, relacionar, lanzar hipótesis como cometas al viento… y comprobarlas, indagar, dudar… son impulsos irrenunciables para todos aquellos a los que nos gusta descubrir tesoros ocultos.

Pensar es navegar a la búsqueda de tesoros

Y es, además, un placer en el que todo el mundo puede participar. Por ejemplo, imaginemos un cable de cobre común y corriente, de un metro de longitud, por decir algo, porque la longitud da igual, siempre y cuando sea un cable finito. Supongamos que lo cortamos con unas tijeras por la mitad y nos quedamos con una de las mitades. Seguimos teniendo un cable de cobre, de longitud menor, pero cable, y de cobre, al fin y al cabo.

Supongamos ahora que repetimos la operación, de forma que obtenemos cables cada vez más cortos, hasta llegar a un punto en el que ya no podemos llamarlo cable, aunque sí podamos llamarlo trozo (trocito) de cobre.

La pregunta es: ¿podemos seguir dividiendo indefinidamente este trocito sin que deje de ser cobre nunca? ¿O llegará un momento en el que dejaremos de tener cobre?

Nunca subestimen el poder del cobre.


Sé que las preguntas molestan, pero hay que reconocer que si hoy tenemos vacunas, teléfonos, comida y agua sanitariamente garantizada y a precios asequibles, gafas, aviones y, sobre todo, no tenemos miedo, ni a los cometas ni a otros fenómenos naturales, es gracias a personas que jugaron incansablemente a responderlas. Y, además, porque jugaron de una forma peculiar: querían encontrar respuestas que tuvieran algo que ver con la realidad, no les valía cualquier ocurrencia, por bonita que fuera.

Cuando juegas de esta peculiar forma, tienes que atenerte a unas reglas porque, si no, acabas construyendo aviones que no vuelan o sintetizando vacunas que no previenen frente a nada.

Cuando quieres ganar el juego, tienes que conocer las reglas, no vale cualquier ocurrencia (Fotograma de "El séptimo sello").
De hecho, cuando se juega de esta forma tan peculiar, es decir, cuando queremos que nuestras respuestas tengan algo que ver con la realidad, sólo hay una respuesta posible a la pregunta sobre el cable de cobre que se divide una y otra vez, y es no: no podemos dividir el cable de cobre una y otra vez, indefinidamente, y seguir teniendo cobre. Llegará un momento en el que lo que tengamos ya no será cobre.

A las partículas que tengamos justo antes de la última división que nos dejará sin cobre, es decir, aquella debido a la cual lo que quede ya no será cobre, las llamamos átomos de cobre. Los átomos de cobre son los últimos trocitos de nuestro cable original que aún tienen características propias del cobre. Se pueden seguir dividiendo y, de hecho, aún hoy en día nadie sabe muy bien hasta cuándo, pero lo que obtengamos ya no será cobre.

¿Y qué ocurriría si en lugar de cobre utilizáramos hierro, o uranio? Exactamente lo mismo.

En realidad, todo a nuestro alrededor está formado por átomos: las células de nuestro cuerpo, el aire que respiramos, la ropa que llevamos, las mesas, las sillas, las montañas, el agua, las plantas... todo. Si troceáramos una y otra vez cualquier materia que nos rodea o que nos forma, en cualquier estado que se encontrara, sólido, líquido o gaseoso, acabaríamos encontrándonos siempre con la misma realidad física: los átomos.

Los átomos son partículas tan pequeñas, que no pueden percibirse con nuestros sentidos, a no ser que los agudicemos mediante máquinas especiales y, además, la razón nos ayude a interpretar lo que captemos gracias a estas máquinas. Nuestra vista, nuestro tacto o cualquier otro de nuestros sentidos, aunque nos parezcan magníficos (y, hasta cierto punto, lo sean), la verdad es que nos ofrecen una imagen demasiado gruesa de la realidad. Debido al poco detalle que nos proporcionan, cuando contemplamos nuestro entorno, o a nosotros mismos, o tocamos la superficie de una mesa o nuestra propia piel, tenemos la impresión de que la materia es continua.



Pero si observáramos con un microscopio de suficientes aumentos (microscopios que ya existen) veríamos que, en realidad, todo, absolutamente todo, está formado por granitos extremadamente pequeños, por partículas minúsculas.


Puede parecer una idea extraña, y realmente lo es; como mínimo, contraria a la intuición. Aun así, se puede poner un ejemplo fácilmente accesible a cualquiera y que puede ayudar a entender la situación. Al observar una playa desde lejos, por ejemplo, se tiene la percepción de que la arena es un material continuo; sin embargo, al acercarse lo suficiente, enseguida se ve que, de hecho, está formada por infinidad de corpúsculos: los granos de arena.

Otro ejemplo: si se observa un bosque frondoso a distancia, tendremos la impresión de que el verde de las copas de los árboles forma una superficie continua, tal vez con diferentes matices de verde, pero continua. Al acercarnos, comprobaremos de nuevo que lo que nos parecía regular es en realidad el resultado de la unión de miles o de millones de pequeñas hojas individuales.

Pues bien, cuando observamos una mesa, un vaso de agua o nuestra propia mano es como si contempláramos una playa, o un bosque, desde la distancia. Ahí están los átomos, a millones, a trillones, aunque no podamos verlos a simple vista.



¿Son todos los átomos iguales? No, hay diferentes tipos, cada uno de ellos con sus propias características. Los de cobre no son iguales a los de hierro, o a los de uranio. En la Naturaleza, de forma espontánea, se dan 92 tipos diferentes. En laboratorios especiales, se pueden crear unos cuantos más de forma artificial.

Cada tipo de átomo se corresponde con un elemento químico diferente: hidrógeno, carbono, nitrógeno, calcio, magnesio, etc… Así hasta noventa y dos si contamos sólo los que se dan de forma natural, y hasta ciento dieciocho si añadimos los artificiales.

Todos ellos se pueden ordenar en una tabla en la que hay siete filas y dieciocho columnas. Se llama tabla periódica de los elementos químicos, y fue propuesta por primera vez por el químico ruso Dimitri Mendeléyev (1834-1907).

Tabla periódica de los elementos químicos 
https://www.iupac.org/cms/wp-content/uploads/2015/07/IUPAC_Periodic_Table-28Nov16.jpg 
Hoy en día, para designar a los átomos se usan letras: la letra “h”, en mayúsculas, designa a los átomos de hidrógeno; o pares de letras: el par “Co” designa a los átomos de cobalto. En la tabla periódica se pueden ver todos los elementos químicos que existen en la Naturaleza representados por la letra, o el par de letras, correspondiente. La letra, o el par de letras, que designan a cada elemento químico se llama símbolo químico y se establece para cada elemento en base a un acuerdo internacional. La organización que se encarga de velar por este acuerdo es la International Union of Pure and Applied Chemistry, la Unión Internacional de la Química Pura y Aplicada (abreviado IUPAC, por sus siglas en inglés). La IUPAC es la autoridad mundial en nomenclatura química, terminología, métodos de medida estandarizados, pesos atómicos y todo tipo de datos críticos relacionados con los elementos químicos.

Los elementos químicos son las letras con las que el Universo escribe el drama de la vida. Combinando esas noventa y dos letras se generan todas las palabras que nos forman a nosotros, y a nuestro entorno. No hay más.

Los átomos que constituyen el cuerpo y la savia de un árbol son los mismos que constituyen nuestro cuerpo y nuestra sangre, o los de una lombriz. Lo que nos diferencia entre nosotros no son las letras que nos configuran sino el orden en el que se combinan. Cien años de soledad y El árbol de la Ciencia están escritos con el mismo abecedario, pero las historias que narran son totalmente diferentes porque las letras se sitúan en un orden diferente.

Además, basta con echar un vistazo al interior de cualquier libro para darse cuenta de que las letras no están aisladas las unas de las otras sino que la inmensa mayoría de ellas se unen formando grupúsculos más o menos grandes. Lo mismo ocurre con los átomos.

Este es un punto importante. Si observáramos con un super-microscopio suficientemente potente, no veríamos a los átomos aislados, impolutos cual canicas brillantes y autosuficientes en su perfección, sino que los veríamos unidos, asociados, entrelazados, pegados, enganchados a otros átomos.

Estas agrupaciones de átomos es lo que llamamos moléculas. Es decir, los átomos, al unirse, forman moléculas de la misma forma que las letras forman palabras. Y al igual que hay palabras más sencillas y otras más complicadas, hay también moléculas más sencillas y otras más complicadas.

A la izquierda, representación de una molécula de agua (un átomo de oxígeno enlazado con dos átomos de hidrógeno); a la derecha, una representación de una molécula de metano (un átomo de carbono enlazado con cuatro de hidrógeno). El metano es el principal componente del gas natural.

La hemoglobina está formada por 2952 átomos de carbono, 4664 átomos de hidrógeno, 832 de oxígeno, 812 de nitrógeno, 8 de azufre y 4 de hierro, y todos ellos ordenados de una forma determinada.
Para explicar qué es una molécula también se puede recurrir a un ejemplo parecido al del cable de cobre. Supongamos que tenemos una columna de agua congelada; e imaginemos que la dividimos en dos continuamente hasta llegar a un punto en el que, si volviéramos a dividir, dejaríamos de tener agua. En este punto, lo que tenemos es una molécula de agua. Está formada por un átomo de oxígeno enlazado con dos átomos de hidrógeno. Si la dividimos, dejamos de tener agua.

Bueno, en realidad, para tener agua tal como la conocemos en nuestra experiencia cotidiana hemos de tener millones y millones de moléculas de agua porque es la interacción entre ellas lo que crea las propiedades características de la substancia a la que llamamos “agua”. Sin embargo, de alguna forma, podemos decir que la molécula es la unidad mínima, el bloque básico, a partir del cual construir la substancia, de la misma forma que el átomo es la unidad mínima que conserva las características del elemento químico.

No existen átomos de agua, pero sí moléculas de agua, de la misma forma que no existen átomos de sal de mesa o átomos de azúcar, pero sí moléculas de sal o moléculas de azúcar (o, por concretar, de glucosa). Es decir, no todas las substancias son elementos químicos puros, pero sí todas las substancias tienen unidades mínimas, a las que llamamos moléculas, que conservan las propiedades de la substancia. Si rompemos las moléculas en fragmentos más pequeños, no recuperaremos las propiedades de la substancia inicial por muchos fragmentos que reunamos. En cambio, si reunimos muchas moléculas, sí recuperaremos la substancia.

Por ejemplo, una molécula de glucosa conserva el sabor dulce (bueno, en realidad, aquí ocurre como con el agua: necesitaríamos tener millones de moléculas de glucosa para sentir el sabor dulce) pero si la dividiéramos en los átomos que la forman sólo tendríamos carbono, oxígeno e hidrógeno. Si reuniéramos muchos de esos átomos sólo tendríamos montones de carbono, oxígeno e hidrógeno, pero no glucosa.

Es más, si reordenáramos esos átomos, podríamos acabar teniendo otra substancia distinta a la glucosa. Efectivamente: si combináramos los mismos átomos que forman la glucosa de una forma diferente entonces podríamos tener, por ejemplo, etanol (el alcohol común de cualquier bebida alcohólica); o cafeína, si añadiéramos algún átomo de nitrógeno, o benceno, si prescindiéramos del oxígeno.

Puede que esto de reordenar átomos nos parezca un vulgar juego de trileros pero es, de hecho, en lo que se basa toda la vida que conocemos. No hay excepción. Todos los seres vivos tienen la capacidad innata de reordenar átomos; sin esta capacidad no es que no pudieran vivir: es que no habrían podido ser. En nuestro cuerpo, y en el de cualquier organismo vivo, ocurre constantemente: las células elaboran unas substancias a partir de otras, y gracias a estos procesos obtenemos la energía y la materia que necesitamos.

Estas reordenaciones de átomos se llaman reacciones químicas, y no sólo se dan en los seres vivos: se dan a todo nuestro alrededor y, tal y como se acaba de explicar, en nosotros también. Nosotros no somos una excepción, un mundo aparte, ni como seres vivos ni como humanos: en nosotros también rigen las leyes de la Química y de la Física. Estas leyes son, de hecho, las reglas del juego y los cimientos sobre los que se construye nuestra conciencia.

Un ejemplo muy importante de reacción química es la fotosíntesis, el proceso por el cual las plantas son capaces de reordenar los átomos que forman las moléculas de agua y dióxido de carbono para formar glucosa, siempre y cuando dispongan de luz solar. El residuo de esta reacción es el gas oxígeno, formado por moléculas de oxígeno, que están constituidas cada una de ellas por dos átomos de oxígeno enlazados entre sí. Es un residuo fundamental para todos aquellos seres vivos que respiramos (y esto incluye a las plantas). 

De una forma muy simplificada, se puede decir que en la fotosíntesis ocurre lo siguiente:


cuyo significado es: seis moléculas de dióxido de carbono reaccionan con seis moléculas de agua para formar una molécula de glucosa y seis moléculas de gas oxígeno. Las letras H designan átomos de hidrógeno, las O, átomos de oxígeno, y las C, de carbono.

Con las noventa y dos letras de la tabla periódica el Universo puede formar una variedad casi infinita de moléculas. Las moléculas son las palabras que forman todo. Nuestros cuerpos son libros vivos en los que miles de palabras interactúan entre ellas según la gramática que imponen las leyes de la Física y la Química. Y no son volúmenes estancos: están abiertos al planeta entero, con el que intercambian continuamente materia y energía. Estudiar, pensar, jugar… es aprender a leer el Universo.



sábado, abril 22, 2006

Todas las neveras de mi infancia.

Esta mañana he entrado en la cocina y he visto a mi hermana abrazada a la nevera nueva. La nevera nueva es un armario enorme que lleva adosado un motor que produce frío. Un armario lleno de comida, no de camisas. Como cabe mucha más comida en esta nueva nevera que en la anterior, el abrazo de mi hermana lo he considerado un gesto de gratitud y, teniendo en cuenta cómo es mi casa y cómo es mi familia, no le he dado más importancia y me he puesto a desayunar. Supongo que lo lógico hubiera sido abrazarse a mis padres como señal de gratitud, pero cuando la lógica de uno sigue un patrón caótico en lugar de aristotélico estas son las cosas que pueden ocurrir: acabar abrazado a una nevera o sentirse identificado con una piedra, como Girondo o Blas de Otero. El caso es que al cabo de un rato me he dado cuenta de que estaba equivocado: no era un gesto de agradecimiento. Me he dado cuenta porque mientras desayunaba he oído un gemido y, por un momento, aunque me resultaba extraño, he pensado que era alguno de los componentes gatunos de la familia: pero no, al girarme no he visto a ninguno de los miembros de la familia que suelen desplazarse a cuatro patas. Entonces mi hermana y yo nos hemos quedado mirando unos segundos en silencio y ella, al ver mi desconcierto, me lo ha explicado todo: "Es la nevera, que se queja", y debía de ser verdad porque ese ruido, que tenía algo de gemido, también tenía algo metálico y monótono, "por eso me abrazaba antes a ella: para consolarla". Y lo he entendido todo, y yo también me he abrazado a ella, pero el mío sí era un gesto de agradecimiento: le agradecía que se quejara de día, y no de noche, como todas las neveras de mi infancia que me impedían dormir durante la madrugada.

miércoles, marzo 29, 2006

Gutenberg 2006

Esta tarde hemos ido una compañera y yo a la imprenta de la empresa a pedir un presupuesto. Nos ha acompañado uno de nuestros jefes y, como no habíamos estado nunca, hemos aprovechado para ver por primera vez el sitio. A pocos metros de la entrada había una rotativa enorme, una de esas rotativas capaces de imprimir pliegos de sesenta y cuatro páginas. Supongo que las rotativas de los diarios deben de ser aún mayores pero con la que he visto esta tarde a mí me basta para disparar mi imaginación. Era tan grande como un armario para dinosaurios. En un extremo había cargadas miles de hojas que eran introducidas en la máquina mediante un sistema de ventosas; primero un sistema de ventilación (supongo que semejante al de las fotocopiadoras pero a lo grande) mantenía despegadas las hojas de la parte superior de la pila y luego unas ventosas se adherían a ellas y arrastraban las láminas de celulosa una tras otra hasta el tren de impresión. Por el otro extremo de la máquina, bastantes metros más adelante, salían las hojas impresas ya con fotos, gráficos y textos. Una vez salían de la máquina sólo quedaba cortarlas y coserlas en forma de libro para esparcirlas por el mundo cargadas de mensajes, como se esparcen las semillas por los campos, cargadas de futuro. En las épocas de poco trabajo la máquina, junto con el resto de rotativas de la imprenta, se detiene a las diez de la noche y se vuelve a poner en marcha a las cuatro de la mañana; en épocas de mucho trabajo, no se para nunca. Los motores que movían los rodillos y desplazaban las hojas, a un ritmo frenético pero mucho más reposado que el de una discoteca, eran los tambores de la selva: hacían vibrar el aire y las paredes con una lectura de los libros previa a la razón, y el ruido no llegaba a ser ensordecedor pero sí era imponente y penetrante como el olor de la tinta. El olor a tinta impregnaba el aire de la misma forma que la tinta impregnaba el papel. Y yo, pobre de mí, al ver todos aquellos kilowatios trabajando juntos y coordinados en pos no de la creación de libros sino de su difusión, me he emocionado. He pensado en el enorme esfuerzo y dedicación que cuesta crear un buen libro y he visto las máquinas que tenía ante mí como el último paso de la larga cadena de pasos que conduce al escalador desde la base de la montaña hasta la cima, o al corredor de fondo desde la salida hasta la meta. Miraba las letras impresas y aquellos mensajes no podía interpretarlos más que como la destilación de años y años de camino, templanza, obstinación y dedicación. Veía la impresión de cada letra como el triunfo del autor sobre circunstancias adversas que le alejaban de sus lectores, condenándolos a ambos a la soledad. Justo en ese momento, mi compañera ha exclamado: “Uy, venga, vámonos ya de aquí, que este olor a tinta me está matando” Su rostro estaba deformado por una mueca de asco y era posible que tuviera literalmente razón: los productos volátiles de la tinta impregnaban en esos momentos nuestros pulmones de la misma forma que marcaban las hojas. Además, mientras yo me abstraía en mis pensamientos habíamos estado hablando de números con el jefe de la imprenta, así que nuestra labor ahí ya estaba cumplida y nada nos retenía en aquel lugar. Sin embargo, yo estaba fascinado con el movimiento de las máquinas, las letras impresas en cadena, la construcción continua de los libros no me parecía menos fascinante que un parto, y no me apetecía irme: lo que me apetecía en ese momento era quedarme ahí hipnotizado, y después de oír el comentario de mi compañera y de ver su rostro de disgusto, sentía un impulso irreprimible de subirme a una de las rotativas, a la más grande, a la más alta, y exclamar, mientras contemplaba a mis pies a las máquinas trabajar sin descanso: “Pues a mí me encanta el olor a tinta.... huele... a victoria”. Victoria más necesaria que nunca en un mundo en el que debe de haber más granadas militares que garbanzos proletarios.

domingo, marzo 12, 2006

ADOCTRINAMIENTO DE UNA NIÑA (MEDIANTE VARITAS DE MERLUZA)

Hoy cedo la palabra a una persona muy especial para mí, conciencia gemela y compañera del alma en aventuras y desventuras a lo largo y ancho de este mundo. Hace unos días me contó espontáneamente una cosa que le había pasado en el trabajo y yo le pedí que lo escribiera para colgarlo en el weblog. Me dijo que sí, que lo haría, y cumplió, y cuando me mandó la historia por correo electrónico me contaba una anécdota que le había pasado ese mismo día y que constituía, en realidad, otra historia. Así que publico el email tal cual, lo único que he añadido es la traducción del catalán al castellano de la segunda historia (sí, ella es catalana y utiliza catalán y castellano indistintamente.... oh, ¿cómo puede ser? a ver si va a ser que el PP está mintiendo miserablemente...) :


Saps, ara quan tornava cap a casa un home s'ha tret la jaqueta quan passava i me la tirat als peus i jo volia esquivar-la però ha insistit que la trepitxés i saps que, l'he trepitxat -per pur esgotament mental i físic i potser etílic- i l'he fet l'home més feliç del món.

(Sabes, ahora, cuando volvía a casa, un hombre se ha quitado la chaqueta y cuando pasaba la ha tirado a mis pies y yo quería esquivarla pero ha insistido en que la pisara y sabes qué, la he pisado –por puro agotamiento mental y físico y puede que etílico- y le he hecho el hombre más feliz del mundo)
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Sé de una escuela con nombre de profeta (allí trabajo) donde lavan la cara a la bondad.

¿Quién dijo aquello... quien hace daño a uno de mis pequeños me lo está haciendo a mí?

Ayer vi a una niña en el comedor de la escuela llorando en silencio.

_ ¿Qué te pasa?_ le pregunté.

_ No puedo comerme el pez porque siento pena.

Me quedé sorprendida y maravillada y también un poco sobrecogida ante aquella niña que no quería comer el pescado porque a sus ojos se le aparecía no como un pez muerto en forma de varitas de merluza sino como un pez vivo que nadaba libre por el mar... Y de la impresión caí en una de mis ensoñaciones y me imaginé la merluza viva y el immenso comedor se convirtió en un pequeño mar donde nadábamos felices los peces y yo... ummm... cuanta felicidad y gratitud a la vida... que bruscamente se vio interrumpida por el pinchazo de un anzuelo:

_ ¿Has sido tú quién ha dicho a la niña que podía no comerse el pescado?

En fin, que podía decir... (me habían pescado)

_ Sí.

Al final obligaron a la niña a comerse las varitas de merluza.

Pero a mi esta niña me gustó, me gustó su conciencia tan pura del mundo y me emocionó su radical bondad por la vida. Y sí, también me gustó volver a oler el mar y sentir su sabor tan intenso... Pero que sinsabor el despertar por el hierro clavado en el espinazo: triste suerte la del pez que es pescado.

miércoles, marzo 01, 2006

Vulnerabilidad de los vigías en invierno


La sonrisa de Yuri Gagarin en esta foto me recuerda a la de la Gioconda. Yuri Gagarin fue el primer hombre que vio la Tierra desde el espacio, en 1961. Al ver nuestro planeta azul a sus pies exclamó: "Veo la Tierra, ¡es tan hermosa!. Pobladores del mundo, salvaguardemos esta belleza, no la destruyamos". Murió con 34 años de edad, cuando ya había decidido volver al espacio en una de las misiones Soyuz. Era piloto de pruebas y se estrelló en uno de sus vuelos, en el mes de marzo de 1968.

Perdemos siempre, Ulises, a los mejores hombres
qué dirás esta noche ante el océano
cuando se apaguen las antorchas
Alzaré la voz por encima de lo oscuro
y por cada ola que se extinga en la arena
a mis pies diré uno de sus nombres
para que así las murallas de Troya sepan
que incluso las montañas más altas se deshacen en arena
ante los mejores hombres.

viernes, febrero 24, 2006

Un albaricoque parlanchín

Mi hermana no aprobaba Física porque se ponía a llorar. Era por empatía con los pasajeros de los trenes que chocan. Yo intentaba explicarle estos problemas y ella me preguntaba con cara compungida ¿Pero son de mercancias o de pasajeros? El resto de mis alumnos de clases particulares me preguntaban: ¿Qué fórmula tengo que utilizar? Esta pregunta siempre me ha sacado de quicio (aún me la hacen). Si me han de preguntar algo, prefiero la pregunta de mi hermana. Intentando explicarle los problemas de Física me inventé infinidad de personajes y cuentos: uno de los personajes que más éxito tuvo fue un albaricoque parlanchín (Albarcoc), y uno de los cuentos contaba la historia de amor entre una hormiga y un melocotón,... en fin, historias. El caso es que mi hermana suspendió Física. En cuanto a las Matemáticas... durante su último examen de matemáticas el profesor le dijo: Señorita Guisado, ¿quiere usted hacer el favor de dejar de mirar por la ventana y hacer el examen? Ay, no, ese no fue su último examen de matemáticas. En el último, en lugar de mirar por la ventana se dedicó a mirar al examen de un compañero. Evidentemente, estaba destinada a tener ataques de asma: la empatía actualmente es un valor que cae en picado en el mercado de valores de la evolución.

jueves, febrero 23, 2006

Primer informe de situación de 2006

La situación no es buena, compañeros. Después de tres décadas de infiltrado en este planeta creo que empiezan a sospechar seriamente de mí. Teníamos previsto que tarde o temprano se dieran cuenta de que no soy uno de ellos y creo que el momento está a punto de llegar. Os escribo para pediros instrucciones. Lo último que ha ocurrido, ha ocurrido esta misma mañana. Hoy me tocaba vigilancia de recreo, y el sitio donde tenía que vigilar era el bar del colegio, así que ahí me he ido cuando ha sonado el timbre a las once de la mañana. Normalmente suelo pasearme entre las mesas pero hoy mis alumnos habían tenido examen conmigo y estaban muy nerviosos y enfadados porque, según ellos, el examen había sido muy difícil, así que he decidido quedarme quieto y callado en un extremo del bar. Estaba cerca de un rincón desde donde podía abarcar con la mirada prácticamente todo el recinto. El bar estaba lleno de estudiantes con bocadillos y libros, comiendo, hablando, riendo, gritando y aprovechando para repasar los últimos minutos antes del siguiente examen. A pocos metros a mi izquierda he visto a una estudiante sentada en el suelo. Enfrente tenía a otras compañeras que también estaban sentadas en el suelo, pero con su espalda apoyada en la pared. Ella, sin embargo, a sus espaldas tenía una mesa con todas las sillas ocupadas. El detalle que me ha llamado la atención es que su falda (si, llevaba falda, no pantalón) se extendía por el suelo como un lago ondulado bajo una brisa suave. Seguramente, si lo hubiera visto su madre, hubiera puesto el grito en el cielo y, con los pelos de punta y los ojos saltones, hubiera chillado: ¡ NIÑA, NO ENSUCIES LA FALDA ! A mí no se me ha ocurrido decirle nada, simplemente me he fijado en su falda extendida por el suelo y ella erguida en medio como si emergiera de las aguas del lago. No decirle nada ha sido un error. Instantes después de que yo me fijara en esta escena intrascendente ha pasado por ahí el otro profesor que tenía guardia en el bar y le ha dicho que se levantara inmediatamente y que hiciera el favor de buscar una silla si quería sentarse. Después, este compañero ha seguido caminando, ha pasado a mi lado y me ha dado los buenos días sonriendo. Yo también le he sonreído. ¡ Pero ese hombre me ha destrozado el lago ! Creo que empiezan a sospechar de mí. Cada mañana me levanto al amanecer y me camuflo entre ellos, pago los billetes del autobús y del metro, subo escaleras, camino por la calle, digo buenos días al llegar al trabajo, cumplo con las tareas del día, no le digo a la gente lo fea que es en el metro, lo tontos que son cuando se quejan lastimosamente del trabajo, lo equivocados que están cuando aceptan un matrimonio insípido... pero todo esto ya no sirve, no es suficiente. Noto que me absorbe la luz cuando miro por las ventanas, como cuando viajábamos entre los soles, compañeros, y ellos también lo notan, notan cómo chirrían los genes humanos con los que me visto, como si no estuvieran bien asentados. Noto cómo mi sangre empuja hacia el horizonte cada vez que miro el océano, y ellos también lo notan: me huelen diferente, como cuando los perros huelen los terremotos. Me quedo en silencio y tengo la sensación de haber llegado a casa, y ellos lo notan, notan que jamás gritaré un slogan, jamás me dejaré definir por una consigna; notan que si me dan a escoger entre una piedra y un desfile de moda, me quedaré contemplando la piedra. Lo notan, compañeros, ya no es suficiente trabajar bien, sonreír, callar, cumplir. Todos sabemos lo que hacen los seres humanos a los espías en tiempo de guerra. No me hago ilusiones sobre mi futuro. Aun y así, espero instrucciones.

martes, febrero 21, 2006

Victorias cotidianas

Una de mis formas favoritas de hacer la revolución es... besando. Piénsenlo: en la época del dólar, ¿qué puede haber más revolucionario que detener el frenesí que nos enajena para... dar un beso?

sábado, febrero 18, 2006

Botánica proletaria y botánica burguesa

Esta tarde he ido a comprar yogures de soja y galletas de arroz y he acabado pensando en la guerra de Vietnam. Normalmente cuando voy a comprar estos víveres acabo pensando en lo buenas que están las galletas de arroz con chocolate. Pero esta vez no: esta vez me he entretenido mirando una estantería con pastillas para la garganta mientras esperaba a que me cobraran en la caja (es increiblemente fabulosa la variedad de pastillas que hay en el mundo). El caso es que mientras perdía el tiempo absorto en esa increíble variedad de pastillas he visto unas que... bueno, quizá ha llegado el momento de decir que este verano leí un libro titulado El dolor de la guerra, de Bao Ninh, un señor vietnamita que luchó durante diez años en la guerra de Vietnam (la de Vietnam del Norte contra los estadounidenses, concretamente) y que, a pesar de tan radical especialización, sobrevivió. Ahora tiene un hijo que estudia en Estados Unidos y escribe libros. En el que me leí este verano, El dolor de la guerra, basado en sus diez años de guerra, explica que fumaban (o mascaban, la verdad es que ahora no recuerdo) rosa canina porque les sumía en un estado de sopor alucinógeno que les ayudaba a sobrellevar la insoportable situación en la que estaban atrapados. Uno de los componentes de las pastillas que he visto esta tarde, mientras esperaba que me cobraran los yogures de soja (no tenían galletas de arroz), era rosa canina. Si empiezo a ver caracoles voladores por encima del teclado o elefantes con zapatillas de bailarina, os aviso.

Exposición de fotografías

sábado, febrero 04, 2006

Los bigotes de Freddy Mercury


El viernes hice de Freddy Mercury en una representación que organizó el colegio salesiano donde trabajo con motivo de la fiesta de Don Bosco, el fundador de la congregación salesiana. Canté -bueno, en fin, moví la boca- durante 50 segundos siguiendo el play-back del tema We are the champions, de Queen,... y ante la dirección del colegio y un teatro abarrotado de alumnos. Un par de compañeros profesores me acompañaban en el escenario, pero su dignidad estaba a salvo porque llevaban pelucas y dudo que alguien les reconociera. Yo, en cambio, salí sin mis inseparables gafas y tuve que pintarme el bigote con lápiz de ojos porque el mostacho que me había comprado en una tienda de disfraces se despegaba con facilidad. Los alumnos coreaban el we are the champions y se partían de risa, todo a la vez. Ninguno de ellos sabe que hace unos años en la Facultad de Física de la Universidad de Barcelona unos compañeros creyentes cristianos católicos se opusieron a que estampáramos camisetas con la foto que encabeza este artículo. El texto que acompañaba a la foto era: Dios no juega a los dados... juega a los bolos. Y luego iba: Física y los años de la promoción. La foto era de una obra de arte que se exponía en aquellos momentos en Londres (no recuerdo ahora mismo el nombre del artista, lo siento). A mí la verdad es que me traía sin cuidado qué estampación tuviera la camiseta de aquel año pero cuando mi amigo Carles subió a la clase y nos contó que un grupo se negaba a estampar esa camiseta porque decían que era ofensiva, tomé cartas en el asunto. La frase me parecía francamente divertida. Yo y unos cuantos montamos una campaña de defensa no ya de la libertad de expresión sino de la libertad creativa. No porque quisieramos molestar, ofender, incordiar o reírnos de las creencias de nadie, sino simplemente porque la frase combinada con esa imagen nos parecía divertida. Un compañero me preguntó si yo aceptaría una camiseta en la que se ofendiera a Buda. Le contesté: primero, no creo que nuestra camiseta ofenda al Papa; segundo, si una camiseta me pareciera ofensiva, simplemente no la compraría y ya está; tercero, he deconvivir día a día con cosas que me parecen realmente ofensivas, como por ejemplo que haya guerras en el mundo y la riqueza y las oportunidades de acceder a ella estén tan injustamente repartidas en el mundo. Eso sí que es ofensivo. ¿Por qué no se queman las casas de los fabricantes de armas? A mi las armas me ofenden profundamente, muy profundamente, y a nadie parece importarle. Al final me compré varias camisetas. Eso sí, no la llevo en el trabajo, qué le vamos a hacer. En el trabajo a veces llevo bigote. Exactamente ... ¿qué fracción de la Humanidad ha dejado atrás la Edad Media, Freddy?

sábado, enero 28, 2006

El gran fracaso de la transición española

Mucha gente anda estos días más despistada que un champiñón en una noria. Mi abuelo Juan, Juan el Pipa para los del pueblo, nunca utilizó Google y sin embargo no andaba por el mundo tan despistado como algunos jóvenes alumnos míos. Claro que luchó en una guerra en el bando de los perdedores y eso debe de desarrollar un sexto sentido para saber por dónde van los tiros. Los jóvenes de hoy en día no han luchado en ninguna guerra (y que siga siendo así, ¡por favor!). Lamentablemente, un porcentaje nada despreciable de ellos se parece más a una esponja porosa que a un ser humano del s. XXI, con miles de años de herencia cultural a sus espaldas. Mi abuelo no entendía ni una palabra de catalán (cosas de haber nacido en la sierra extremeña en los primeros años del s. XX) pero nunca se extrañó de que le hablaran en catalán cuando venía a Cataluña a ver a su hija, su yerno y sus nietos. Un día en Barcelona preguntó por una calle y le contestaron "Cap amunt, cap amunt !" (Hacia arriba, hacia arriba !). A mi abuelo le hizo mucha gracia esa expresión -pero gracia de niño, no gracia cínica- y la incorporó a su propio vocabulario. Hoy en día, años después, el vocabulario de muchos jóvenes es algo más rígido que el de mi abuelo. Cuando trabajaba en un colegio del barrio de Salamanca de Madrid muchos de mis alumnos se asombraban de que en Barcelona les contestaran en catalán si ellos se dirigían a su interlocutor en castellano. Es más, no sólo se asombraban sino que les parecía indignante. Lo sé porque en un par de ocasiones alguno de ellos me comentó, en mitad de la clase, su viaje del fin de semana anterior a Barcelona. Ellos sabían que yo era de Barcelona y querían contarme lo que les había pasado para ver si me parecía normal. Yo intentaba explicarles que en Cataluña había muchísima gente que entendía el catalán pero que no lo hablaban de forma habitual por uno u otro motivo, y que era perfectamente normal una situación en la que un interlocutor utilizara el castellano y el otro el catalán. También les expliqué que muchos catalanes, de hecho, la mayoría, pasaban automáticamente al castellano si te oían hablar en castellano, pero que no siempre era así y que el que no pasaran automáticamente al castellano no se vivía como una falta de respeto sino como un hecho normal, natural, como la utilización de un derecho que no provocaba problemas a nadie. Si ellos no entendían el catalán, sólo tenían que decírselo a su interlocutor y éste les hablaría en castellano sin que eso representara ningún trauma para él. Pero no lo entendían, no lo entendían. No entendían que dos personas pudieran estar comunicándose en dos idiomas diferentes, no entendían la convivencia de dos lenguas. Sus respuestas oscilaban entre la indiferencia y el "si estamos en España, ¿por qué tienen que hablarnos en catalán?". Eran jóvenes de dieciseis años, así que esa era la respuesta de los hijos de la democracia española. ¿Cómo titular esta magna desorientación? ¿Gran fracaso de la transición española? Y cómo no preguntarse ¿a quién interesa este fracaso?.

viernes, enero 20, 2006

El devorador de niños incautos

¿Por qué no escupir helado a los osos?



Confieso que cuando era niño jugaba a bombardear hormigueros en un parque que había cerca de mi casa. Lanzaba piedras sobre las indefensas hormigas y me dedicaba a ver su reacción. Para mi era como jugar con clikcs de famóbil (esos muñequitos de la era prePlayStation con los que te podías inventar mil y una películas). Supongo que las cosas empezaron a cambiar cuando tuve por primera vez animales en casa. Y supongo que los documentales sobre animales que veía con mi padre también tuvieron su papel en mi pacificación. No recuerdo muy bien cuándo dejé de destrozar hormigueros para ver qué pasaba, pero sí sé perfectamente que el día en que mi gata Alfombra tuvo gatitos por primera vez en mi casa fue un punto de inflexión en lo que a mis opiniones sobre los animales respecta. Aquel día mi hermana y yo estábamos solos en casa y la gata Alfombra (que aún vivía en el patio) empezó a maullar desconsoladamente. Cuando nos asomábamos al patio la veíamos mirando hacia arriba y si nos metíamos en casa sin hacerla mucho caso maullaba con aún más desconsuelo. Al principio no entendíamos y, la verdad, simplemente esperamos a que se le pasara. Sin embargo, como no paraba, al cabo de un rato bajamos a ver qué le pasaba y entonces nos dimos cuenta de que había roto aguas. Como mi hermana esperaba que un grupo de amigos llegara en breve, cogí a Alfombra entre mis brazos y la subí hasta la terraza de arriba, donde solemos tender la ropa en mi casa y donde estaría más tranquila. Luego buscamos un trozo de tela vieja para que la gata no estuviera en el suelo y lo único que encontramos fue una camisa vieja que mi madre tenía en un armario de la cocina preparada para hacer trapos con ella. Cuando subimos la camisa y pusimos a la gata en la tela, llegaron los amigos de mi hermana. Mi hermana estuvo un rato charlando con ellos y al final se fueron todos. Yo me quedé solo con Alfombra. Veía que al animal cada vez le dolía más pero no sabía qué podía hacer. De repente asomó el rabo de una de las crías y comprendí que lo que ocurría es que los gatitos venían de culo. Mi desesperación aumentó. Me sentía completamente impotente. Si no tiraba del rabo, temía que el gatito muriera asfixiado; si tiraba, temía hacer un daño espantoso tanto a la madre como a la cría. En fin, yo en aquel momento estudiaba Física, tenía una ligera idea de cómo resolver ecuaciones diferenciales, pero aquello no se parecía en nada a nada que se pudiera describir con matemáticas y me desbordaba. Decidí bajar a casa y llamar a una amiga de la Facultad, que había tenido animales desde niña y quizá pudiera darme alguna idea y, si no... daba igual, necesitaba hablar con alguien. Me levanté, me alejé de la gata, que seguía tendida sobre la camisa gimiendo de dolor, franqueé la puerta de la terraza y empecé a bajar la escalera que me llevaría hasta casa. Lo que ocurrió fue que no había llegado ni a la mitad de trayecto cuando oí de nuevo el maullido doliente de mi gata. Me giré y cuál sería mi sorpresa al verla detrás de mi. Me había seguido medio arrastras, con el rabo de una de sus crías asomando ya al mundo, y ahora me miraba desde la escalera, unos escalones por encima de mí. No sé muy bien cómo funciona la mente de un gato ni cuántos genes compartimos con esta especie de mamíferos pero tuve la profunda impresión de que no quería que la dejara sola. La cogí entre mis brazos de nuevo y ya no me separé de ella. Mi amiga no pudo ayudarme mucho: simplemente me dijo que le pusiera un recipiente con agua cerca, que dejara que la naturaleza siguiera su curso y que no retirara la placenta porque muchas veces se la comían para recuperar fuerzas. La naturaleza siguió su curso y, a pesar de la pifia inicial, los tres gatitos salieron sanos y salvos. La madre, Alfombra, también salió bien parada y, una vez pasados los dolores y ya más tranquila, dio por finalizada la tregua entre hombres y gatos y agarró sus tres gatitos y se escondió con ellos en un lugar recóndito del patio que no voy a revelar aquí. No la volvimos a ver hasta muchos días después. Y cuando finalmente aceptó vivir en familia con nosotros, yo era el único que podía tocar los gatitos recién nacidos de camadas posteriores que tuvo, no toleraba que nadie más los tocara ni mucho menos los transportara (bufaba a todo el resto de miembros de la familia que osaran acercarse). Me pasaron muchas más cosas con la gata Alfombra pero no quiero extenderme más, y tampoco creo que sea necesario. Creo que después de lo que acabo de explicar basta para comprender mi desconfianza hacia personas que por ser Homo Sapiens Sapiens se consideran en una esfera aparte y por encima de todo el resto del reino animal, y no digamos ya del vegetal. También he llegado a la conclusión de que el dolor y el sufrimiento es dolor y sufrimiento sea cual sea el cuerpo que lo contenga, y que la violencia es violencia sea cual sea el ser víctima de ella. Para ver que los animales sufren y son víctimas sólo hay que mirar con un poco de atención a nuestro alrededor. Mi alrededor hace unos días era el zoo de Barcelona. No sé qué es lo que mira la gente cuando camina por la calle, y mucho menos cuando está rodeada de animales. Mejor dicho, no sé lo que ven cuando miran. Supongo que hay dos planetas diferentes en la misma Tierra, que cada uno de ellos se construye a partir de lo que ven diferentes miradas en unos mismos entes físicos, y supongo que si hay uno con cinco mil millones de habitantes, yo vivo en el otro, en el que hay un continente para cada habitante. Grito todo esto porque yo no sé qué soy si el hombre que escupió helado al oso era Homo sapiens sapiens, porque oso no soy, pero tampoco soy hombre porque yo vi cómo un hombre escupía helado a un oso del zoo de Barcelona, y cómo otros hombres le reían la gracia, y yo no reía, ni siquiera sonreía, de hecho por poco se me olvida respirar de lo atónito que estaba. Y entonces ¿qué soy yo si no escupo helado a los osos ni disfruto cuando humillan a los guepardos encerrándoles en jaulas? Porque oso no soy, mis genes lo demuestran, pero tampoco soy hombre, como demuestra mi asombro. Yo miraba a los ojos del oso y entendía mejor al oso que al hombre. Os lo juro: el oso miraba hacia arriba, hacia donde estábamos nosotros, y el hombre le escupió un trozo del helado que se estaba comiendo, y se lo escupió para demostrar a sus hijos, quienes le acompañaban, junto con otros hombres, que a los osos les gusta el helado. ¡Pero-hombre-de-Dios!, pingüino despistado, me diréis vosotros, si hombres con hijos tiran bombas contra otros hombres, ¿por qué no escupir helado a los osos?.

miércoles, enero 11, 2006

VISIÓN SURREALISTA DE UNA MANDARINA


Menciono a las mandarinas porque me encantan las mandarinas, pero en realidad esto no tiene nada que ver con ellas. O quizá sí, no estoy muy seguro, lo voy a pensar mientras escribo. Estuve en el País Vasco y vi cosas que no entiendo. No estoy hablando de nada complicado ni profundo: estoy hablando de las puertas del metro de Bilbao. Porque.... vamos a ver.... ¿alguien sabe lo que significa el signo de la foto, el que queda más abajo de los tres que están en la puerta del metro de Bilbao? El trayecto era Bilbao-Plentzia, lo digo por si sirve de algo, pero sospecho que si hubiera ido a Sestao hubiera sido el mismo signo, y el mismo también mi desconcierto. No sé, es raro ¿no? Porque vamos a ver, se supone que estos signos son una especie de lenguaje universal, ¿ o no ¿; en China no vi ninguno que no entendiera. Claro que esto es una cosa muy personal, quizá los millones de lectores de este blog lo entienden a la primera, y sin necesidad de haber estudiado semiótica. Si es así, que lo digan, por favor, que lo digan. (Como alguien sugiera que lo que significa es “permitidos los siameses, prohibidas las mandarinas”, lo denuncio).

sábado, enero 07, 2006

Incendio


Hubo un incendio en Paseo de Gracia (Barcelona) el 16 de diciembre de 2005. Pero nadie se dio cuenta. Se quemó un árbol, no una tienda.

Agresividad


Caminando por las calles de Bilbao estas vacaciones de Navidad, nos hemos dado cuenta de que no era necesario hablar a gritos para oírnos. En Barcelona y Madrid, sí.

lunes, diciembre 26, 2005

Lógica y medios de comunicación.

Para entender qué tipo de "lógica" impera hoy en los medios de comunicación y en especial en la televisión imagínese que va y una noche y le da por contemplar las estrellas desde la cima de una montaña. Se pasa la noche mirando el firmamento estrellado. Al día siguiente está costipado y como se niega a tomar el medicamento de moda y prefiere tomar miel y limón (que están muy ricos) y como además hay un millón de canales digitales y con algo hay que llenar tantas horas de emisión, vienen a entrevistarle. Lo primero que le dicen es:
- Cuéntenos: ¿qué es lo que le pasa?
- Que tengo un resfriado -contesta usted.
- ¿Dónde estuvo ayer por la noche? -inquieren los periodistas.
- En la montaña, mirando estrellas.
- ¡Le han colonizado virus extraterrestres! -deducen los periodistas- ¡Y son verdes y amorfos!.
- No, eso son los mocos de toda la vida -explica usted.
También les explica que en la montaña hacía frío y que es muy probable que esa sea la causa de su costipado. Lamentablemente, en lugar de sus explicaciones, y justo después de la deducción de los periodistas, emiten un anuncio de perfumes. Sus mocos se hacen famosos.
Y así en todos los medios de comunicación y con todos los temas.

Pequeña escena familiar.

Mi madre:
- Hoy han dicho por la tele que comer arroz integral es bueno para evitar la celulitis.
Mi hermana:
- ¿Sí? Pero... ¿por qué? ¿por qué? ¿por qué? Es que dicen las cosas así, sin dar explicaciones y luego créetelas o no.
Yo:
- Ten cuidado porque yo empecé así y acabé estudiando Física.

viernes, noviembre 25, 2005

Marciano en la Tierra sin cámara.

Esta mañana estaba en la sala de profesores mirando por una ventana. Una compañera de trabajo me ha visto. “Tú siempre estás que te tiras, que no” me ha dicho. Ha hecho este comentario porque siempre que me ve estoy mirando por una ventana. Tengo otra compañera que siempre que me ve me dice: “Tú siempre estás comiendo”. Y es que siempre me ve comiendo (Sí, como mucho, dar clase es agotador). El caso es que esta mañana, cuando me ha visto mi compañera, mientras miraba por la ventana, no estaba mirando el suelo, no estaba pensando en tirarme, sino que estaba mirando las nubes: había unas nubes curiosísimas, una tenía forma de platillo y era blanco brillante en su panza de ballena y con unos tonos azulados subrayando los bordes curvos; la otra era de un gris plomizo brillante, y se cernía tras el campanario de la capilla de la escuela. Ambas eran impresionantes. Y se lo he dicho a mi compañera: “Mira qué nubes, son formaciones rarísimas – le he explicado, y era cierto: ese tipo de nubes se forman en muy raras ocasiones, al menos en la ciudad donde vivo - , las ves ¿no?”. Sí, me ha contestado ella. “Pues precisamente hoy no he traído la cámara de fotos”. En ese momento ha aparecido el profesor de filosofía y ha preguntado cómo se llamaba ese tipo de formaciones nubosas. Claro, los nombres. La filosofía. “No lo sé” he dicho. No tenía nombres, no tenía cámara. Las nubes continuaron su viaje y al cabo de cinco minutos ya habían cambiado de forma, ya no eran ellas, ya eran simplemente vapor de agua.

lunes, noviembre 21, 2005

Carta a mamá y papá

Queridos mamá y papá,

espero que estéis bien. Yo estoy bien, pero mucho trabajo y poco descanso. Os escribo tumbado en la cama, mientras me duermo, apenas puedo contener el sueño. La gente aquí en este país es muy rara. Se mueven poco en el trabajo y luego tienen que correr por la calle para cansarse, o van a sitios llenos de máquinas y se dedican a levantar barras de hierro y pesos. Lo llaman hacer ejercicio. Yo el ejercicio ya lo hago en el trabajo, luego estoy muy cansado y tengo demasiada hambre como para ir corriendo por la calle. La gente aquí es muy rara. Yo tengo mucho trabajo en el campo, y estoy todo el día llevando peso para un lado y para otro. ¿Os habéis fijado lo despacio que crecen las verduras y lo deprisa que hay que hacer el trabajo para que crezcan bien? Me siento un poco esclavo de las verduras, pero no importa, soy feliz porque aqui tengo trabajo. Papá, mamá, los muros son muy altos, cada vez más altos, pero no hay callejones sin salida. Creo que los muros son cada vez más altos porque aquí saben más de ladrillos que de nuestro país, y nosotros... nosotros no sabemos nada. En la tele de aquí puedo ver cómo vive el presidente de nuestro país y pienso que quiere parecerse a la gente de aquí porque no le veo muy cansado. En cuanto pueda me traere a mis hermanos. Mi cuerpo me dice que es mejor cansarse que pasar hambre. Eso sí, cada uno se cansa a su manera y según sus posibilidades. Creo que este mes os podré mandar un poco de dinero. Decidle a mi hermana que pienso mucho en ella y que la llevaré un regalo cuando pueda ir a veros. A vosotros también os llevaré regalos. Muchos abrazos. Cuidaos mucho. Seguid bien