martes, junio 09, 2026

LA VENGANZA DE ZANAHORIO

 

Mientras el resto de niños jugaba a fútbol, o a lanzar piedras y petardos, yo quería crear un gato de Schrödinger. Mi primer intento fue con una caja de zapatos, una piedra radiactiva y un canario. En mi defensa diré que sólo tenía diez años. Aún no entendía bien la paradoja de Schrödinger.

Gracias a este primer paso, sin embargo, comprendí cosas importantes. La radiación no es suficiente para crear un estado⏐canario muerto⟩, por ejemplo. La desintegración de un núcleo radiactivo tiene un papel fundamental porque conecta el mundo cuántico con el clásico, pero no es una guillotina. En mi primer intento, me había olvidado de la guillotina.

Respecto a la piedra, sabía que era radiactiva porque nos lo explicó nuestra profesora de Ciencias en el laboratorio del colegio. Muy seria, nos advirtió que no la tocáramos con las manos desnudas. Ella utilizaba guantes para manipularla, pero no fue eso lo que más nos impresionó. Después de depositarla en el centro de una mesa, nos reunió a todos a su alrededor y situó el dosímetro a su lado. En cuanto lo encendió, el aparato empezó a pitar como loco. Eso sí nos impresionó. Todos mis compañeros de clase dieron un paso atrás. Yo, en cambio, di un paso al frente.

Entendí que aquel fuego que nos iluminaba el rostro, y hacía chillar al dosímetro, nos enlazaba con el universo subatómico, que era justo lo que yo necesitaba para tener un gato vivo y muerto a la vez. Era el fuego del futuro, el fuego después del fuego. No había que tener miedo.

Agarré la piedra

(mineral, lo llamaban los adultos)

y salí corriendo.

Mi profesora tardó un segundo en superar el estupor, y entonces arrancó a correr tras de mí como loca. Por lo decidida que la vi, comprendí que disponía de poco tiempo: pillé la primera caja de zapatos que encontré al llegar a casa, tiré lo que contenía y metí a la mascota de mi abuela junto con la piedra.

Al cabo de poco, se presentaron la profesora y la directora del colegio en casa. Tuvieron que quitarme la caja de zapatos a la fuerza. Yo apretaba el experimento contra mi pecho y gritaba: “¡Es mi caja de Schrödinger!”. Mi abuela gritaba: “¡Es mi canario!”, mi hermana lloraba y mis padres pensaron que su hijo era un psicópata porque torturaba a los animales.

Calumnias: a mí me encantan los animales.

El segundo intento lo llevé a cabo con una araña; el protagonista del tercero fue un perrito que le habían regalado a mi hermana (por suerte, no funcionó el veneno); a partir del cuarto empecé a usar hielo seco, en el quinto, nitrógeno líquido.

Entre el sexto y el séptimo, conocí a Úrsula.

—Eres raro —me dijo.

—Y tú tienes un nombre raro —le respondí.

—Es nombre de escritora de ciencia-ficción —me recordó.

Tenía razón. Nos hicimos amigos.

Después del séptimo intento me dediqué a estudiar con más ahínco que nunca. Necesitaba entender mejor qué es una función de onda de probabilidad, y cómo se puede acoplar al entorno, y cambiarlo, sin colapsar. Me preguntaba si eso era posible. El resto de la Humanidad, también. Así que estudié Física, acabé el doctorado y conseguí becas. Perdí la cuenta de los intentos que llevé a cabo. Sin embargo, aún recuerdo como si fuera ayer mismo aquél en el que me metí a mí mismo en la caja de Schrödinger. Atrás quedaron canarios, arañas y perritos.

Los últimos ojos que vi antes de quedar aislado del resto del Universo fueron los de Úrsula.

—No lo hagas —me suplicó con la mirada.

Me desgarró el corazón, pero debía hacerlo.

Mi hermana murió entre el octavo y el noveno intento. Muchos pensaron que entonces tiraría la toalla, pero se equivocaban: no pude salvar a mi hermana, pero bien sabía que en el mundo había otros muchos niños, y adultos, con enfermedades incurables y que, tal vez, si seguía estudiando y trabajando aún podría salvarlos a ellos. Hubo gente que me acusó de querer convertir a mi hermana en una especie de fantasma; yo respondía siempre diciendo que era mejor ser un fantasma a desaparecer por completo en la nada.

Mi plan era transformar a mi hermana en una onda de probabilidad, es decir, llevarla a un estado en el que la muerte no fuera definitiva. Estaba seguro de que con el tiempo se acabaría encontrando una cura para su enfermedad, y entonces podríamos colapsar su función de onda en el estado ⏐hermana viva ⟩ y curarla.

Me advertían de que era una locura. Tal vez tuvieran razón, pero yo estaba seguro de que valía la pena arriesgarse.

Así que me metí en la caja a pesar de la mirada de Úrsula, y a pesar de toda la incertidumbre, y me lanzaron al espacio. En algún momento del viaje, me transformé en un humano de Schrödinger. Al principio, no sentí nada especial. Al llegar al punto de Lagrange previsto, la caja se abrió y el interior quedó expuesto. La función de onda se acopló al resto del Universo y, aun así, no colapsó. Era lo que habíamos calculado. Después de años de estudio y de trabajo, lo había conseguido.

Sentí euforia.

Y luego vértigo: tuve la sensación de poder aparecer de repente en cualquier punto del Sistema Solar, incluso más allá del cinturón de Kuiper, o de la nube de Oort. No tuve tiempo, sin embargo, de llegar a sentir pánico: mis colaboradores actuaron rápidamente, tal y como estaba previsto, y me trajeron de vuelta a la Física Clásica. Volví a encontrarme en la cápsula y a tener la sensación de estar en un lugar concreto, y no poder llegar a ningún otro más que con un gran esfuerzo.

Reentré en la atmósfera, americé y vinieron a rescatarme. Al abrir la cápsula, los primeros ojos que vi volvieron a ser los de Úrsula.

Nos abrazamos.

Durante el viaje de regreso, le pregunté por Zanahorio, nuestro gato, pero ella se rió. No entendí su risa, e insistí. Entonces me dio una bofetada cariñosa.

—Sabes que soy alérgica—me dijo.

Al llegar a casa, me abrazó un niño.

Papá, me llamó.

Maldito Everett.


© Víctor Guisado Muñoz, 2026