viernes, enero 20, 2006

¿Por qué no escupir helado a los osos?



Confieso que cuando era niño jugaba a bombardear hormigueros en un parque que había cerca de mi casa. Lanzaba piedras sobre las indefensas hormigas y me dedicaba a ver su reacción. Para mi era como jugar con clikcs de famóbil (esos muñequitos de la era prePlayStation con los que te podías inventar mil y una películas). Supongo que las cosas empezaron a cambiar cuando tuve por primera vez animales en casa. Y supongo que los documentales sobre animales que veía con mi padre también tuvieron su papel en mi pacificación. No recuerdo muy bien cuándo dejé de destrozar hormigueros para ver qué pasaba, pero sí sé perfectamente que el día en que mi gata Alfombra tuvo gatitos por primera vez en mi casa fue un punto de inflexión en lo que a mis opiniones sobre los animales respecta. Aquel día mi hermana y yo estábamos solos en casa y la gata Alfombra (que aún vivía en el patio) empezó a maullar desconsoladamente. Cuando nos asomábamos al patio la veíamos mirando hacia arriba y si nos metíamos en casa sin hacerla mucho caso maullaba con aún más desconsuelo. Al principio no entendíamos y, la verdad, simplemente esperamos a que se le pasara. Sin embargo, como no paraba, al cabo de un rato bajamos a ver qué le pasaba y entonces nos dimos cuenta de que había roto aguas. Como mi hermana esperaba que un grupo de amigos llegara en breve, cogí a Alfombra entre mis brazos y la subí hasta la terraza de arriba, donde solemos tender la ropa en mi casa y donde estaría más tranquila. Luego buscamos un trozo de tela vieja para que la gata no estuviera en el suelo y lo único que encontramos fue una camisa vieja que mi madre tenía en un armario de la cocina preparada para hacer trapos con ella. Cuando subimos la camisa y pusimos a la gata en la tela, llegaron los amigos de mi hermana. Mi hermana estuvo un rato charlando con ellos y al final se fueron todos. Yo me quedé solo con Alfombra. Veía que al animal cada vez le dolía más pero no sabía qué podía hacer. De repente asomó el rabo de una de las crías y comprendí que lo que ocurría es que los gatitos venían de culo. Mi desesperación aumentó. Me sentía completamente impotente. Si no tiraba del rabo, temía que el gatito muriera asfixiado; si tiraba, temía hacer un daño espantoso tanto a la madre como a la cría. En fin, yo en aquel momento estudiaba Física, tenía una ligera idea de cómo resolver ecuaciones diferenciales, pero aquello no se parecía en nada a nada que se pudiera describir con matemáticas y me desbordaba. Decidí bajar a casa y llamar a una amiga de la Facultad, que había tenido animales desde niña y quizá pudiera darme alguna idea y, si no... daba igual, necesitaba hablar con alguien. Me levanté, me alejé de la gata, que seguía tendida sobre la camisa gimiendo de dolor, franqueé la puerta de la terraza y empecé a bajar la escalera que me llevaría hasta casa. Lo que ocurrió fue que no había llegado ni a la mitad de trayecto cuando oí de nuevo el maullido doliente de mi gata. Me giré y cuál sería mi sorpresa al verla detrás de mi. Me había seguido medio arrastras, con el rabo de una de sus crías asomando ya al mundo, y ahora me miraba desde la escalera, unos escalones por encima de mí. No sé muy bien cómo funciona la mente de un gato ni cuántos genes compartimos con esta especie de mamíferos pero tuve la profunda impresión de que no quería que la dejara sola. La cogí entre mis brazos de nuevo y ya no me separé de ella. Mi amiga no pudo ayudarme mucho: simplemente me dijo que le pusiera un recipiente con agua cerca, que dejara que la naturaleza siguiera su curso y que no retirara la placenta porque muchas veces se la comían para recuperar fuerzas. La naturaleza siguió su curso y, a pesar de la pifia inicial, los tres gatitos salieron sanos y salvos. La madre, Alfombra, también salió bien parada y, una vez pasados los dolores y ya más tranquila, dio por finalizada la tregua entre hombres y gatos y agarró sus tres gatitos y se escondió con ellos en un lugar recóndito del patio que no voy a revelar aquí. No la volvimos a ver hasta muchos días después. Y cuando finalmente aceptó vivir en familia con nosotros, yo era el único que podía tocar los gatitos recién nacidos de camadas posteriores que tuvo, no toleraba que nadie más los tocara ni mucho menos los transportara (bufaba a todo el resto de miembros de la familia que osaran acercarse). Me pasaron muchas más cosas con la gata Alfombra pero no quiero extenderme más, y tampoco creo que sea necesario. Creo que después de lo que acabo de explicar basta para comprender mi desconfianza hacia personas que por ser Homo Sapiens Sapiens se consideran en una esfera aparte y por encima de todo el resto del reino animal, y no digamos ya del vegetal. También he llegado a la conclusión de que el dolor y el sufrimiento es dolor y sufrimiento sea cual sea el cuerpo que lo contenga, y que la violencia es violencia sea cual sea el ser víctima de ella. Para ver que los animales sufren y son víctimas sólo hay que mirar con un poco de atención a nuestro alrededor. Mi alrededor hace unos días era el zoo de Barcelona. No sé qué es lo que mira la gente cuando camina por la calle, y mucho menos cuando está rodeada de animales. Mejor dicho, no sé lo que ven cuando miran. Supongo que hay dos planetas diferentes en la misma Tierra, que cada uno de ellos se construye a partir de lo que ven diferentes miradas en unos mismos entes físicos, y supongo que si hay uno con cinco mil millones de habitantes, yo vivo en el otro, en el que hay un continente para cada habitante. Grito todo esto porque yo no sé qué soy si el hombre que escupió helado al oso era Homo sapiens sapiens, porque oso no soy, pero tampoco soy hombre porque yo vi cómo un hombre escupía helado a un oso del zoo de Barcelona, y cómo otros hombres le reían la gracia, y yo no reía, ni siquiera sonreía, de hecho por poco se me olvida respirar de lo atónito que estaba. Y entonces ¿qué soy yo si no escupo helado a los osos ni disfruto cuando humillan a los guepardos encerrándoles en jaulas? Porque oso no soy, mis genes lo demuestran, pero tampoco soy hombre, como demuestra mi asombro. Yo miraba a los ojos del oso y entendía mejor al oso que al hombre. Os lo juro: el oso miraba hacia arriba, hacia donde estábamos nosotros, y el hombre le escupió un trozo del helado que se estaba comiendo, y se lo escupió para demostrar a sus hijos, quienes le acompañaban, junto con otros hombres, que a los osos les gusta el helado. ¡Pero-hombre-de-Dios!, pingüino despistado, me diréis vosotros, si hombres con hijos tiran bombas contra otros hombres, ¿por qué no escupir helado a los osos?.

4 comentarios:

Editor de CSS dijo...

Pido disculpas a la Gerardo y a Xenia, que habían comentado esta entrada y yo he sido tan torpe que al arreglar la foto he causado la pérdida de sus comentarios (no ha sido completamente culpa mía, daba la impresión de que Blogger no podía subir la foto procesada con PS y... bueno, un rollo, en fin, lo siento)

Anónimo dijo...

Ya... yo estaba a tu lado cuando viste aquel hombre escupirle helado al oso. Pero yo no lo vi. Estaba mirando al oso y quería decirte: no ves como sufre este animal, nos mira, se siente perdido, quiere salir, aún no se conforma con su suerte... Pero cuando me giré hacia ti, tus dulces ojos ya estaban tristes porque viste a aquel hombre en su estupidez escupir helado al oso. Y me tragé mi tristeza y quise arrancarte de la tuya y te propuse: liberemos al oso Víctor, esta noche, un amigo nos ayudará... No me importa ir a prisión si consigo ver al oso libre. Te pareció una locura y seguimos andando la tarde en el zoo. No fue una tarde alegre (tenía tantas ganas de ir al zoo contigo) porque mientras nos paseábamos por entre las jaulas no nos sentíamos ni felices, ni fuertes ni valientes.

Gerardo dijo...

Oh... No pasa nada (si fueses escéptico militante ya estabas acusado de censura...).

Anónimo dijo...

Impresionante historia. Yo sólo ayudé una vez a nacer a un ternero, y casi me da un soponcio de lo flipante que fue la experiencia. Supongo que si eres un poco menos homo y más sapiens amas alos animales que si eres más homo y menos sapiens. ¡Qué lío!

En fin, sólo puedo redireccionar vuestros pasos para que conozcáis (si no la conocéis ya) a mi gata, Pitu, adoptada de mayor y reina de mi casa:

http://www.lacoctelera.com/polidori/categoria/pitu