viernes, septiembre 11, 2026

HISTORIA DE UN BOSTEZO - La historia interactiva más aburrida jamás contada




Bostezó el bebé en su cochecito para niños. Bostezó la chica que lo miraba desde el lateral opuesto del vagón. Bostezó el ejecutivo, que por prestar atención a los pechos de la joven no había podido evitar quedar atrapado por el bostezo. Bostezó el vendedor de La Farola al mirar al ejecutivo, envidiándole su traje y sus cómodos zapatos e ignorando su úlcera de estómago y la emboscada que le aguardaba en la reunión a la que se dirigía. Bostezó el estudiante que salía del vagón: al comprarle un periódico al vendedor, con el cambio se llevó también el bostezo. Bostezó el mecánico con quien se cruzó el estudiante. Coincidieron justo en la puerta del vagón el tiempo que dura una mirada de reojo; tiempo suficiente para que el mecánico quedara contagiado y acabara reintroduciendo el bostezo en el tren. Bostezó la gente del vagón, que procuraba discretamente apartarse del mecánico, más preocupada en eludir la grasa de su mono de trabajo que el bostezo. 

Al arrancar el metro, el bostezo se fue lejos por el túnel, anidando en corazones y bocas. El túnel, contemplado desde el andén, tenía aspecto de bostezo inacabable.

El estudiante, aquella mañana, era dueño de apuntes, zapatos y ropas —y de una bicicleta— pero no de su cuerpo, que reposaba indolente en el fondo del océano, dormido, aunque caminara escaleras arriba hacia el asfalto. Sumido en la inercia, esclavo de horarios contrahechos, le fue imposible evitar encadenar bostezo tras bostezo hasta sacar el bostezo al aire libre, donde se volvió tan inflamable que una prostituta tomando el primer café del día —la última bebida de la noche— se contagió ferozmente de él con tan sólo echar un desinteresado y fugaz vistazo al muchacho. El cansancio y el tedio de la mujer hicieron que el bostezo sí fuera apasionado. Una vez acabada la noche, por fin dueña y señora de su cuerpo, bostezó sin la más mínima intención de contenerse, al mismo tiempo que aceptaba el fuego que le ofrecía un jubilado madrugador sentado en una mesa contigua a la suya. Ella había sacado un cigarrillo de una pitillera de plata, él había estado mirando fijamente las estilizadas piernas de la mujer y no dejó pasar la oportunidad de ser cortés. Sin embargo, antes de que pudiera dirigirle una sola palabra, su boca se abrió llena a rebosar de bostezo. Ocurrió justo cuando la de ella se cerraba satisfecha y empezaba a aspirar la lumbre que le ofrecía el hombre. Durante el encendido del pitillo, el anciano no pudo articular palabra por culpa del bostezo, lo que ahorró a la señorita tener que contestarle educadamente, e hizo que él perdiera su oportunidad.

Fue testigo de todo el muchacho que hablaba por teléfono desde una cabina cercana: había captado la mirada del hombre fija sobre el cuerpo de la mujer y se había distraído observando toda la escena mientras su interlocutor le hablaba. Ahora que el viejo bostezaba, también bostezaba él; y su interlocutor al cabo de un segundo se rendía igualmente al empuje eléctrico del bostezo, interrumpiendo su discurso y llevándose a la boca la mano libre que tenía. La madre de éste tenía ambas ocupadas: y si hubiera tenido el doble de las que tenía habría acabado antes de tender la ropa. Desde el balcón vio a su hijo bostezando con el auricular pegado a la mejilla justo en el momento en el que se giraba para coger una camisa del barreño de la ropa. Al igual que el estudiante y que la meretriz, el ama de casa era terreno abonado por el cansancio, así que tendió la camisa bostezando y un hombre que caminaba justo en aquel momento por la acera de enfrente se fijó en ella —no era casualidad: era deseo— y junto con la inquietante visión de sus pechos asomando por un escote insuficiente se llevó el bostezo, que duró tres o cuatro pasos, fracción ínfima de la caminata que le quedaba hasta su puesto de trabajo, en el puerto, pero suficiente como para que un ciclista que iba entusiasmado en dirección opuesta a la del peatón en llamas pillara al vuelo el fuego del bostezo y se lo llevara calle abajo, hacia el parque; donde bostezó la mujer a quien entrevistaban, que había apartado la vista un momento de la cámara para fijarse en las poderosas piernas del ciclista y no había podido evitar quedarse con lo menos interesante de su cuerpo: el bostezo, superviviente más de cincuenta metros gracias a la velocidad de la bicicleta.

La señora bostezó en medio de una frase.

Sí, era indecoroso, pero el bostezo era también irreprimible, así que todo el mundo bostezó: la entrevista era en directo y las ondas cargaron el aire con bostezo de punta a punta del país. Todos los que desayunaban ante el televisor bostezaron, y también los soldados que desfilaban justo en aquel momento al lado de una tienda de electrodomésticos. El escaparate, lleno de televisores emitiendo fielmente la entrevista, transmitió el bostezo multiplicado: un bostezo clónico en cada televisor como una gota de miel en cada celda de una colmena. Amplificado, agigantado, convertido en un eco profundo e inconmensurable, el bostezo rompió la seriedad marcial de los rostros militares como la bola rompe la geometría perfecta del grupo de bolos. En realidad fue suficiente con que un soldado se distrajera mirando de reojo el escaparate para que acabaran bostezando todos, dejando claro, así, que la naturaleza íntima de lo militar es semejante a la del dominó. Acto seguido, y cuando todavía no se había apagado el último bostezo de los militares, bostezó toda la gente que, en la calle, seguía el desfile. A todos había desconcertado ver semejante muestra de debilidad en los soldados, pero a nadie le urgió tanto mostrar su desconcierto como bostezar.

Así que el bostezo se extendió por las calles colindantes de rostro en rostro hasta llegar a una plaza cercana, donde un escritor sentado en un banco perdía despreocupadamente el tiempo. Cuando llegó a él, el escritor se deleitó saboreando el bostezo. Al mismo tiempo, vio cómo una muchedumbre cruzaba la calle hacia la plaza portando banderas y gritando consignas con ímpetu y los puños alzados. Cuando pudo cerrar la boca y abrir del todo los ojos, el gentío ya había llegado al centro de la plaza. Uno de sus líderes hablaba a través de un altavoz y el resto celebraba su rimbombante discurso con vítores y aplausos. Un muchacho que pasaba por allí se detuvo a mirarlos. El escritor se fijó en él. Lo miró con la esperanza de que sus miradas se cruzaran. Se cruzaron. Entonces el escritor bostezó. Era un eco del primer bostezo, pero tan potente, libre y saludable como el original. La reacción en el muchacho no se hizo esperar: el chico abrió la boca y dejó que el bostezo lo inundara. Bostezó al lado de banderas y pancartas mientras un discurso que prometía convertirlos a todos en luchadores por la libertad empalagaba el aire. Luego les dio la espalda y echó a andar. Continuó su camino sin mirar atrás.

El escritor sonrió cómplice consigo mismo.

Entre bostezo y bostezo, sacó papel y lápiz de un bolsillo y escribió lo que serían las primeras palabras de una historia: «Bostezó el bebé...».



Víctor Guisado Muñoz, 2000-2026


Comentario sobre la época en que fue escrito el relato:


Este relato fue escrito en una época en la que aún existían cabinas de teléfono y periódicos como La Farola, vendido en la calle y en el metro por personas sin hogar. Podría haber actualizado la prosa, pero he pensado que también está bien que contenga elementos de una época pasada. Lamentablemente, los ejércitos y los desfiles militares siguen existiendo.